Llaga de Miseria

Identificador: DM-459.
Publicación original: Novedades, 30 de septiembre de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: miseria, justicia social, materialismo, pobreza urbana, dignidad humana.
Ilustración de Llaga de Miseria

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Ha sido preciso llegar a nuestro tiempo para que un dolor tan gigantesco como el de la miseria contemporánea estremeciera la médula de la Historia. No hablemos ya del hambre, del horror de Europa al acabar la última guerra. Las proverbiales depredaciones asirias pueden juzgarse misericordiosas ante el estrago, ante la desnudez y desamparo que dejó como reliquia la contienda mundial número dos. No hablemos de la endémica miseria de China o el Indostán, miseria que a tiempo pudo, al menos, haber sido considerablemente aliviada por los recursos y el espíritu generoso de un Occidente que hubiese sido verdaderamente cristiano. Es que la miseria incrustada en el seno mismo de los países de civilización occidental, -admirable técnica, abominable política muchas veces- clama al cielo. Puede afirmarse que los pauperismos del medioevo, a veces pueden tenerse por opulencias ante el desvalimiento de ingentes multitudes en estas sociedades nuestras que han tenido por santo y seña el dinero.

Pero el dinero –y ahí estuvo el mal- no como expresión de la fecundidad del ingenio humano, no como eficaz instrumento cambiario de una relación económica con proyecciones sociales, no como legítima y útil concreción del trabajo y del ahorro, ni como motor imprescindible de un progreso a cuyos beneficios todos deben tener equitativo acceso. Este es el concepto justo a la vez que técnico, al cual está volviendo el espíritu de la economía. No: fue el dinero visto como apto instrumento de satisfacción de una vasta gama de apetitos egoístas y de opresión del prójimo. Y los resultados de esta visión adulterada aún los estamos sufriendo, porque la obra de rectificación apenas comienza en realidad.

Por eso es que el llamado mundo moderno se distinguió de toda la Historia anterior a él.

Bien habló Péguy: “El antagonismo no es entre este o aquel mundo y el mundo moderno. El antagonismo es entre todos los otros mundos juntos y el mundo moderno. Todos los otros mundos… tuvieron alguna espiritualidad. Sólo el mundo moderno –siendo el mundo del dinero- es de una total, de una absoluta materialidad”. Y su lógica materialista trajo por consecuencia el abismo espiritual entre individuos ricos e individuos pobres, entre naciones ricas y naciones pobres. Y cada vez hizo menor el número de individuos y naciones ricas en relación al cada vez mayor de individuos y naciones pobres. Vino a ser pues, un colosal productor en serie de pauperismo: moral y físico.

No hay que ir muy lejos en busca de ejemplos. Baste uno, enclavado en el riñón mismo del país en que rigen los mejores estándares de vida. Ahí está Harlem, el barrio negro neoyorquino, “enorme, obscuro, humeante”, donde “centenares de miles de negros se apiñan como ganado, muchos de ellos sin nada qué comer y sin nada qué hacer”. Ahí se ahogan todas las estupendas posibilidades de una raza “con un gran cinturón de hierro de fracaso: el prejuicio racial, que los ahoga con sus 4 muros insuperables. En este enorme caldero, dones naturales inestimables, sabiduría amor, música, ciencia, poesía, son aplastados y dejados hervir con las heces de una naturaleza corrompida elementalmente, y miles y más miles de almas se destruyen con el vicio, la miseria y la degradación, olvidadas, borradas, desaparecidas del registro de los vivos, deshumanizadas… ¿Qué no ha devorado en tu obscuro horno, Harlem, la marihuana, la ginebra, la histeria, la sífilis?

He aquí, en las manos de esta generación –manchadas de oro de rapiña, llagadas de filo de bayoneta, quemadas de radioactividad de uranio- uno de los frutos, más que amargos, putrefactos, de lo que dimos en llamar, inflándonos de necio orgullo, el mundo moderno.

Pero es que no hay que salir de casa. En la propia carne de nuestro pueblo hinca su mordedura el monstruo de la miseria. En el campo, obliga a la gente a la aventura lancinante de la emigración para labrar extranjeras tierras. En la ciudad capital, los barrios pobres hormiguean de mujeres y de niños sucios, casi harapientos o sin el casi, que ni siquiera un día al año comen suficientemente. La mendicidad asume espantables dimensiones. Excepcionalmente se trata de una mendicidad a lo Rinconete y Cortadillo, negocio pingüe y organizado de truhanes. Casi siempre no es sino la nefanda floración de la inclemencia social de la urbe que debiera ser flor y espejo de civilización –es decir, protección del hombre- y que no llena su cometido de dar cobijo y sustento a todos y cada uno de sus moradores.

Y es cabalmente en esta tumultuosa aglomeración metropolitana –en ámbitos menos vastos, pero casi con pareja intensidad que en el ejemplo neoyorquino- donde se dan contrastes que insultan a la civilización, que afrentan a la justicia y que desdoran nuestra castiza tradición de cristiandad secular. Aquí tienen asiento simultáneo la máxima opulencia y la miseria suma; el palacio en que el magnate goza de orientales lujos y la choza pocilga que no alcanza a reparar la fatiga del menestril agotado por la mucha tarea y el escaso alimento.

Esa acumulación coincidente de abundancia e indigencia nos da la medida de cuán disparejo e inequitativo, de cuán funesto y opresor ha llegado a ser lo que la astucia de los malvados y la chabacanería vocinglera de los necios exaltó como símbolo de felicidad eglógica, de prosperidad paradisíaca, de libertad ideal: el mundo que se creyó moderno, el mundo que olvidó al Espíritu.

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