¿Libertad de prensa o de embuste?
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: prensa, verdad, opinión pública y responsabilidad periodística.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
A propósito de la pertinaz, sañuda y difamatoria campaña antiargentina que desde hace años se viene manteniendo en las informaciones internacionales, recordábamos hace poco la triste y añeja experiencia iberoamericana –singularmente, la de Méjico- así como la de países de otros continentes que han sabido lo que es estar en turno como víctimas de la calumnia publicitaria. Insistíamos en que el dolo, el prejuicio o la superficialidad de cierto género de corresponsales han tenido la eficacia de desfigurar –merced a la letra de molde más que al talento de quien así la pone en juego- situaciones, sucesos y personajes al tenor de la conveniencia de una política foránea y además adversa al derecho de esos países.
Ello nos hacía traer a colación el reciente discurso pontificio dirigido a los miembros de la Asociación de Prensa Extranjera en Roma, que declara sin circunloquios cuáles sean las condiciones ineludibles para ejercer como es debido, el trascendental oficio a cuyo cargo corren las informaciones internacionales.
Ha llegado a nuestras manos –y aquí agradecemos cumplidamente el envío- texto completo de esa alocución. Es oportuno desde luego transcribir lo que viene más a cuento para poner de bulto ciertas realidades que cuantos participamos en el quehacer periodístico somos los más interesados en hacer desaparecer.
“Si existe en nuestro pobre mundo –dice uno de los conceptos de Pío XII- un tempus beli: tiempo para la guerra, y un tempus pacis: tiempo para la paz, un tempus loquendi: tiempo para hablar, y un tempus tacendi: tiempo para callar, no hay tempus veri: tiempo para la verdad, y tempus falsi: tiempo para el error. Cuando se trata de relaciones entre las naciones y los Estados, una de las condiciones esenciales para el allanamiento de divergencias, para el acercamiento y para la paz, es la educación de la opinión pública en orden a mirar las cosas como son, a considerar la verdad sin pasión, con calma y dignidad”.
“Cada uno de vosotros procura servir a su patria. Pero servidla con la persuasión de que sus buenas relaciones con los demás Estados, la comprensión del carácter y el respeto a los derechos de éstos pertenecen también al bonum commune de su propio pueblo, y preparan y consolidan la paz más eficazmente que muchos otros medios”.
Difícilmente se habrá dicho algo más certero y substancial en esta materia. Más directamente alusivo a esa humana, y sobre todo muy moderna desnaturalización del sentido patriótico que consiste en pensar que, a nombre del interés del propio país, se puede atropellar el derecho de los demás sin detrimento de la ética, y aun, en última instancia, sin mengua de los verdaderos intereses –permanentes, no circunstanciales- de la propia patria que se quiere servir. Nacionalismo, éste, falso, darwinista y neopagano que no entiende que el genuino patriotismo, que por definición es una virtud, mal seguirá siéndolo si riñe con las exigencias superiores de la Moral. Este desviado celo por un interés nacional lleva de la mano al inmoralismo político, al amoralismo maquiavélico de la razón de Estado.
Fuerza nos es subrayar también la referencia de este discurso papal a las dificultades que hoy día, normalmente ha de vencer el periodista que da noticias al público de todo el planeta. En primer término, la obvia “y casi exorbitante” dificultad técnica y psicológica de armonizar la urgencia contemporánea de celeridad en el reporte de la noticia, con la exigencia –de ayer, de hoy y de siempre- de hacerlo verazmente. Pero, sobre todo, el Papa hace énfasis en las dificultades de índole moral que con harta frecuencia se le oponen en el servicio de la verdad.
Así, recuerda a sus oyentes cómo “vosotros sabéis por propia experiencia lo dificultoso que es muchas veces el asegurar a la pura verdad... aunque no sea más que una parte de la consideración con la que puede contar frecuentemente la mentira y las verdades a medias...” Sin olvidar tampoco que la “conspiración del silencio” puede también ofender gravemente la verdad y la justicia”...
Sin hablar por hoy de la “conspiración del silencio”, digamos que ya no verdades a medias, sino a tercias o cuartas partes nos han dado a veces los reportes cablegráficos. Por ejemplo: alguna vez presenciamos una concentración popular peronista en la histórica Plaza de Mayo de Buenos Aires. Nuestro cálculo estimo en setecientas u ochocientas mil personas las asistentes en aquella coyuntura. Hemos visto ahora fotografías de la concentración de hace unas semanas, en la que estallaron criminales bombas. El panorama de la plaza, por lo que a número de concurrentes se refiere, es en todo semejante a aquello que en otra ocasión nuestros propios ojos vieron. Sin embargo, algún cable de esos días sólo hacía mérito de una muchedumbre disminuida a doscientas mil almas...
Finalmente, no deja el Pontífice de hacer notar que no es raro que el más fuerte obstáculo para que el corresponsal en el extranjero sirva eficazmente a la escueta verdad proviene “de los intereses de partido, Y ACASO DE LA PRENSA MISMA POR CUENTA DE LA CUAL TRABAJÁIS”.
Ante estas últimas palabras, ajenas a toda suspicacia por venir de quien está por encima de polémicas temporales, asume notoria coincidencia y gravedad la acusación del Presidente argentino, hace unos cuantos días, en contra de algunas poderosas agencias informativas norteamericanas. Según ella, las recientes investigaciones sobre sus actividades en el país hermano han puesto en claro que, a veces, despachos que originalmente se redactaron con veracidad fueron adulterados en las oficinas centrales de esas agencias. La imputación es demasiado grave para que se conteste simplemente con otra andanada antiargentina. Lo serio y lo civilizado es desvanecerla con pruebas fehacientes, o, de no ser ello posible, depurar el personal de las oficinas mencionadas, los métodos o incluso la orientación básica de servicio informativo para ajustarlo a lo que el público mundial exige: la verdad.
Hacerse en este caso los desentendidos, sería confirmar en certidumbre la ya extendida sospecha de que ciertas algazaras publicitarias quieren reivindicar no la libertad de prensa sino la libertad de embuste.
Junio 15, 1953
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