Lección de Septiembre

Identificador: DM-055.
Publicación original: Novedades, 15 de septiembre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Independencia de México, Ejército Trigarante, ocupación estadounidense, Iturbide, Plan de Iguala y unidad nacional.
Ilustración de Lección de Septiembre

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El día en que México, cada año, al llegar el mes de septiembre, se repita a sí mismo, con todo ahínco, la medular lección que estos días encierran, se habrá abierto el primer resquicio para atisbar un principio –el más importante, en lo humano- de auténtica salvación nacional. Dos fechas, ambas septembrinas, sacuden el ánimo con su áspero contraste. Pero en ese contraste puede hallar el amador de la “Suave Patria”, una vez más, la maravillosa y redentora virtud docente de la Historia.

Escenario: la ciudad de México. Acaecimientos, escasamente distantes entre sí un cuarto de siglo: dos notabilísimos desfiles militares. Dos hechos, en su material exterioridad, análogos. Radicalmente, trágicamente disímbolos en su contenido histórico.

Uno cifra en sí gloriosa plenitud de mexicanidad, reciedumbre espiritual colectiva, felices presagios para lo porvenir. El otro es una amarga acumulación de vergüenza, de derrotismo y desintegración nacional, de la más negra tiniebla ensombreciendo el futuro.

El 27 de septiembre de 1821 –los que lo vieron no lo olvidaron jamás- hizo su entrada en México el Ejército de las Tres Garantías, reivindicador de la autenticidad nacional. El 14 de septiembre de 1847 –fresca de veinticuatro horas la sangre de los aguiluchos hace justamente un siglo- las tropas de Scott signaban el aire de barras y estrellas, las últimas en vías de inminente multiplicación… ¿Por qué en tan breve lapso una tan tremenda antinomia?

En el caso del 27 de septiembre, la identificación del pueblo, del jefe y de la idea inspiradora son el secreto primordial del triunfo. Los ideales de Iturbide, en el Plan de Iguala, sintetizaron –para siempre- las aspiraciones de México, la verdadera voluntad nacional. Por eso su expresa declaración –genialmente formulada por el caudillo- tenía que producir ese entusiasmo estallante y fervoroso que aglutinó, con máxima eficacia, a todas las fuerzas y entidades del cuerpo social mexicano.

Así, al volterianismo solapado del engendro legal que era la constitución del año 12, opuso la afirmación de adhesión indomeñable a la RELIGIÓN CATÓLICA. A su abandono del genuino espíritu de nuestros pueblos, la U N I Ó N en México de todos nuestros ingredientes étnicos alrededor de la excelsa y común tarea histórica: románica e hispánica. A las consignas extranjeras de origen francés y anglosajón, sumisamente acatadas por los liberales de la Península, la afirmación señera de nuestra INDEPENDENCIA respecto de cualquier nación, aun de este continente.

Los signos son diversos el 14 de septiembre de 1847. La espada había caído de la diestra de Agustín de Iturbide. Estaba apenas en la fragua de Chapultepec el acero flamígero de Miguel Miramón. Santa Anna ejercía el monopolio de la fantasía política y militar. Pero los hilos de la realidad política, y en buena parte los de la realidad militar, estaban firmemente en las manos de la Quinta Columna.

La primera Garantía de Iguala, la Religión, violentamente perseguida por Gómez Farías. La Unión resquebrajada por las arremetidas del federalismo de la restablecida carta política de 1824 y del acta de reformas a la misma de mayo de 1847; el gobierno de Campeche, muy “campechanamente”, se declaraba neutral en el conflicto bélico; en Yucatán, asolado por la guerra de castas, se proclamaba el separatismo. Por fin, la Independencia nacional se había ya perdido en las almas de los del partido “puro”, que a los pocos días iban a brindar por nuestra total anexión a los Estados Unidos.

LA SEPTEMBRINA, TRASCENDENTAL CONCLUSIÓN, SE IMPONE: MÉXICO SERÁ UN PAÍS VICTORIOSO EN TANTO CONSERVE LA FIDELIDAD A SUS ESENCIAS. VICTORIOSO, MÁS QUE MILITARMENTE, EN EL ORDEN DEL ESPÍRITU. MIENTRAS HAGAMOS CARNE Y SANGRE NUESTRAS, DE CADA UNO DE LOS MEXICANOS, LAS VIRTUDES SALVADORAS REPRESENTADAS POR LA BANDERA QUE CIFRA NUESTRA TRADICIÓN Y ALUMBRA NUESTRO PORVENIR. SEREMOS PUEBLO DE DERROTAS, MAS QUE NADA MORALES, SI RENEGAMOS DE LOS VALORES QUE NOS HICIERON Y NOS PUEDEN AUN HACER VERDADERAMENTE GRANDES, CON UNA GRANDEZA A LA QUE NO OBSTE LA CARENCIA DE LA ESPADA PERDIDA.

 


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