Lección de Septiembre

Identificador: DM-013.
Publicación original: Novedades, 13 de septiembre de 1944.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Independencia de México, Plan de Iguala, Iturbide, invasión de 1847, Tres Garantías, identidad nacional.
Ilustración de Lección de Septiembre

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

I
El día en que México, cada año, al llegar este mes de septiembre, se repita con todo ahínco a sí propio la medular lección que estos días encierran, se habrá abierto el primer resquicio para atisbar un principio—el más importante en lo humano- de auténtica salvación nacional. Dos fechas, ambas septembrinas, sacuden el ánimo con su áspero contraste. Pero en ese contraste puede hallar el amador de la “suave Patria”, una vez más, la maravillosa y redentora virtud docente de la Historia.

II
Escenario: la ciudad de México. Acaecimientos, escasamente distantes entre sí un cuarto de siglo: dos notabilísimos desfiles militares. Dos hechos, en su material exterioridad, análogos. Radicalmente, trágicamente disímbolos en su contenido histórico. Uno cifra en sí gloriosa plenitud de mexicanidad, reciedumbre espiritual colectiva, felices presagios para el porvenir. El otro es una amarga acumulación de vergüenza, de derrotismo y desintegración nacional, de la más negra tiniebla ensombreciendo el futuro.

El 27 de septiembre de 1821—los que lo vieron, no lo olvidaron jamás- hizo su entrada en México, el Ejército de las Tres Garantías, reivindicador de la autenticidad nacional. El 14 de septiembre de 1847 —fresca de veinticuatro horas la sangre de los aguiluchos—, las tropas yanquis de Scott signaban el aire de barras y estrellas, las últimas en vías de inminente multiplicación… ¿Por qué en tan breve lapso tan tremenda antinomia?

III
A ningún movimiento político se ha dado en México, el consenso—prácticamente unánime- que todo el país otorgó al que acaudillado por Iturbide, culminó el 27 de septiembre. La identificación del pueblo, del jefe y de la idea inspiradora, son el secreto primordial del triunfo. Los ideales del Plan de Iguala sintetizaron —para siempre— las aspiraciones de México, la verdadera voluntad nacional manifestada durante el curso de su existencia. Por eso su expresa declaración, genialmente formulada por el caudillo, tenía que producir esa fervorosa explosión de entusiasmo que aglutinó, con máxima eficacia, a todas las fuerzas y entidades del cuerpo social mexicano.

IV
En efecto, México, quería seguir siendo fiel a su destino histórico, ligado indisolublemente a la egregia misión universalista de lo hispánico. Esa misión era en esos momentos traicionada en la metrópoli, en la cual se entronizaba, merced a la revuelta gaditana de Riego, la tiranía revolucionaria liberal. Se imponía, despóticamente, desde ahí, a todo el Imperio una pseudo ley que violaba la íntima y verdadera constitución política y social de las Españas, la forjada espontáneamente en el florecimiento de instituciones tradicionales y no en los gabinetes de enfermizos teorizantes, productores de sistemas artificiales a los que se quiso amoldar, a viva fuerza, la vida de nuestros países.

El movimiento independiente—dejando aparte otros motivos- se justificó jurídicamente porque el gobierno español atropelló los fueros del Reino—no colonia- de la Nueva España, con más gravedad que el despotismo “ilustrado” de los Carlos Terceros y los Arandas. Por eso nuestro pueblo, lastimado en lo más vivo, por el decreto que restablecía la constitución del año 12, siguió a Iturbide hasta la victoria del 27 de septiembre. Y al volterianismo solapado de aquel mentido engendro legal, opuso la declaración de adhesión indomeñable a la RELIGIÓN católica. A su abandono del genuino espíritu español, la UNIÓN México de todos nuestros ingredientes étnicos alrededor de la tarea común: romántica e hispánica. A las consignas extranjeras de origen francés y anglosajón, sumisamente acatadas por los liberales de la península, la afirmación señera de nuestra INDEPENDENCIA de cualquier nación.

V
Los signos son diversos el 14 de septiembre de 1847, sólo veintiséis años después. La espada nacional había caído de la diestra imperial de Agustín I. Estaba apenas en la fragua de Chapultepec el acero flamígero de don Miguel Miramón. Santa Anna ejercía el monopolio de la fantochada política y militar. Pero los hilos de la realidad política y en gran parte los de la militar estaban firmemente en las manos de la Quinta Columna.

La primera garantía de Iguala, la Religión, violentamente perseguida por Gómez “Farías”. La Unión, resquebrajada por las arremetidas del federalismo de la restablecida carta política de 1824 y del acta de reformas de mayo de 1847: el gobierno de Campeche, muy “campechanamente” se declaraba neutral en el conflicto bélico; en Yucatán, asolado por la guerra de castas, no faltó quien proclamase el separatismo. La Independencia nacional se había ya perdido en las almas de los del partido “puro” (¿puro qué?...), los mismos que un poco después brindarían por la anexión total de México a los Estados Unidos; de los que para mejor lograr lo que deseaban, como Gómez Farías la absoluta destrucción de los últimos “miserables restos” (textual) del Ejército Mexicano; de los traidores a lo Miguel Lerdo de Tejada, que diez años más tarde clamaría por un presidente yanqui y protestante; de los sanguinarios a lo Juan Álvarez—sí, el “héroe” de lo de Ayutla—que inmovilizó contra órdenes expresas de Santa Anna, la caballería bajo su mando en el momento decisivo del Molino del Rey.

VI
La trascendental conclusión septembrina se impone. México será un país victorioso en tanto conserve la fidelidad a sus esencias. Victorioso, más que militarmente, en el orden del espíritu. Mientras hagamos carne y sangre nuestras, de cada uno de los mexicanos, las virtudes salvadoras representadas por nuestra bandera que recoge nuestra tradición y deslumbra nuestro porvenir. Seremos pueblo de derrotas, más que nada, morales.

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