Las Vértebras Nacionales
Publicación original: La Voz, 12 de enero de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: México, clases dirigentes, liderazgo, revolución, juventud católica, Iturbide, servicio.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Pasa el tiempo, internacionalmente acaecen verdaderos sismos históricos, de esos que están urgiendo a cada país del planeta a una acumulación de energías fuera de lo común para poder hacer frente a un previsible futuro que parece encerrar el más duro enigma de los siglos. Pero eso en México no cuenta. Como no cuenta el hambre popular ni el anhelo de un orden verdadero que garantice el fruto del trabajo y la satisfacción de las exigencias del espíritu del hombre. Aquí no cuentan sino las posibilidades del esquilmo que el país presente.
Mientras, el mundo sigue hacia coyunturas desmesuradas. Y los hondos, los trágicos problemas de México persisten.
Persiste, por ejemplo, nuestra fatídica carencia de clases directoras, de jefaturas sociales que den la tónica de nuestra vida colectiva, que le confieran consistencia, que al ser sociológicamente cumplido paradigma de las virtudes nacionales marquen el rumbo a toda hora, pero mayormente en los trances históricos de excepción.
Porque ya alguna vez hemos apuntado con cuánta razón se ha dicho que, no obstante la bondad substancial de las esencias de México, éste, de cierto tiempo atrás ha venido a ser un país de gelatina. Un organismo social analógicamente equiparable al molusco del mundo de la biología. Entidad que para lograr efectivamente el asidero de la supervivencia en las actuales circunstancias, necesita, con apremio, vertebrarse para resistir en forma adecuada las presiones del ambiente. Porque de otro modo persistirá en esta irredenta incapacidad de reacción contra esas presiones y seguirá siendo moldeado a capricho por ellas, prácticamente con mínimo esfuerzo.
Y es que, en efecto, una de las principales metas de la revolución liberalsocialista en México se ha alcanzado plenamente. Es un hecho, una desventurada realidad, el aniquilamiento de las clases directoras que –con no despreciables deficiencias, pero también con virtudes que se les sobreponían- fueron forjadas por el genio nacional. Lo peor de todo es que nada análogo las ha substituido por su función dentro de la vida del país.
No ha habido después más que su torpe remedio antinacional en el grupo de los “científicos” porfirianos y en la oligarquía revolucionaria. Y todos los brotes de posibles grupos de verdadera selección en función de una mexicanidad óptima y servidora del pueblo han sido aplastados sin misericordia, como aquel que significó la generación juvenil católica –mexicana hasta el martirio- que se enfrentó al callismo, como los propios cuadros juveniles del mismo signo inmediatamente posteriores, militante promesa de un mejor futuro patrio, desbaratadas por tremendas presiones foráneas y por el servicial poinsettismo religioso interno.
Nada, nada ha podido surgir para suplir a las extintas clases directoras de México. Y si la Patria se ha visto alguna vez a dos pasos de un grave peligro de muerte, habrá que atribuirlo, sin asomo de duda, en gran parte, a la falta de conductores, de jefes idóneos en las distintas esferas de la sociedad.
¡Ay de los pueblos sin jefes! En lo social, como en lo biológico, el ente invertebrado, el que carece de una sólida armazón interna que le sustente y dé forma definida y constante, es fácil presa de las fuerzas de destrucción.
Y de las más profundas raíces de nuestro ser colectivo se eleva el clamor de una suprema urgencia nacional: la de los jefes. Urgencia que clava en quienes –atentos a las pulsaciones de la Patria-, nos duele México, un puñal de zozobra.
Esta masa excesivamente gelatinosa de México actual solicita –con el apremio que imponen graves riesgos- la reconstitución de un esqueleto social, integrado por vastas “élites” bien distribuidas a todo lo largo y lo ancho de nuestro territorio y en todas y cada una de las actividades en que se distribuye el trabajo social. Su función ha de ser vertebrar a este pueblo que, por otra parte, y a despecho de los pesimistas y de los renegados, es “generoso y de subida calidad”. Que sólo está esperando, para proyectar exteriormente sus ricas reservas operativas y creadoras de hazaña histórica, como un preámbulo forzoso, la vertebración que le imprima la conveniente consistencia intrínseca necesaria para vivir sin deficiencias de estructura y de fisiología.
Las precarias condiciones del organismo nacional no toleran –desde el punto de vista sanitario- la perpetuación del gran caciquismo nacional de los retóricos, del liderismo de los improvisados o de los adherentes al FUL.
Hay que laborar, porfiadamente, para hacer surgir una nueva e imprescindible clase rectora del país; esa aristocracia de la virtud y del talento que pedía Iturbide, fundamentalmente hija de sus obras. Una aristocracia que justifique su etimología y sea, de veras, el gobierno de los mejores. Que entienda su jefatura social no como una utilitaria posibilidad de esquilmo, sino como una austera función de servicio a México.
Con una generación que entienda así las jefaturas podrá articularse positivamente el esqueleto ya no óseo, sino férreo, que está pidiendo México para perdurar dignamente en la Historia.
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