Las Sombras de la Caverna
Publicación original: Novedades, 20 de febrero de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Platón, alegoría de la caverna, Sócrates, Aristóteles, verdad, bien, filosofía.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Del discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, del divino Platón, sagazmente se ha dicho que es uno de los dos polos de los tipos filosóficos que se reparten el campo de la Sabiduría. En cierto amplio sentido, todo filósofo es o platónico o aristotélico, sin que ello indique, por otra parte, un antagonismo insalvable entre ambos “temperamentos” filosóficos. Esta aserción por sí sola, da la medida del extraordinario influjo ejercido por el fundador de la Academia en la vida del hombre occidental, cuya historia es en mayor o menor grado un reflejo de las evoluciones del pensamiento.
Platón, espléndido ejemplar de aquel mundo griego que a la distancia de los siglos aun nos maravilla, llegó a ser para los helenos “el tipo humano de la belleza moral, de la mesura y de la armonía, cuyo tipo divino era Apolo”: por eso, el decir popular hubo de hacerle hijo de éste. Por ello, Sócrates, la víspera de conocer a su inminente discípulo tuvo una visión agorera, en la que un cisne pequeño echaba a volar: “la graciosa ave se refugió un momento en su seno, y luego tomó vuelo hacia la altura, arrebatando de entusiasmo a los dioses y a los hombres”.
La riqueza de su posición aristocrática permitióle al través de su vida el inteligente “ocio” –tan preciado por su pueblo- de quien, por no tener el agobio de afanarse por el logro del pan cotidiano, puede proyectar toda la atención de su espíritu a la conquista de la Verdad. Y su amor a la Sabiduría fue tal que llevóse a aquellos extremos de acción práctica mediante los cuales quiso hacer de sus teorías verdaderas realizaciones en la esfera de los hechos. Tal es la causa de que procurase influir –infructuosamente, y con peligro de su vida- en el gobierno de aquellos célebres tiranos de Siracusa: los dos Dionisios, el Viejo y el Joven. Esta generosidad, punto menos que heroica en un hombre básicamente contemplativo, le gana forzosamente la simpatía de todos aquellos que saben de la pena y la fatiga que acarrea el tránsito de uno a otro mundo: del de la contemplación, al de la acción. O como el propio Platón diría: del de las Ideas o Arquetipos, esencias puras, incorruptibles, inmutables, al mundo de las sombras contingentes, cambiantes: remedos groseros e imperfectos de las eternas perfecciones.
De los textos platónicos, ninguno tal vez ha corrido la fortuna de aquel pasaje de la República conocido como la Alegoría de la Caverna. Por la indestructible vigencia de su contenido, bien merece ser perennemente recordado:
-En un antro, hay hombres desde su infancia atados de espaldas a la entrada, de manera tal que no pueden volver la cabeza y sólo les es dable ver las sombras de las cosas y de los transeúntes, que se proyectan en el fondo de la cueva. Es evidente que tales sujetos tomarán a dichas sombras por las cosas mismas de que ellas proceden; y que los cautivos “no atribuirán jamás realidad sino a las sombras”. Si por ventura a uno de esos cautivos se le llega a sacar a la claridad del sol –que de pronto le cegará- , excitará ello “sus quejas y su ira”, hasta que su vista se acostumbre al nuevo ambiente en que vea las cosas tal cual son en sí mismas, y no en sus sombras… Todo ello es imagen del mundo visible, del alma “que se eleva en el espacio de lo inteligible” y de la Idea del Bien que todo lo ilumina y hermosea. En consecuencia, si se hace el camino inverso –concluye Platón- “¿qué de extraño hay… en que un hombre, al pasar de las contemplaciones divinas a los miserables objetos que ocupan a los hombres, resulte torpe y parezca ridículo, cuando, trastornado aún y antes de familiarizarse con las tinieblas que le rodean, se ve obligado a contender, ante los tribunales o en otro sitio, acerca de sombras de justicia o sobre las imágenes que proyectan esas sombras, y a pelear contra la manera con que son tomadas esas imágenes por hombres que nunca vieron la justicia misma?”…
¡Perenne lección para los zafios! ¡Suprema y constante “consolación de la Filosofía” para el que quiere amar sobre todas las cosas la excelencia infinita del Bien, la Verdad y la Belleza!
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