Las Posadas, Testimonio de México
Publicación original: Novedades, 21 de diciembre de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Posadas, Adviento, Navidad, tradición mexicana y vida familiar.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
No obstante que el neopaganismo contemporáneo ha multiplicado en nuestro medio los torpes remedos mundanos de la bellísima tradición de las Posadas, los años más inmediatos dan fe de una vigorosa contraofensiva que afirma y extiende estas celebraciones mejicanísimas dentro de la limpidez de sus cauces originales. Congratulémonos porque estamos volviendo a entender que la limpieza de espíritu no quita, sino da alegría; porque se nos está volviendo a entregar así el secreto recóndito de esa “sonriente austeridad” que late en la entraña de Méjico y que fulge, radiosa, en el “espejo diario” de su autenticidad.
Porque en los substractos íntimos de Méjico se asocian –sin posibilidad de ruptura- lo religioso y lo nacional, ni más ni menos que como en las Posadas se manifiesta. En ellas, Méjico vive el espíritu católico de Adviento. Nuestro Méjico de siempre, en uno de los aspectos espléndidos de su realidad sociológica; esa realidad que, así en sus luces como en sus sombras, no pide permiso, para ser como es, a las cartillas constitucionales escritas ni a las estadísticas de pega. Pese a vecinas e ingentes irreligiosidades, nuestra sabiduría en cuanto pueblo sigue siendo el dar testimonio de la vitalidad de nuestras raíces históricas al seguir creyendo, al seguir esperando, al seguir deseando la plenitud de Cristo como centro animador de nuestra vida colectiva, y decirle con la encendida veracidad del poeta:
“Te pierden los que, a en ellos consumidos,
y en busca de sus nadas andariegos,
sólo han hallado “su verdad”, perdidos...”
Otros han buscado, egocéntricos, “su verdad” en el poderío del oro, en el endiosamiento de la razón y la técnica, en la mera pujanza militar. Méjico reitera su fidelidad a Cristo.
“Yo te declaro prenda de mis fuegos
por los oídos que no son oídos
y por los ojos que de ver son ciegos...
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“Y brilla mi razón con tu reflejo
más que en el Todo que me das contigo,
en la sombra que soy cuando te dejo”.
Así es. Cuando la Patria se alejase del Sol espiritual que ha alumbrado su historia, no sería más que eso: una sombra de patria. Méjico no sería Méjico si alguna vez dejase a Cristo.
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Este tiempo de Adviento, en la intención de la Liturgia, es época de expectación, de espera del advenimiento de Aquel que da salud a individuos y pueblos. Es un deseo ardoroso, inmenso y enamorado de que se cumpla, una vez más, el milagro pacificador de la Gruta de Belén. Y ya en la inminencia del fausto suceso, exige el amor hacer cohorte y compañía a la Madre Virgen y a José en su penosa caminata hacia la ciudad de David, adonde los solicita el edicto de Tiberio, involuntario, pero eficaz instrumento para que se cumplan las profecías mesiánicas. Y Méjico, en ese relicario de su espíritu que es cada familia, acompaña a lo largo de las nueve jornadas el andar de los Santos Peregrinos, hasta la noche en que todos los gozosos presagios se resuelvan en el acaecimiento que parte en dos la cronología material y moral del hombre: la Natividad por antonomasia, la Natividad de Jesús.
Mientras esa noche llega, las casas en que sigue alentando lo mejor de la mejicanidad se enfiestan con la más preciosa gema de nuestras alegrías populares. Cada noche del novenario se pide y se da posada, con un regocijo que a ningún otro se parece, y en el que la letanía cantada, los demás rezos, y el estallar de pólvora, y el quebrar de piñatas integran un todo acordado y armonioso en el que lo mismo la plegaria que la golosina responden a una misma y sola dicha substancial: la de la espera del Niño Dios.
Venciendo la maldad de estos años en que se han enconado las manifestaciones del odio, es en tales noches cuando todos nos sentimos buenos, nos adivinamos –a final de cuentas- niños, mientras nuestros corazones laten unísonos al de Méjico bajo la dulce benevolencia del firmamento en que centellea el gozo sin tregua de unánimes luceros navideños.

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