Las Nubes Negras

Identificador: DM-483.
Publicación original: Novedades, 25 de marzo de 1958.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Guerra Fría, Kruschev, Occidente, comunismo, guerra nuclear, civilización.
Ilustración de Las Nubes Negras

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Si Kruschev acaba de decir que “la guerra puede estallar este mismo día”, no ha hecho otra cosa que recordar lo que muchos saben o creen saber. Por nuestra parte pensamos que no parece fácil ni razonable desvanecer los recelos y las temerosas dudas de esta hora. Aunque tampoco nos parece fácil –no obstante que ello sí sería razonable- desarraigar optimismos que, aun queriendo apoyarse de preferencia en argumentos históricos, en realidad sólo manifiestan personales esperanzas de que el inmediato porvenir siga determinados rumbos que se consideran deseables y justos o al menos tolerables.
Lo cierto es que hay que seguir más que cavilosos sobre las posibilidades de un entendimiento práctico ruso-norteamericano. Práctico se entiende, para todo el mundo. Lo cierto también, es que en un caso dado, nada hay menos fatalmente necesario, que una derrota militar del comunismo. ¿A qué engañarse y engañar a los demás? La verdad es que el polvorín de Corea, el de Indochina, el del Mesoriente, o el polvorín que en resumidas cuentas, es el mundo entero, encierra todas las posibilidades. Lo honrado, lo viril, lo objetivo, es aceptar esta verdad y enfrentarse a ella.
Porque no basta decir que las cosas van a ser como queremos que sean, para que así se realicen. No basta incluso quererlas para que ocurran, a menos de poner en juego y oportunamente los medios idóneos para lograrlo.
Y aquí es donde cabe la pregunta que más de una vez hemos hecho: ¿pasó ya la oportunidad de salvación del sistema democrático, y del mundo y estilo de vida que ese sistema configura?
No es fácil ser profeta, pero lo que sí se puede decir es que, a todas luces, sólo en parte ha aprovechado las terribles lecciones del no muy lejano pasado, de ayer apenas. Se perfilan prometedoras reacciones internas, de rectificación saludable en pro de auténticos valores humanos. ¿Pero madurará totalmente ese proceso? ¿Llegará a ser en anchura y profundidad lo que debe ser? ¿Desembocará en una convicción plena y unánime en pueblos y gobiernos? ¿Hará el Occidente un reajuste a conciencia de su ideario y de sus prácticas, sobre todo en lo que hace a la justicia social, siquiera por instintivo movimiento de salvación? ¿Realizará un intento serio de espiritualizar sus metas históricas y el tono de vida de sus colectividades?... Lo que en ese sentido ya hay y lo que va surgiendo, como el gradual reconocimiento de que la economía debe ser sierva del hombre y no al contrario, debe ser alentado y apoyado por cuantos queremos salvar cuanto de valioso resta en Occidente, porque sólo ello podrá redimirlo de sus pecados históricos y galvanizarlo para las tremendas pruebas actuales y las que tendrán que llegar.
Lo malo es que de todas maneras, por el momento, esta su encrucijada –a la que sus pasadas cegueras han arrastrado a todo el mundo- viene a ser algo muy parecido a una trampa mortal: si se muestra debilidad ante el Soviet, pésimo; y si se echa mano de la fuerza, también pésimo, porque nadie puede precisar razonablemente los alcances de una contienda de atómica reciprocidad.
Es cierto que la Historia habla, y con sobrada elocuencia. Pero habla en más de un sentido, como otra vez hemos recordado. Porque cayó Cnossos ante el empuje –entonces bárbaro- de los aqueos. Y con Cnossos sucumbió la poderosa y brillante talasocracia cretense… ¿Que el pequeño pueblo griego, flor del mundo antiguo, no sólo resistió, sino que a la postre desbarató al coloso persa, como reza y se engolosina el liberalesco estribillo? Verdad es; pero también lo es que la pérdida de sus virtudes originarias, y el desdén por la lección de unidad y de espíritu castrense que le dio Alejandro, le hicieron caer al embate de la Roma joven. ¿Y qué decir de la Roma de la época de las invasiones? La organización, la riqueza, los cuadros militares del imperio no pudieron con la púgil acometividad de los jóvenes pueblos bárbaros. Y el esplendor de Bizancio, la Roma de Oriente, ¿no se apagó al soplo del turco?
La mayor civilización pues, no es prenda infalible de victoria en un conflicto. Por otra parte, es pueril e inaceptable ver en los triunfos aliados de las dos guerras mundiales algo así como el desenlace de unos “juicios de Dios”, al modo de los duelos judiciales de la Edad Media. Ahora es muy claro que no quieren decir la última palabra en el duelo judicial que sí es la Historia total y que aún no acaba de escribirse por entero.
Todo esto no es, necesariamente, pesimismo. Simplemente, es objetividad. Y nunca la consideración de los peligros reales puede resultar dañina cuando hay anchura y profundidad, modestia al mismo tiempo que arrojo en el espíritu.

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