Las Ideas-Verdugos

Identificador: DM-353.
Publicación original: Novedades, 23 de mayo de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: leyenda negra, Motolinía, Las Casas, jesuitas, criollismo, Nueva España.
Ilustración de Las Ideas-Verdugos

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

En el siglo XVIII la vasta conjura anticristiana y antihispánica estrenaba el método de suscitar corrientes de opinión formadas básicamente con elementos sentimentales en prevalencia sobre juicios que verdaderamente pudieran llamarse racionales. Y por aquello de que los hijos de las tinieblas suelen ser más sagaces que los hijos de la luz, de éstos no fueron pocos los que en aquella sazón se dejaron llevar por esas corrientes del espíritu, promovidas por los hijos de las tinieblas nada menos que para apagar los solos valores que pueden dar luz y dignidad a la vida humana. Víctimas de tales ideas-verdugos, no se percataron de la burda engañifa, de la indefendible falacia en ellas implícita.

Fue un golpe maestro, en verdad. Recordemos que el Estatismo creciente en la Corona española bajo la dinastía borbónica, y sus consiguientes manifestaciones prácticas de tiranía, fueron fomentadas y apoyadas por una acción revolucionaria y totalitarista emprendida desde la misma cumbre del poder político, significada por el trono. El entonces nuevo orden administrativo y fiscal, así como ciertas medidas antirreligiosas –tal la impopular expulsión de los jesuitas- reflejaron muy vivamente la flamante estatolatría. Y quienes aparecieron como autores y ministros de ese absolutismo fueron los españoles peninsulares.

Con ello, no fue necesario más para que ciertas propagandas, de origen también revolucionario, desvirtuasen fácilmente el sano y plausible sentido del criollismo de los nacidos de españoles en América, trocándolo en insensata malquerencia contra los españoles europeos, haciéndolos ir mucho más allá de las reivindicaciones justificadas. De ahí al odio contra España misma no había más que un paso, que se dio por cierto, con sorprendente presteza.

Pero hubo algo más gordo aún. Algunos de los jesuitas, desterrados de sus patrias americanas, víctimas, por tanto, de las ideas subversoras entronizadas en el poder, se convirtieron –sin tener de ello la menor sospecha- en instrumentos de tales ideas-verdugos en el empeño de éstas por debilitar lo hispánico al través del desprestigio de sus raíces. Entre los mexicanos, el ilustre Clavijero “representó la reivindicación anticonquistadora. DISFRAZ VISTOSO DEL PATRIOTISMO”, en frase de Pereira. El jesuita ecuatoriano Velasco y el jesuita peruano Viscardo y Guzmán son otros notables ejemplos de lo mismo. Repentinamente, se cayó en la cuenta de que los tres siglos virreinales no habían sido otra cosa que “ingratitud, injusticia, servidumbre y desolación”. Resucitó, en ese punto, en la literatura de los criollos, la añeja leyenda negra antiespañola de cuño holandés y británico. Un indigenismo falso –antindigenista, si bien se miran las cosas- mal entendido y suicida, encontró súbitamente sus corifeos intelectuales en muchos que no tenían gota de sangre aborigen, pero que en cambio novelaban restauraciones de tronos incaicos y aztecas. Emergió, en fin, del olvido, el padre Las Casas hablando de la destrucción de las Indias por los peninsulares.

Pero lo curioso es que, también súbitamente, se olvidaron muchas cosas. Y nadie recordaba, por ejemplo, cómo el benemérito padre Motolinia había apostrofado a fray Bartolomé, en memorables circunstancias: “…cómo, padre, todo vuestro celo y amor que decís que tenéis a los indios se acaba en traerlos cargados y andar escribiendo vidas de españoles, y fatigando a los indios, que sólo vuestra caridad traéis cargados más indios que treinta frailes; y pues un indio no bautizáis –referencia a los escrúpulos de Las Casas para administrar el bautismo a los naturales- ni doctrináis. BIEN SERÍA QUE PAGÁSEIS A CUANTOS TRAÉIS CARGADOS Y FATIGADOS”.

Todos habían olvidado que las diatribas –más que argumentaciones- de Las Casas habían dado ocasión a una memorable carta de fray Toribio a la cesárea majestad de Carlos V, cuando “a Motolinia, retirado en el convento de Tlaxcala y en los años ya de su ocaso, le llegan los recientes impresos de Las Casas, anacrónicos en sus datos, utópicos en sus fines, perturbadores de las conciencias, difamantes para toda la sociedad de la Nueva España, a la que él –Motolinia- profesa hondo cariño, como muy suya, como hija de sus trabajos y desvelos de treinta años. Por esto, su espíritu se enciende, toma la pluma y responde con exaltada vehemencia a Las Casas, que difama y que la calumnia. SU CARTA ES LA PRIMERA VIGOROSA DEFENSA DE LA NACIENTE PATRIA MEXICANA”.

Bueno es no caer, con la columbina inocencia de algunos de nuestros antepasados en el siglo XVIII, en el garlito ya enmohecido de las ideas-verdugos de nuestras genuinas ideas colectivas. Bueno es, ante el retoñar endémico de la leyenda negra, recordar testimonios como el de Motolinia, “permanente testigo de los acontecimientos, así de los malos como de los buenos, y un investigador, por afición, de ellos y su historiador por precepto de la obediencia”: rectificador de quien “sólo recorrió la Nueva España en aventuras que amargaron más su espíritu”, y de quien un ánimo tan ponderado como Menéndez Pelayo expresa: “violenta y asperísima su condición; irascible y colérico su temperamento; intratable y rudo en su fanatismo de escuela; hiperbólico e intemperante su lenguaje, mezcla de pedantería escolástica y de brutales injurias. La caridad misma tomaba un dejo amargo al pasar por sus labios”.

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