Las Estrellas Teologales

Identificador: DM-314.
Publicación original: Novedades, 16 de agosto de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: estrellas, Providencia, Hispanidad, poesía, amor y trascendencia.
Las Estrellas Teologales

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Crecen cada día, las muchedumbres en quienes se cumple la diabólica previsión de la Bestia apocalíptica cuando, en los versos exactos de Pemán, anuncia que los hombres, después de aprender “la excelencia de saber muchas cosas… y de olvidar a Dios”.

“Mirarán las estrellas con la mirada corta que no sabe soñar”.

Pero el hombre hispánico no se resigna a esa deshumanizada indiferencia. Pervive en su espíritu, a pesar de los reveses de la Historia, el encendido anhelo por la dulce profunda verdad de las cosas elementales; el agua, la flor, el fruto… que, más de una vez, han hecho su espontánea aparición en estas cuartillas nuestras.

Hoy, la estrella las signa con la rúbrica de un misterioso titilar.

Porque, en rigor, parafraseando al poeta, entre nosotros, ¿quién que es, no es un poco o un mucho astrólogo y “estrellero”, como aquel rey Sabio de nuestra mejor tradición que

“De tanto mirar al cielo
se le cayó la corona”?

Tomando experiencia del mal suceso de aquella testa real de Castilla, que perdió la diadema del Imperio y hubo de sufrir las pretensiones usurpadoras de su hijo y heredero, bueno es rimar la deleitosa afición de Alfonso X al zodíaco y el arrebato militante de Sancho el Bravo. Con tal estilo nuestro, de maciza sensatez que, en tanto que miremos a las estrellas, con una mano oprimamos con fuerza la empuñadura de la espada y con la otra sostengamos firmemente la corona que los siglos pusieron en las sienes de la estirpe.

Apareando en nosotros esta doble excelencia, buena es, y sabia, la contemplación de la estrella.

“Porque la estrella tiene un privilegio de amor.
Y, desde que existen los hombres bajo las estrellas,
Es oficialmente la que le echa las cartas al emperador”.

Porque este privilegio de amor, escondido en las constelaciones en que fulge la estrella de los pueblos hispánicos, constituye la secreta virtud astrológica que rige nuestro destino histórico, nuestra vocación imperial de extender y defender hasta en el último rincón del orbe el señorío de la caridad de Cristo que a todo hombre hermana con los demás; de hacer un hecho de geografía total la universalidad de derecho de la civilización fincada en el amor.

Por eso nunca podemos dejar de echar una mirada, de vez en cuando, al cosmos insondable.

Y es que, en las horas propicias de la noche, las potencias ascienden con temerario vuelo hasta la esfera estelar de las supremas verdades trascendentes. Escuchan –clara y distinta, arrobadoramente melódica- esa nota cósmica, una y gigante, que adivinó la intuición de Pitágoras, y en la que se sinfonizan milagrosamente todas las notas individuales que vibran en cada astro.

Y en ese enjambre sin cuento de ojos parpadeantes buscamos, con afán invencible y convencido, una Mirada que sabemos singular para nosotros y para lo que es nuestro. Y en esa solemne sinfonía sideral los oídos inquieren por una Nota, que no ignoramos que fue escrita en el pentagrama del firmamento para que, en un proceso personalísimo, nosotros mismos la descifrásemos y a ella acordásemos nuestra vida con todo aquello que en nuestra esencia humana tiene un latido trascendental y eterno: la Patria, la familia, la mujer amada… Es la mirada providente de Dios que se singulariza, paternal, sobre todo lo nuestro. Y es la nota –litúrgica, patriótica o de humano amor- con que Dios nos convoca y apremia por sendas diversas y modos varios –que, al cabo, en Él confluyen- al cumplimiento de una particular, altísima faena.

De mí sé decir que el mirar y remirar de las estrellas me enamora siempre y me ensalma. Porque ellas quieren repetir el brillo teologal de los ojos de una mujer de quien puede decirse lo que el Alighieri afirmó de Beatriz: “Ella es un nueve, esto es, un milagro cuya raíz es solamente la admirable Trinidad”… Porque en ese mirarlas y remirarlas en el cielo patrio he sentido la vinculación de mi modesto pero personal destino terrestre con el destino de México en la Historia… Y porque en su lumbre remota y arcana se me anuncia aquella otra, sin posibilidad de extinción: Lumbre de Amor en que –después del perdón que espero de la Misericordia- pueda abrasarme sin término.

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