Las Confesiones del Siglo XX

Identificador: DM-407.
Publicación original: Novedades, 28 de mayo de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Thomas Merton, José Mojica, conversión, vida religiosa, gracia, catolicismo, autobiografía.
Ilustración en blanco y negro de Las Confesiones del Siglo XX, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Pensamos que en los años más recientes los dos testimonios autobiográficos más extraordinarios que narran la experiencia de una conversión han sido rendidos por el norteamericano Thomas Merton y el mexicano José Mojica. Sus relatos, verdaderas Confesiones al modo agustiniano pero con lenguaje y problemas y temática del siglo veinte, nos los muestran, tan disímbolos en sus raíces, confluyendo ambos al final de cuentas en el ancho río de la ortodoxia católica e igualmente entre esas sus linfas más cristalinas y selectas en que discurre la vida que se llama religiosa por antonomasia. La comparación es vigorosamente sugestiva.

Merton nace dentro de un hogar protestante de ese extendido género que carece en realidad de un credo, de unos actos de culto y de unas normas de conducta nítidamente definidos, y uno de cuyos denominadores comunes estriba en el odio o al menos en el recelo y el desprecio hacia el papismo. Mojica viene al mundo bajo el signo católico de una casa mexicana, y su espíritu se nutre desde el principio en la definida experiencia de un dogma, de una moral y de un culto que expresan la soberana fijeza de lo verdadero. Las páginas en que ambos narran su infancia y primera juventud son, parejamente, inapreciables documentos sociológicos. Con un enfoque más subjetivo, en Merton. Mucho más extravertidas en Mojica –salvo la magistral evocación de las primerísimas experiencias vitales- y literariamente más vivaces.

De ahí en adelante discurre en ambas narraciones el verdadero nudo del drama en que de diverso modo se hace presente la misma substancial indigencia respecto de la verdad. La indigencia de quien siempre la ha desconocido y la del que la ha abandonado por no conocerla suficientemente. El drama de quien desde el comienzo sufre el influjo del relativismo religioso y del amoralismo del “mundo moderno”, y el drama de aquel cuyos principios de fe y conducta llegan a resquebrajarse por el impacto de un laicismo virulentamente antirreligioso. Ambos subrayan –digámoslo de paso- muy a lo vivo los fermentos de deshumanización que hacen su corrosivo trabajo dentro de los espíritus jóvenes en las aulas laicas. Más profunda es la herida en Merton, carente de las defensas sobrenaturales de origen y de la bienhechora cercanía de una madre cristiana, datos que, por el contrario, en Mojica, hacen evidente su saludable contrapeso a la escuela sin Dios.

Merton, nacido y crecido dentro del ambiente de la modernidad desenraizado del cristianismo. Mojica, malherido en el tronco de sus convicciones primeras. De ahí que experiencias semejantes provoquen reacciones diferentes. La cercanía de la muerte suscita al primero el vencimiento, la rendición implícita en la hastiada indiferencia ante el vacío de la nada inminente. En el segundo, la reacción combativa de una espontánea impetración al Dios en quien, a pesar de todo, no se ha dejado de creer. He aquí, entre ambas actitudes, un abismo colmado de reveladoras sugerencias.

Después, todo o casi todo es dispar en las trayectorias. El Merton que discurre en las páginas de La Montaña de los Siete Círculos es el clásico universitario librepensador sin fijeza ideológica, fácil víctima de las modas del pensamiento, presa de indiscriminadas solicitaciones estéticas, de lecturas y autoridades que disfrazan su pedestrismo con un tono magisterial y la dogmatizante invocación del cientificismo. Todo ello no logra hacer de él más que uno más dentro de la muchedumbre de ilustres desconocidos de la medianía intelectual.

Mojica, en cambio –según lo recordamos y según lo vemos en su Yo Pecador…- sobresale durante la etapa análoga no en el terreno literario o del pensamiento, sino en el de las celebridades artísticas que el poder difusivo del cine torna internacionales. Fama y fortuna llévanle al pináculo de lo mundano y de sus satisfacciones. Y su misma carrera da a su proceso vital un eje y un norte que le otorgan cierta fijeza y una notoria madurez de realizaciones dentro del terreno específico del arte.

La coincidencia se produce sólo en la insatisfacción medular de no dar en el blanco de certezas con validez suficiente para explicar el sentido fundamental y de esencia de la propia vida y del mundo. La acción providente de la Gracia, por su parte, opera en coyunturas desiguales. Depara a Merton tropezarse con un texto de filosofía escolástica, desnudo de literatura, escueto y precisivo, que le descubre un formidable mundo de sugerencias y cambia el rumbo de su avidez intelectual. A Mojica, un conjunto variado de contactos franciscanos que progresivamente lo encaminan al retorno contrito y viril a la fe de sus primeros años.

Uno y otro han dejado a nuestro tiempo el testimonio vivo del multiforme dinamismo de la Gracia. Sólo ella pudo transmutar la mediocridad del intelectual estándar en la excepcionalidad del monje contemplativo cuyo silencio claustral irradia al través de sus apostólicos “best sellers” la resonante voz de la Palabra Eterna. Sólo ella pudo hacer de un espíritu preso de los halagos del éxito mundano, el fraile mendicante cuyo arte, transfigurado al contacto de la Belleza Increada, le ha permitido revivir, en pleno siglo veinte, la medioeval florecilla franciscana del Juglar de Dios…

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