Las Charlatanherejías
Publicación original: Novedades, 20 de octubre de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: herejías, gnosticismo, San Juan Evangelista, racionalismo, teosofía, verdad católica.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
No puede caber duda de que hay diversas categorías de valor en las actitudes y sistemas heterodoxos. Al lado de una doctrina que el católico tiene que reconocer como antagonista de valía en el orden dialéctico, hay también las corrientes heréticas deleznables desde todos puntos de vista. Estas últimas no pasan de ser, propiamente, “charlatanherejías”. Pero no es raro que obtengan difusión y arraigo populares o entre el vulgo semiintelectual, al favor de ciertas circunstancias.
Por ejemplo, suele pasar inadvertido u olvidado que lo que dio coyuntura a la redacción del Cuarto Evangelio fue el confusionismo doctrinal que pretendieron introducir –lográndolo en cierto número de cristianos- las ideas gnósticas. Fueron éstas un arbitrario galimatías en que quisieron sistematizarse novedosamente elementos en que no es difícil descubrir un rezago suigéneris de influjos mitológicos y politeístas, matizado por el racionalismo de las últimas etapas de la antigüedad clásica, y combinado con materiales –adulterados al tenor de una desgobernada fantasía- desprendidos de la tradición hebraica y del naciente cristianismo.
Esto recuerda, entre otras cosas, que las herejías son prácticamente tan antiguas como el cristianismo. Ya en el año 50 la Iglesia celebra su primer concilio, el de Jerusalén, en el que los apóstoles, presididos por Pedro, condenan la pretensión sostenida por los judíos conversos de que las prácticas exteriores de la religión mosaica –circuncisión, abstención de ciertos manjares, etcétera- obligasen también a los cristianos, aun a aquellos de extracción pagana. La inconformidad de los judíocristianos extremistas con esta disposición del concilio, originó la primera herejía, la de los ebionistas, a la que cronológicamente sigue la ya mencionada de los gnósticos, con la que incluso alguna vez hubo de sincretizarse.
A propósito de las caprichosas aberraciones gnósticas, pues, escribió el menor de los hijos del Zebedeo. Específicamente, para confirmarnos en la fe del misterio capital de la Encarnación del Verbo, según sus expresas palabras: “Esto se ha escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, El Hijo de Dios”. Este énfasis inviste puntualmente al último de los Evangelios de una inevitable actualidad. Su medular carácter de testimonio de la divinidad de Jesucristo en contra de la negación gnóstica, y, en ella, en contra de todas las demás negaciones que los siglos siguientes –y el nuestro no podía ser excepción- han repetido.
Hogaño, como en los tiempos de San Juan, y si se quiere con mayor intensidad, suelen también florecer el racionalismo más exacerbado y la credulidad más lamentable. Uno y otra, al fin y al cabo, paran en lo mismo: en superstición extravagante. De ello pueden ser muestra insigne cosas que van desde la superstición con que el vulgo –incluso el vulgo intelectual- cree indiscriminadamente cualquier novedad, siempre que sea apoyada por alguien a quien una publicidad resonante proclama personaje de mundillos filosóficos o científicos, hasta todos esos informes, nebulosas enseñanzas sin pies ni cabeza de las que el teosofismo podría ser paradigma, y que en punto a estrafalarias no ceden un ápice a las teogonías gnósticas.
Porque no es posible oír hablar a los continuadores de Sartre, “el gran insecto sucio”, que dijera Papini; o leer a algún mantenedor del modernismo teológico, que somete al dogma a tortura y distorsión para acomodarlo a las necesidades de la novelería dizque filosófica y científica; o escuchar a los adoradores de dislates cientificistas de los que H.G. Wells fue editorialmente afortunado divulgador; o topar con algún semidesquiciado cultivador de esoterismos “orientalistas”, sin recordar invenciblemente las palabras con que San Pablo alude a la infiltración del gnosticismo estrambótico en algunas comunidades cristianas.
Así, escribiendo a Timoteo, ínstale a que llame la atención a los fieles para que “no se ocupen de fábulas y genealogías interminables, que son más propias para excitar disputas que para formar por la fe el edificio de Dios. De lo cual, desviándose algunos, han venido a dar en Charlatanería, queriendo hacer de doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que aseguran”. E insiste, asimismo, en que den de mano a las fábulas ridículas y cuentos de viejas, expresión que revela claramente el desprecio que intelectualmente le merecían las tales doctrinas. Y, en precisa admonición, concluye con un lenguaje que diríase escrito para nuestro tiempo, exhortando a “guardar el depósito de la fe, evitando las novedades profanas en las expresiones, y las contradicciones de la ciencia que falsamente se llama tal, ciencia que, profesándola algunos –como los que hoy equivalen a los gnósticos de entonces- vinieron a perder la verdadera fe”.
Por desgracia, siempre hay gente para todo, como suele decir nuestro pueblo. Probablemente no será sino con el Juicio Final que se acaben las “charlatanherejías”, las peculiares credulidades a que suele dar lugar la extraña combinación del racionalismo y la superstición.
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