La Revelación del Espejo
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: filosofía, identidad, conciencia, fe y poesía.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Sagaz y venturoso quien sabe mantener el equilibrio entre su familiaridad con las cosas y el respeto e interés que éstas reclaman como creaturas de Dios o como obra de las creaturas de Dios. Nunca dejarán de tener para él sabor de novedad y lenguaje de revelación.
El pietismo rezandero mecaniza y mata la plegaria. La oración aun mil veces repetida –“cincuenta veces es igual el Ave taladrada en las cuentas del rosario”-, pero consciente de ser la voz del hijuelo que habla al Padre, es algo vivo y, en más de un sentido, vivificador. No merece desdén lo reiterado y cotidiano, sino la miope automatización, la contumaz indiferencia ante las cosas de cada día.
Ante el espejo, por ejemplo,
De él, un poeta podría decirnos que existió ya en un tiempo anterior a toda cronología, en aquellas primeras jornadas del Génesis, cuando el escritor sagrado nos refiere que el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas. Ceñían éstas, sin límites, la redondez del planeta. Y en ese espejo, elemental y grandioso hubo de verse el sol, duplicando en su reflejo el milagro cósmico de la luz.
Después del sol, las tierras que emergieron del seno de las aguas, y luego los primeros vivientes. Finalmente, el hombre, a quien sedujo en tal medida que no paró hasta poder reiterar ese prodigio en los espejos artificiales. Ya el Éxodo nos habla de las piadosas mujeres israelitas que donaron sus espejos de metal precioso –los de cristal no aparecen hasta los días medievales- para ornato y decoro del Arca de la Alianza. Y en los suyos deben haber encontrado bálsamo a la tristeza aquellas cautivas troyanas que en algún pasaje de Eurípides se mencionan: ya en el helénico exilio, más de una vez, al confirmar en su argentada tersura la perfección de afeites y tocados, habrán creído ver, de nuevo, en el hechizo de un reflejo no perdido, las campiñas y las playas frigias, e intactas, las soberbias murallas en que otrora fulgió el heroico espejo de la armadura de Héctor, el campeón de Troya…
Ahora que, aquí también, cumplióse en el espejo aquello de que el género humano suele inclinarse a servir a los que deben servirle. Y en su bella mitad femenina –y aun en alguna porción de su otra mitad- el espejo convirtiólo de señor en esclavo. Por ello, de ese pavo real de las centurias que fue el siglo XVIII puede decirse que es, por definición, el siglo de los espejos. En Versalles regodeóse el vano orgullo feminoide en la inacabable contemplación de las ridículas pelucas empolvadas y de la excesiva espuma de los encajes en las grandes lunas de dorados marcos. Esos espejos eran, cabalmente, logrado símbolo de una etapa que quiso prescindir de la luz en la propia fuente, que es la luz de la Verdad de Dios, para contentarse con las solas “luces” mal reflejadas en una Razón humana que era, por sí sola, un pobre, manchado, opaco y rugoso espejo del mundo de la inteligencia.
Más sana es la asombrada afición que al espejo le tienen los espíritus elementales. En su punto y medida, justifícase que el primitivo porfíe en el trueque del oro nativo por los espejitos industrializados, a cuenta de un prestigio mágico que aun perdura en los cuentos de hadas.
Y de lo que el espejo suscita en ese otro espíritu elemental que es el niño, bien puede hablar el nítido recuerdo que conservamos de un –para nosotros- notable episodio de nuestra conciencia personal. A la edad probable de tres o cuatro años, y después de haber visto otras innumerables veces un gran espejo de la recámara materna, al promediar una tarde –claras luces de un fuerte sol de estío-, nos hallábamos ante él, de pie. Y de pronto, impensadamente, hubo en nosotros un íntimo sacudimiento del ser. Como que algo emergía de lo más propio y recóndito (aun ahora sentimos que se renueva la solemnidad de aquel momento…). En tal punto, por quién sabe qué inescrutable proceso anímico, al contemplar nuestra imagen en el espejo, prodújose en nosotros la sensación, cabal y precisa de nuestro yo.
¡La física reflexión de nuestra imagen corpórea, en la superficie del cristal, provocó en nuestro espíritu esa clásica “flexión” sobre sí mismo que la Psicología designa también, certeramente, “re-flexión”!... No se trataba ya del darse cuenta de los objetos exteriores ni de la propia corporeidad. Era un “yo” interior, que se veía a sí y en el espejo de sí mismo… No es posible olvidar el inefable y dilatado horizonte metafísico que se desplegó entonces ante el entendimiento. Ni cómo, bien pronto, al vago temor ante el inesperado hallazgo sucedió una alegría majestuosa y trascendente, de la que apenas son insinuación y balbuceo los extraordinarios versos del poeta:
“Esta llena Verdad de Ser, esta certeza
de no ser ni ese junco, ni ese helecho,
no se resigna en mí a volar, desnuda
de sí –vapor, perfume,
suspiro y nada en Todo-
sorbida por el hambre sin fin de los luceros.
No tires de mí, viento:
no soy tallo de avena, ni soy hoja de acacia.
¡No me llevarás!
Yo tengo mi perfil y mi frontera,
con su bandera propia,
frente a ese mar total y sin orillas.
Todo está en mis umbrales esperando
y yo dentro de mí conmigo mismo,
con mi Ser, con mi pulso,
con mi ruido subterráneo
de pozo profundísimo,
con temblor de agua y sol en la conciencia.
Yo, distinto de esta luz
Que me lame los sentidos.
¡No me llevarán!
……………………………………………
Y, cuando pase la frontera última,
no me confundiré en la turba de los átomos,
ni seré viento, ni celaje:
sino yo, siempre yo, con mis fronteras
y mi bandera propia:
isla de ser entre los seres todos”.
¡Sí, supimos esa tarde estival, de la dulce, “serena certeza”
“…de no ser aquella acacia,
ni aquella rosa, ni el lucero aquel”!
20 de julio de 1953
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