La Prensa Debe Ser la Voz del Pueblo

Identificador: DM-357.
Publicación original: La Voz de Michoacán, 19 de junio de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: opinión pública, prensa católica, La Voz de Michoacán, Pío XII, libertad de pensamiento, periodismo.
Ilustración de La Prensa Debe Ser la Voz del Pueblo

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Es ésta coyuntura oportunísima para subrayar el acierto substancial del lema -“La Voz del Pueblo hecha Periódico”- que cifra el espíritu que este órgano de prensa ha mantenido con el ejemplar decoro en siete años de brega publicitaria.

Porque ese espíritu está medularmente acorde nada menos que con la autorizada voz pontificia, que en palabras memorables dirigidas al III Congreso Católico Internacional de Prensa, hacía énfasis en el papel que la prensa debe desempeñar como servidora de la opinión pública, más bien que como “forjadora” de la misma. Es claro que ello viene a chocar abiertamente con el prurito de más de un capitán de empresa periodística que ha llegado a pensar que el instrumento de difusión puesto en sus manos tiene como meta y derecho obvios el de “crear” el criterio colectivo respecto de hombres, acaecimientos o problemas de público interés. Lo que es aún más notorio cuando esa inexacta creencia tiene –alguna vez- por origen el propósito deliberado de deformar a sabiendas la opinión pública, de desviar de los cánones de la verdad el juicio de los lectores con objeto de servir así finalidades inconfesables, ya propias, ya de las oligarquías políticas o dinerarias a las cuales, por desgracia, acontézcale servir.

La opinión pública es “la prerrogativa de toda sociedad normal, compuesta de hombres que, conscientes de su conducta personal y social se hallan íntimamente vinculados en la comunidad de que forman parte. Es, en último término, el eco natural, la resonancia común y más o menos espontánea, de los acontecimientos y de la situación actual del espíritu y juicio de los hombres de esa sociedad”.

Ahora bien, si los que tienen los altos comandos de la prensa –incluidas las agencias noticiosas –adulteran la verdad de los acontecimientos; si los callan o los inventan; si de una manera sistemática y contumaz prohijan la propaganda de ideas no solo extrañas sino contrarias a las normas del buen juicio en materias morales, políticas, jurídicas y sociales, ¿cómo esperar que florezca una opinión pública que merezca tal nombre y que se ajuste a esa exigencia que señala el Pontífice: ser expresión de una sociedad de “hombres conscientes de su conducta personal y social?

Hay que insistir en el principio: la prensa debe servir, reflejándola, a la opinión pública, y no precisamente “forjarla”, porque así se constituye en amo en lugar de servidor, pretensión que –infortunadamente- no es rara, hoy en día, en muchas latitudes inclusive la nuestra. Es la pretensión de asumir el papel de manejador de hombres-instrumentos, en vez de situarse en el que de veras le corresponde: el de instrumento idóneo de expresión de hombres con opinión que no por colectiva debe dejar de ser espontánea y consciente. Cuando un órgano de prensa adolece de semejante vicio fundamental de orientación, en lugar de manifestar, concretar y aun educar –en su riguroso sentido etimológico de dar cauce al exterior a posibilidades intrínsecas- la opinión pública, en realidad la “hace”. O más bien, hace un remedo de opinión pública a la medida de los fines que en cada coyuntura se persigan, sin que importe que esos fines, en ocasiones, puedan incluso ser respetables. Para servir buenas finalidades no hay derecho a torcer la naturaleza de las cosas encaminándolas al logro de metas que no les sean propias. Y la función social de la prensa –repitámoslo otra vez- no es de suyo “forjar”, sino manifestar y dar cauce a una verdadera opinión pública.

No es raro que no se entienda, que no se quiera entender que su papel es el de una delicada y exquisita caja de resonancia de un instrumento que debe ser pulsado “desde fuera” por manos diestras que a su vez sepan puntualizar, fijar, concretar la melodía que un público quiere oír por la sencilla razón de que expresa algo muy personal y propio, a un tiempo que a todos común. Dijérase que cierto periodismo no quiere conformarse con el papel del romancero y del cantar de gesta, que son manifestación espontánea de estados de espíritu colectivos, porque le parece demasiado pobre y anónimo. Prefiere ser, a toda costa, un “mester de clerecía” sui géneris: hinchado de dogmatismo tanto en sus afirmaciones como en sus negaciones; hidrópico de vanidosa soberbia pseudocientífica o erudita, a cuyas voces la turba debe responder siempre con el “¡amén!” que se debe a los oráculos.

En verdad que no siempre es fácil encontrar a esos diestros pulsadores del instrumento que sea voz de la opinión pública. Esos que en el pensamiento de Pío XII deben ser “eco natural… de hechos y de circunstancias EN EL ESPÍRITU Y EN EL JUICIO DE QUIENES SE SIENTEN RESPONSABLES Y ESTRECHAMENTE LIGADOS AL DESTINO DE SU COMUNIDAD”. Por el contrario, en lugar de quienes sienten esa solidaridad de destino en la patria, muchas veces pulsan las cuerdas de la prensa aquellos que no han de expresar más que su personal y casi siempre menguada inspiración que, por cierto, no es raro que haga alarde de una independencia y una desenvoltura que muy a menudo no son sino la fachada “tras de la cual se amparan pobres seres vacíos, cobardes, sin energía para desenmascarar la mentira, sin FORTALEZA ESPIRITUAL, PARA RESISTIR LA VIOLENCIA de quienes se muestran hábiles para poner en movimiento todos los resortes de la técnica moderna, todo el arte refinado de la persuasión, A FIN DE DESPOJARLOS DE LA LIBERTAD DE PENSAMIENTO, haciéndolos semejantes a esos frágiles “juncos agitados por el viento” de que habla el Evangelio de San Mateo”

Aquí tienes, lector, en esas últimas palabras del papa, el fidelísimo retrato de más de un escritor o de más de un vehículo publicitario virulento o desenfadado, cuyas “genialidades”, cuyas “originalidades” y desplantes no son más que un valor entendido en nuestro medio periodístico. Toda esa hojarasca de independencia y osadía no viene a ser más que un “camouflage” de su triste servidumbre a las diversas oligarquías del momento.

Razón de más para que, frente a una autenticidad que comienza diáfanamente por proclamar que su aspiración no es otra que ser –sin destemplanzas, pero con irreductible firmeza- la voz del pueblo hecha periódico: y que luego, en su cotidiana trayectoria supera durante siete años todo halago de tentación y tal vez el amago formidable de intereses poderosos y que sabe mantener noble fidelidad a un lema con extraordinarias exigencias y excepcionales riesgos, todo espíritu libre se ve precisado a rendir el testimonio de su admiración sin reticencias y de su visceral solidaridad.

Va ese testimonio, cordialísimo y vivo, en el abrazo que estas líneas quieren ser para cuantos integran ese ejemplar equipo humano cuya diaria tarea –encendida de amor a México y a las pulcras esencias de la Provincia- ha logrado que LA VOZ DE MICHOACÁN sea, en verdad, “la voz del pueblo hecha periódico”.

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