La Plaga Social del Desaliento
Publicación original: Novedades, 12 de abril de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: desaliento, modernidad, vida espiritual, cultura y esperanza.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
No es novedoso pero sí saludable insistir en que el llamado mundo “moderno”, ese timo colosal de que ha sido víctima el Occidente, ha traído aparejado el fenómeno de una plaga sui géneris: la de las vidas carentes de entusiasmo y de impulso. Ya viene a ser un lugar común referirse a que la natural, humana capacidad de dicha y de estímulo ante las excelencias del cosmos y el vivir se ha fugado de muchos espíritus. Y en efecto, es una distancia que podríase llamar sideral la que separa a esas almas enfermas de los ricos tesoros de optimismo y de potencialidad emocional y afectiva de sus antepasados.
Recién aparecido el hombre sobre el planeta, hubo de anegarse en el asombro del mundo. Aun las mismas manifestaciones terribles de la naturaleza afirmaron en él una familiaridad cordial con el marco espléndido de su existencia. Y coronando y colmando este grato sabor de conjunto de las cosas, la fe en los motivos y finalidades del espíritu, la fe en los semejantes, en la sociedad y en sus instituciones onesangulares.
No obstante los errores del mundo antiguo, a veces gravísimos, esa sonrisa y confianza fundamentales perseveraron en la humanidad en los diversos ciclos y ambientes culturales. Lo mismo en la Caldea coetánea de Abrahán, digamos, que en el Egipto faraónico y en la milenaria civilización china. En la Grecia de las perennes realizaciones estéticas igual que en la Roma del genio jurídico aun durante el decadentismo del Bajo Imperio. La preciosa herencia sobrevive. Y vitalizada, ennoblecida, transportada a planos más excelsos, en Occidente adquiere perfiles inéditos de reciedumbre, delicadeza y claridad en el Medioevo gigante y creador.
Pero se fragua y comienza el desequilibrio interno del hombre del propio mundo occidental merced a las falacias del Renacimiento pagano, que le separó considerablemente de sus ejes espirituales. Es el comienzo de un proceso de deshumanización y aniquilamiento que en sus principios requirió la lentitud de varias centurias para erigirse en amago, pero que ha necesitado en sus etapas finales muy pocos años para constituirse en cumplida y desoladora realidad: los últimos decenios, los últimos lustros han marcado, en ingentes proporciones de número y calidad, una rapidísima desintegración psicológica del hombre, si es que es permitido hablar así.
De esta suerte, hoy día, ¡cuántos puede decirse que en verdad viven cansados, en senectud prematura! Y no es difícil comprobar una ola de neurosis y aburrimiento, grisácea, abominable, que alcanza a personas de distintas edades, clases y sexos. Qué más: deformada por precocidades indeseables o francamente nefandas que encuentran coyuntura propicia en deficiencias familiares o sociales, incluso la niñez ha sido frecuentemente dañada en su salud y estructura psíquica por el virus del desaliento suicida.
Así, abulia, estulticia y tedio conspiran a una contra las esencias vitales de la especie. Hay mucho hastío inconsciente o inconfesado en las salas cinematográficas. No deja también de haber mucho de enfermizo en la sed de cierto tipo de turismo excesivamente acojinado que hoy se padece. Los ritmos de baile más populares de las décadas recientes, que suelen ir de la languidez cansina, neurótica, de unos, al dislocamiento y frenesí de primitivismos inferiores, de otros, hablan también de un extendido descentramiento que se manifiesta aun al divertirse con algo que recuerda demasiado las alternativas de postración y convulsión de la epilepsia.
No es ocioso el repetir que esa falta de nervio, de equilibrio, de fortaleza de espíritu –muy expresa, por cierto, en argumentos novelísticos, cinematográficos o teatrales de la hora presente- finca en buena parte su raigambre en la inestabilidad de vorágine de estos últimos años, en que se han hundido o levantado pueblos y personajes, instituciones y conceptos en renovada y contradictoria prolijidad que aturde y desconcierta.
Ante este inaudito y febril “devenir”, que asombraría al propio Heráclito si para ello sólo resucitase, el hombre-masa del momento, en trágica miopía, sólo ve como permanente precisamente la relatividad y lo efímero de todo. Ahora bien, si no hay nada estable, si no hay en qué asentar con seguridad el entendimiento y el corazón, ¿a qué incomodarse? ¿Por qué preocuparse y tomar en serio lo que incontables generaciones juzgaron como lo que da sentido y valor a la existencia?... Aquel jugo sápido y tónico que destilaron por siglos las entidades siempre veneradas y apasionantes de la Religión, la Familia, la Patria, la ciencia, el arte, el casto amor, muchos hombres de estos días tumultuosos se niegan a apurarlo al no responder a su reclamo vehemente y supremo. Es que sólo se sienten solicitados por lo que no trae aparejada la arista de una incomodidad o la espina de un sacrificio. Por eso se encierran con gesto desabrido –que ya ni siquiera adusto- en la irresponsabilidad del común denominador, en la monotonía irremediable del gregarismo, rumiando su tedio y su derrota, muchas veces rodeados del fracaso de máquinas que se han tornado absurdas por no habérseles insuflado algún ideal vivificador, sumidos quizá en un menguado “confort” que tiene mucho de nirvana…
Por fortuna, paralelamente a estas sombras, hay muchas y nuevas luces de humanidad en otros sectores occidentales, también importantes en significación y en número. Y es por esas luces que se perfila, afirmador y decidido, el gran movimiento mundial de vindicación de las fuerzas del Espíritu. Y ello autoriza y avala la esperanza de que las eternas causas motoras de la actividad humana han de ocupar otra vez el sitial que les corresponde en la economía de la convivencia social: con su poder alentador, de equilibrio, de salud psíquica, de optimismo incontenible y renaciente. Y de que han de remozar, en episodio quizá definitivo, el árbol de la civilización ahora mustio y vacilante, tornando a ser nervio impulsor de todo levantado acometimiento, anudando nuevamente los hilos de oro de la Historia, rotos en parte por las fuerzas de deshumanización que traicionaron al Occidente.
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