La Patria Escondida
Publicación original: Novedades, 14 de febrero de 1949.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: México, tradición, juventud, familia, catolicidad, identidad hispánica y patria.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
No era una “peña” de ingenios de café. No era un cenáculo literario. No era una tertulia de intelectuales. Era –nada más y nada menos- una alegre reunión de juventud. Sin el narcisismo preciosista ni la pirotecnia verbal de los charlistas de profesión. Lo que ahí se escuchaba era sólo el recio y desnudo lenguaje de verdades dichas con viril metal, frente a la abrupta consideración de las realidades.
Y la voz que era un poco menos juvenil –un poco nomás-, dijo:
-Amigos: recordando lo que Maeztu decía de España, podemos declarar que México es “una encina medio sofocada por la yedra. La yedra es tan frondosa, y se ve la encina tan arrugada y encogida, que a ratos parece que el ser de México está en la trepadora, y no en el árbol. Pero la yedra no se puede sostener sobre sí misma”. Su misma exuberancia no se explica sin el sostén que le presta la encina, en la cual tiene su correlativo, “como el Anticristo lo tiene en el Cristo”.
México no es, pues, la endeble hojarasca trepadora, única cosa accesible a la pupila del espectador distante o del contiguo observador superficial. México es la encina cuyo tronco vigoroso no se ve, pero que se halla, con certeza, presente, y que se hace visible cuando se desgajan aunque sea unos pocos tallos de la mentirosa trepadora.
A los ojos con sincera angustia ante las calamidades de la Patria hay que invitarlos a ver, al través de la planta parásita, la nudosa fortaleza de la encina. A los que inquieren, desolados, en dónde está, hoy, la Patria, habría que decirles, señalándoos a vosotros “He aquí a la Patria”. Porque, amigos, VOSOTROS SOIS LA PATRIA: No os sorprenda la palabra. Sí, vosotros sois “LA PATRIA ESCONDIDA”. Lo son también, claro está, vuestros padres, vuestros hermanos, vuestras novias o esposas. Y es que la encarnación de la Patria no radica –hoy, lo mismo que ayer y que mañana-, sino en los espíritus que conservan en sí y viven en la actuación de sus modos, costumbres, sentimientos y pensamientos cotidianos la tradición mexicana.
Si esos ojos sinceramente angustiados quisieran ver, atisbarían al menos el porqué de la pervivencia de México a pesar de sus reveses históricos: la dulzura, el recato y la fortaleza de nuestra mujer; el catolicismo genuino, austero, romano y castellano de nuestros varones de verdad; la sólida trabazón de nuestros hogares; la añeja y suave cortesía de nuestra provincia, y, para cifrarlo todo, la arraigada religiosidad de nuestro pueblo que “aun reza a Jesucristo y aun habla en español”.
El México auténtico y eterno está, por ahora, escondido –como la autenticidad de la encina bajo la falsedad de la yedra- en todos los que quieren devolver a su Historia el prístino y maravilloso sentido atesorado en la Tradición, que es lo que le da perfil infalsificable a un pueblo, lo que viene a definir su identidad y hace posible su progreso, ya que las naciones como los hombres, para progresar necesitan seguir siendo ellos mismos. Progresar no es transmutarse en otra cosa diversa de lo que se es… Progresar es, sencillamente dar mayor perfección al ser propio, a lo que se es… ¿Cómo podríamos progresar renegando de la Tradición, es decir, de lo que somos?
Por eso, los que aman las causas históricas que han hecho a México, los que no pueden “vivir de espaldas a la Historia y perderse en los cines, en los cafés” y en las peñas de los intelectuales que desfiguran a México y desconfían de su vitalidad; vosotros, los “tradicionalistas” en una palabra, sois, lo repito, “la Patria escondida”. Los que garantizan su identidad y su verdadero progreso. Los que –bajo la constrictora mentira de la yedra- guardan y hacen posible, respectivamente, el ser, el crecer y el trascender de México.
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