La Pasión Filatélica

Identificador: DM-419.
Publicación original: Novedades, 13 de agosto de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: filatelia, coleccionismo, sellos postales, error filatélico, cultura, educación, museos.
Ilustración en blanco y negro de La Pasión Filatélica, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

La exposición internacional de filatelia celebrada en esta Ciudad de México nos ha hecho pensar que ninguna otra manifestación del coleccionismo tiene adeptos cuyo número se acerque siquiera al de los filatelistas, que, en todos los rumbos del planeta, suman millones. Estos iniciados han establecido, desde hace mucho, una tupida red de intercambio de piezas y noticias filatélicas a un grado tal que forman un verdadero mundo aparte, sui géneris, y de increíble pasión coleccionística.

Por ejemplo, al común de los mortales no dejará de llamar la atención los subidos precios que alcanzan algunos ejemplares, singularmente los de las primerísimas emisiones, que datan de algo más de cien años. Uno solo de entre ellos, el celebérrimo de un céntimo de la Guayana inglesa, valía hace no muchos años centenares de miles de pesos. Al que viva fuera de la filatelia e ignore sus misteriosas y peculiares fruiciones, antójasele disparatada y loca la obsesión de los coleccionadores, pero lo cierto es que esta puede llevarlos hasta el robo. Robo por demás singular, porque quien lo consuma no puede ufanarse ante los cofrades de su más preciado tesoro, sino que se ve obligado –un poco al modo de avaro- a gozar a solas, en fruición meramente íntima, su presea, delictuosamente ganada.

Igualmente, cuando el profano se entera de esa máxima anomalía del mundo de los filatelistas, el llamado error filatélico, no deja de pronunciarse muchas veces contra su tabla de valores. Porque, en efecto, parece que nada hay que el fanático de los timbres estime tanto en la vida como un sello en que el descuido ha dejado un yerro de impresión: un centro invertido o mudado de color, o quizá una greca defectuosa en las orlas del dibujo. Y más aún cuando es en el propio dibujo que aparecen los errores. Si el artista, verbi gratia, otorga a alguna especie zoológica un atributo del que en la realidad carece, digamos la cola –como sucedió en caso famoso- y después, advirtiendo el yerro cuando ya la emisión postal ha comenzado a circular, hace la obligada corrección, los ejemplares primeros, los que reprodujeron ese error anatómico, alcanzan un extraordinario valor comercial.

Digamos de paso que a veces se ha suscitado otro motivo de poca edificante sorpresa para el gran público al enterarse de cómo, a veces, se han lanzado emisiones deliberadamente limitadas con objeto de tornar las rarezas filatélicas que puedan proporcionar a los acaparadores avisados pingües ganancias. Hay que pensar que, si bien se miran las cosas, la culpa de esta verdadera estafa corresponde a los mismos coleccionistas, que al exacerbar su afición y llevarla hasta el grado de manía dan pábulo a tales maniobras de las que ellos son las únicas víctimas.

Sin ánimo de molestar a los numerosísimos adeptos a este “hobby”, cabe pensar si no es deseable una transformación del afán filatélico. Parece obvio que habría que reducirlo a límites justos. Que habría que acabar con el endiosamiento de ciertas normas que en él han privado hasta la fecha. ¿Qué sentido tiene, entre otras cosas, la superestimación del error filatélico?... Porque uno diría que es un insigne error dar valor al error. Este, en gramática, se llama solecismo. Teológicamente, herejía. En materia poética, puede ser ripio. En música, desafinación. En arquitectura o ingeniería, puede determinar una ruina. En pintura, la risa del observador. En derecho, la invalidez del acto jurídico… Sólo en filatelia vale el error.

Dando una opinión que nadie nos pide, podríamos decir que la filatelia es una plausible afición en la primera juventud, ya que a veces puede ser ocasión de afinar y educar el gusto con el primor del grabado en algunas emisiones con su estética epigráfica, heráldica o caligráfica, todo lo cual puede ser indirecto y recreativo cauce de la ilustración geográfica e histórica; y también da coyuntura al ejercicio de las facultades de observación mediante la discriminación técnica de las variedades filatélicas. Pero nada más. El dedicarle con exceso el tiempo y las energías de la edad madura en medio de un mundo lleno de gravísimos problemas, parece un tanto lamentable y extravagante. Salvo si se trata, por supuesto, de lo que requiere un profesionalismo peculiar y necesario, enderezado, pongamos por caso, al intento de un museo, institución que por su misma naturaleza está obligada a llenar exigencias de totalidad y minucia en los objetos de cada orden de cosas que para la posteridad archiva.

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