La Oración por los de Occidente
Publicación original: Novedades, 7 de noviembre de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: oración, misiones, Iglesia del Silencio, Occidente, racismo, laicismo, caridad cristiana.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Hace poco, la Iglesia celebró el Día Mundial de las Misiones Católicas, fundamentalmente orando por los fieles, las obras y los apóstoles en que se concreta el heroico esfuerzo misionero. Y en la festividad de la Realeza de Cristo, en la que el pueblo mexicano acaba de dar una vez más testimonio de su fe en el cerro del Cubilete, se elevaron preces, como es frecuentísimo en los países católicos de aquende la cortina de hierro, por la Iglesia del Silencio, por los cristianos que padecen opresión o persecución al otro lado del mismo telón de acero.
Estas otras expresiones de la viviente solidaridad universal de los fieles suscitan una adhesión medular en cuantos nos gloriamos del nombre cristiano. Pero por lógica y espontánea asociación de ideas, al considerar ciertas hirientes realidades, no puede menos que pensarse en cuán premioso es también que –con gran énfasis– las cristiandades que son como flores nuevas en las tierras de misión y aquellas otras de vida ya secular que persisten victoriosamente en medio de la mortal hostilidad del mundo soviético realicen una cruzada de plegarias por el pueblo cristiano que disfruta de libertades, o que padece tolerancias a veces más humillantes que plausibles, en un Occidente en mayor o menor grado irreligioso, más o menos materialista en su tónica, cargado con el lastre de injusticias básicas y prejuicios indisculpables.
Porque esa tónica de la sociología occidental contemporánea es un riesgo cuando menos tan grave como los de otras latitudes. Es el riesgo de infección por inhalación que corre todo aquel que, por la fuerza de las circunstancias, respira cada día –hasta llegar a no advertirlo– una atmósfera moral con alto índice de gérmenes patógenos.
Pensamos en todos esos pseudocristianos occidentales a quienes el laicismo circundante ha amenizado su visión religiosa de la vida. En aquellos otros a los que el desenfreno de los sentidos y las facilidades hedonísticas de una civilización descristianizada han hecho víctimas de una tremenda deshumanización. En aquellos más a los que el signo utilitario en boga ha tornado desenfadadamente injustos frente a los derechos del prójimo y graníticamente duros ante sus crueles indigencias. O finalmente, en esos otros que ha hecho soberbios un complejo alimentado ya por la prepotencia política, ya por la prosperidad económica o incluso -¡quién lo creyera, a estas alturas!- por motivos de pigmentación de la piel.
Hace pocos días, en una ciudad norteamericana hubo un conato sacrílego –en cierto modo, doblemente sacrílego– por el cual se trató de impedir que un sacerdote negro, precisamente y nada más que por ser negro, ejerciese su ministerio en una iglesia católica. ¿Qué pensarán de esto todas las múltiples cristiandades “de color” –como diría el insoportable eufemismo racista– del vasto mundo de las misiones?
¿Y qué dolorosa conmiseración no podrán sentir los fieles de la Iglesia del Silencio ante tantos de sus hermanos de occidente para los que la religión se ha trocado en un rutinarismo convencional, la vida en una bacanal intermitente y el prójimo en un mero escalón del propio éxito dinerario, en tanto que ellos tienen que desplegar muchas veces un excepcional heroísmo cotidiano para afirmar su sentido de lo sobrenatural, para cumplir contra toda adversa coyuntura con las exigencias de las Bienaventuranzas que apremian a la limpieza de corazón, al desprendimiento en espíritu de la riqueza, a la visceral misericordia con todo semejante porque en él, sobre sus harapos materiales o morales, irradia la viva imagen presente de Dios?
Recordando verbi gratia, y por contraste, la fe dinámica no sólo en plegaria sino en obras de asistencia social –que no hacen distingos de credo ni raza–, de cultura superior y universitaria, o de básica, tesonera irradiación apostólica de los católicos que en el subcontinente indostánico han de vencer un abrumador colosalismo geográfico y demográfico, una tremenda complejidad sociológica y aun las adustas suspicacias de un nacionalismo oficial en creciente exacerbación; o evocando la invencible fidelidad con que el martirizado pueblo polaco, por ejemplo, sigue acudiendo en plebiscitarias legiones a ese su centenario corazón religioso y patrio que es el santuario de Scestochowa a pesar del torvo ceño comunista, nos es fuerza, a nuestro turno, alzar la voz para pedir en nombre de la caridad recíproca que nos debemos:
Fieles de la Iglesia de las Misiones, fieles de la Iglesia del Silencio, ¡rogad por vuestros hermanos de Occidente!
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