La Omnipresente Nicotina
Publicación original: Novedades, 15 de noviembre de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: tabaco, cigarrillo, costumbres, vida cotidiana, humor, modernidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Para descanso de todos, alguna vez nuestra charla con el lector ha de dejar la temática grave para deslizarse en planos de conversación más tersos. Y ahora un reciente conato legislativo en el vecino país del norte –fallido, a lo que entendemos- de índole prohibicionista a la manera de la famosa “ley seca”, aunque esta vez con referencia a la nicotina, nos recuerda que cierto escritor moderno refiere cómo una noche llegó a su gabinete de estudio, en plan de visiteo y plática, una aparición singular que resultó ser nada menos que el legendario inventor del alfabeto: Cadmo.
Manifestó éste que la suprema curiosidad que le había inducido a tal visita era inquirir qué placeres hubiese inventado el hombre, desconocidos para la antigüedad clásica. Quedóse perplejo su interlocutor, sin acertar qué deleite humano difiriese sustancialmente de lo que Cadmo pudo haber disfrutado en los tiempos heroicos de la Hélade. Pero al fin rompió el silencio, y abriendo su pitillera ofrecióle triunfalmente un cigarrillo.
Certera respuesta. En efecto, atributo de la modernidad es el uso del tabaco, por imitación –archisabida- de los aborígenes americanos. Y lo propiamente contemporáneo viene a ser el fumar cigarrillos. Las excusas y pretextos para justificar el hábito son múltiples y conocidos. La realidad es que nos acompaña a todas horas casi, salvo cuando el lugar o las personas exigen de nosotros una abstención reverencial o de cortesía.
Qué parte haya de cualidades objetivas en el tabaco y qué otra corresponda a nuestras autosugestiones individuales, arduo sería precisarlo. Pero tal vez la porción mayor deba asignársele al trabajo de nuestro espíritu, que le atribuye inacabables y mágicos efectos, notoriamente encontrados entre sí. Viene a ser de esta guisa el cigarrillo una pequeña gran superstición que gravita sobre un mundo que sufre la original superstición de haber superado todas las supersticiones. Es un amuleto al que, en resumidas cuentas, incorporamos los más contradictorios sortilegios, los hechizos más antagónicos.
En momentos de paz, el cigarrillo nos subraya la serenidad del lapso en el manso fluir azul de la columnilla humosa: lo paladeamos en lentas, eufóricas bocanadas ensoñadoras. Si por el contrario, los nervios nos han alterado el ánimo, nos da en rápidas y repetidas aspiraciones un grato y fácil sedante que nos vuelve al ritmo normal.
Si en soledades andamos, presto a hacernos compañía, torna el soliloquio de nuestros pensamientos en diálogo cortés y obsequioso cuantas veces se lo requerimos. Si en charla con los amigos, surge de los paquetes como un contertulio más, elemento de sociabilidad que hace más viva y cordial la plática sabrosa.
Cuando en el cuerpo nos retoza una gran alegría, participamos de ella al pitillo confidente, y como que el gozo se nos aumenta entonces en dimensión e intensidad. Y si acerbas melancolías nos lancinan, el consuelo no tarda en aparecer desleído poéticamente en sus volutas aromáticas. Al acosarnos el hambre, la distraemos con filosofía eficaz consumiendo cigarrillo tras cigarrillo. Si la hemos satisfecho, éstos aparecen sin remedio asociados al voluptuoso amargo de un buen café, mezclando a los humeantes vapores de la taza sus espirales…
Y no hablemos de los cambios de temperatura. Si hace frío, unas chupadas al cigarrillo nos galvanizan y vencemos con facilidad al frío ambiente. Pero si el calor nos abochorna, el mismo diminuto talismán hace gala de inexplicables virtudes contrarias y nos refresca como la más deleitosa nieve de sabores. Fumar es, por otra parte, el más notable acierto de la elegancia y el buen tono en muchas circunstancias; y en otras, la más insoportable exhibición de patanería y mal gusto.
Suelen los agentes vendedores y cuantos piden un favor, hacer el ofrecimiento de un cigarrillo que funja como llave abridora de nuestra benevolencia: muchas veces les resulta más fácil de vencer la resistencia de nuestros reductos interiores porque conquistaron su acceso con el menudo obsequio inicial que abrió el portón exterior de las primeras reticencias. En las antesalas de las oficinas públicas y de los consultorios médicos, estos pequeños cilindros de tabaco empapelado desempeñan la benéfica función social de evitar los suicidios por desesperada impaciencia. Calman también el dolor de muelas o el de su extracción. Pero hay más: como los licores, inspiran al artista y habilitan de valor al burócrata que pide un aumento y al galán que expone sus motivos al futuro suegro.
Semper et omnia. Siempre y en todos lados el cigarrillo. No obstan las palizas de los padres a los fumadores precoces, ni el secuestro confiscatorio de que hacen objeto a las cajetillas las señoras preocupadas por los pulmones del marido con el pretexto de abonar la tierra a las plantas del jardín.
Por lo general, el hábito es invencible. Y muchas veces adquiere rango de casticismo: no hay nada más sabrosamente característico que un ranchero norteño al liar el cigarrillo con la clásica hoja de maíz sosteniéndolo apretadamente entre el índice y el pulgar. Y hasta no deja de hacerse presente entre la gente de iglesia. Hermano lego conocimos que disculpaba su afición al cigarrillo porque éste, ascéticamente, le recordaba sus postrimerías: la ceniza, la muerte: los sabores diversos, el juicio, por el que se hacía de cada marca; el fuego, el del infierno; y la gloria… la gloria residía en la delicia de cada una de las bocanadas…
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