La Navidad y los Signos Históricos
Publicación original: Novedades, 26 de diciembre de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Navidad, Niño Jesús, buena voluntad, paz, espíritu, historia, cristianismo.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Navidad, otra vez.
Porque los hombres la necesitan, a pesar de los hombres vuelve a ellos la Navidad. Vuelve el Niño a hacernos a todos la invitación a la Niñez incomplicada y diáfana que es la vida del espíritu y por el espíritu. Henchidos estamos de inútiles complejidades y de estéril artificio. Nos consumen muchos afanes. Y el nacimiento que le da centro a la Historia, y que aclaró su sentido y dirección, torna, una vez más, a comprometernos a cada uno de los hombres a realizar en nosotros mismos el nacimiento del “hombre nuevo”; a dar significación definitiva y trascendente a nuestra propia historia personal con una vuelta a la sencillez y a la autenticidad de un cristianismo sin reticencias; el afán único que debe resumirlos todos: el de hacernos niños en la Inocencia y en el Amor; en la mirada elemental con que el niño descubre que el mundo es bueno y que nos fue dado para que ganásemos el Bien. ¿Cómo eludir este dulce compromiso navideño? Cada diciembre, sin hacernos fuerza, nos gana el corazón y nos lo enajena con el jubiloso tintineo de unas campanas que no suenan como el resto del año; que tienen ahora en sus voces no sé qué dejo de infantil frescura, de delgada vibración de cajita de música con que se arrulla a los párvulos; que en sus notas reiteran la desconcertante advertencia evangélica: “Haceos como uno de estos niños, si queréis tener parte en el Reino”.
No sea óbice para ello la aspereza de los tiempos. Verdad es: sobre la tierra se ha cernido la sombra inmensa de las alas del Maligno. Y su risotada de muerte y de pecado quiere decir el mal agüero del triunfo total e inminente de la Materia “dura y pesada”. Pero así fue en los años de César Augusto, y, no obstante, al nacer el Cristo, con su primer lloro y con su primera sonrisa, hízose presente el aleteo y la grácil levedad del espíritu; el Gran Murciélago hubo de replegar su membranosa tiniebla; claveteóse el firmamento de luceros, y el Padre de las luces alumbró la noche con la claridad de sus ángeles. No hay tenebroso abismo que no se aclare y enjoye de coruscantes luminarias al oír la Palabra eterna del que es, en Sí mismo, la Luz. Si se nos hace insoportable y temerosa, llena de abismales terrores la presente noche del mundo en que toda espiritualidad parece naufragar, sepamos también advertir en ella los ciertos y venturosos presagios de que en la Historia volverá a ser, quizá a poco andar, día pleno. No en balde. El que nos acaba de nacer revestido de nuestra corpórea fragilidad, tiene, no obstante, en Sí, la plenitud invencible del Espíritu, y en su ademán hay virtud para sosegar las más recias borrascas históricas. Por algo fue nombrado Sol de las almas, Príncipe de la Paz, Padre del siglo futuro.
Aun en este oleaje proceloso del Tiempo, antes del Siglo sin término –de Sol sin mancha y Paz sin defecto-, nos puede ser otorgado, como su prenda y atisbo, un siglo o lapso –por hoy, futuro- en que impere, bajo un sol de Justicia, y más aún, de Caridad, el Príncipe único que puede dar la paz social a los pueblos.
Y para ello, sólo una cosa –mínima, pero gigante en sus resonancias- nos siguen pidiendo los ecos de la Navidad de todos los años y de todos los siglos. Lo del angélico reclamo: la buena voluntad de los hombres, vueltos niños por el milagroso influjo del Niño de Belén.
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