La Melodía Inconclusa
Publicación original: Novedades, 8 de agosto de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: canción mexicana, música popular, poesía amorosa, cultura nacional, comercialismo, memoria.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El imprevisto, regalado sedante de este convivio musical no ha durado más de los escasos noventa minutos en que los inminentes satélites de artificio circunvalarán al planeta. Pero en tan breve lapso hemos dado nosotros muchas vueltas a un mundo de recuerdos, de sugerencias, de acendradas emotividades, de consideraciones y contrastes sin dejar la ensoñadora penumbra de este ámbito afectuoso y amigo, jaspeada por la mansa movilidad azulenca del humo de los cigarrillos.
El milagro ha sido de esta discoteca de áurea selección, que con sólo uno de sus álbumes de voces y guitarras de la lírica popular ha conmovido el recinto con una caricia verdadera de la Suave Patria.
Ha sido inevitable la saeta del recuerdo: certera, exacta, dulcemente implacable. Pero por la inmarchita juventud, por la eficacia inagotable de todo lo que es bueno y verdadero aunque no esté en las cumbres más altas del arte, ante el conjuro musical, más aún que el de las evocaciones ha sido rico y vario el caudal de nuevas, inesperadas, maravillosas vivencias interiores que han tomado contorno victorioso en el espíritu tras la pugna de expresión que ha batallado en cada frase, en cada acorde, incluso en cada nota de estas canciones que estremecieron a México puntualmente cuando nuestra adolescencia describía, intensa, su parábola breve, que hoy, a la distancia, parece valer psicológicamente por dos o tres de los lustros más recientes.
Sentimos que se nos han quedado muchos, muchísimos versos por decir y más aún por vivir: “si es hermoso decir, muy más bello es vivir poesía”… Sentimos… muchas cosas, que en última instancia no son sino México mismo. México, que, de sus voces múltiples, nos acaba de hablar ahora con la que es endecha impoluta y pulquérrima. Ningún canto enamorado, como el nuestro, logra poner en acentos viriles el terciopelo de una intención tan sublimadamente casta, el rendimiento reverencial del corazón a la amada que vive en una idealidad que todo lo transfigura con caricioso y bienhechor ensalmo. Afortunado el pueblo en que se ha podido amar así y cantar con semejante música a sus mujeres, porque si con tan obvia naturalidad han suscitado amores tan hondos y vastos y de tan perfecta blancura, con tal firmeza de roca y tal suavidad de pétalo, las substantivas, fragantes virtudes que los han hecho posibles están por sí solas diciendo que ese pueblo podrá sobrenadar en todos los oleajes históricos.
No es, por consiguiente, banal, la interrogante que se nos queda interiormente suspensa: ¿se habrá extinguido de veras el manantial caudaloso y transparente de nuestra genuina canción de amor, cuyos veneros subían desde muy hondo de la entraña de México? El fangoso aluvión de pseudomúsica amatoria de hogaño, ¿no será solamente índice de criminoso comercialismo a costa del espíritu popular, sino que su casi exclusiva vigencia estará declarando la desaforada generalización de plebeyos erotismos que encuentran apetecido reflejo y excitante en sones y frases de un decadentismo estólido y hasta incoherente, sin un atisbo siquiera de gracia y espiritualidad?
Porque es palpable que la trayectoria de la canción de amor mexicana antójase trunca, como una melodía que en uno de sus mejores momentos hubiese quedado, de pronto, inconclusa.
¿Será que apenas transcurrido un cuarto de siglo ya se ama aquí de otra manera o que ha cesado la antigua excelencia del objeto del amor que otrora inspiraba emocionadas galanuras y donaires?
Inexacta sería inferencia tan ofensiva como grave. Más bien hay que pensar –ante la gran realidad contraria que a pesar de todo subsiste– que la vieja inspiración persevera intacta, pero falta de estímulo precisamente por las barreras del comercialismo que prospera a costa de envilecer a ciertos sectores. Perforar inteligentemente esas barreras, con devoción artística y patriótica, ha de ser la consigna para lograr que tenga otra vez vigencia la espontánea frescura, el candor de brisa mañanera, la mexicanísima delicadeza, la autenticidad, en suma, que floreció desde mucho tiempo antes hasta aquel momento privilegiado del que los yucatecos Palmerín y Guty, por ejemplo, podrían tenerse como cifra y culminación.
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