La Loca de la Casa

Identificador: DM-325.
Publicación original: Novedades, 1 de noviembre de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: imaginación, fantasía, arte, filosofía, Santa Teresa y San Ignacio de Loyola.
La Loca de la Casa

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Suele retoñar, en los círculos de arte y pensamiento, el viejo e interesantísimo debate –a veces enturbiado por los pros y contras a ultranza- acerca del provecho o malignidad de esa apasionante facultad de la imaginativa.

Hay quienes, con ceñuda sentencia, no ven en la imaginación más que una trampa que en nuestra arquitectura psicológica hace dificultoso e incorrecto el funcionamiento de las potencias superiores. Tienen, sin tregua, a flor de labio, la aguda fórmula en que Santa Teresa la declaró “la loca de la casa”. A la inversa, el romanticismo desmelenado del ochocientos, fiel a su consigna subversora, exaltó hasta la extravagancia los elementos inferiores de la psiquis, entre ellos lo imaginario en tanto que idóneo y fastuoso cortejo escénico de los delirios sentimentales, meollo y quinta esencia de lo romántico.

En la vida y en el arte, ambas posturas excesivas desnaturalizan al hombre y le llevan a ahogarse en naufragios contradictorios. Porque en la vida la estrangulación inmisericorde y sistemática de lo imaginativo acaba por ceñirla y ligarla hasta la tiesura; obstruye uno de los cauces obvios por los que el espíritu debe verterse, gozosamente; ciega un manantial en que, muchas veces, es salutífero que se bañen las realizaciones de la razón y la voluntad. Por el contrario, una existencia con exclusivo diapasón de fantasmagorías viene a parar en el irrealismo; casi siempre en el injusto desengaño del cosmos y de la vida social, que se comprueban demasiado diversos y lejanos de las absurdas quimeras soñadas, y, finalmente, no pocas veces en la abulia inoperante del inadaptado.

A su vez, el arte mismo se resiente de la desmesurada primacía de la imaginación. Notorio ejemplo podrían ser aquellas interminables tiradas descriptivas de la literatura romántica, que hoy nos es imposible el soportar. Constituyen protuberancias patológicas, verdaderas elefantiasis en la anatomía de ciertas producciones engendradas por esa corriente estética… Pero yendo al otro extremo, ¿se puede siquiera concebir como posible cualquier arte en que la fantasía no desempeñe una función de color y donaire, gallarda y principalísima? En términos rigurosos, sin imaginación creadora no se da jamás lo artístico.

Lo positivo es que en éste, como en otros dilemas famosos, el sereno equilibrio de la consideración resuelve las aparentes antinomias. La plenitud de una existencia o de una obra de belleza se defrauda si las facultades príncipes –entendimiento y voluntad- abdican de su función rectora, porque la existencia se desorbitará y la tarea artística concluirá, como alguno ha observado juiciosamente. A la vez, una y otra se negarán a sí propias ingentes virtualidades si aprenden a infundirse en el limo fecundo de esa imaginación de índole constructiva que designamos con término adecuado y preciso del vocabulario filosófico cuando la designamos “fantasía”.

La clara razón de ello estriba en la extraordinaria fuerza motora que las representaciones imaginarias tienen sobre el espíritu. Cuando la Mitología elaboró la representación fantástica del hombre alado, combinando en Ícaro, por vía de adición, las alas del ave con el cuerpo humano, depositó la semilla fértil cuyo último fruto son los aviones cohetes. He aquí una visión netamente imaginativa poniendo en movimiento a múltiples ingenios, hasta lograr el dominio del aire. Y cada vez que el forjador de hermosura se decide a emprender sus excelsas faenas, ¿qué otra cosa le mueve, si no la enamorada contemplación del modelo previo construido por el artificio de su fantasía: esa “causa ejemplar” que la Filosofía perenne enuncia con un dejo del arrobo platónico ante el mundo de las Ideas, de los Arquetipos?

Ahora que, desde el punto de vista de algunos temas de la más pura metafísica –verbi gratia, los sutiles, abstrusos del tiempo y el espacio o el de la naturaleza de Dios-; o desde el mirador supremo de la Moral, de la realización de lo bueno, bien haya la expresión teresiana que nos previene contra la locura desgobernada de los desvaríos y “fantasmas” de la imaginación. Pero su intención y alcance no llega de ningún modo a argumentar contra el uso de otro tan gran santo como fue Iñigo de Loyola, que en la maestría psicológica de sus célebres Ejercicios Espirituales supo sacar el mejor partido a los dones de lo imaginativo poniéndolos en púgil, militante gimnasia al servicio del más alto ideal. Es de recordar cómo, en el pórtico de cada una de esas clásicas meditaciones, a guisa de preámbulo de las subidas consideraciones intelectuales, de los encendidos afectos del corazón y del esforzado heroísmo de los propósitos ascéticos, San Ignacio hace trabajar la imaginación creadora obligándola a asociar vigorosamente elementos materiales de representación en alguna escena viva que sirve de fácil escala para ascender a lo más alto y substantivo.

Bien entendió, asimismo, el genio de Dante, la fecundidad de la fantasía cuando con ella exornó –en soberano acierto- la médula teológica de la “Commedia” en que pusieron mano cielo y tierra. ¡De él puede decirse, en grado sumo, que, en acabada armonía, “pensando como filósofo, habló como poeta”!

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