La Lección de Ceilán
Publicación original: Novedades, 7 de mayo de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Ceilán, Sri Lanka, elecciones, Bandung, colonialismo, neutralismo, Commonwealth, budismo.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Las recientes elecciones de Ceilán –la especiera, fabulosa ínsula Taprobana de la era de los descubrimientos- han arrojado del poder al partido prooccidental del primer ministro sir John Kotelawala. Hace un año precisamente, a raíz de la conferencia afroasiática de Bandung, subrayábamos cómo Kotelawala había dado magnífica expresión a una de las clarísimas tendencias que ahí se manifestaron: junto a la del repudio del colonialismo, la paralela repulsa del imperialismo soviético que hacíase sentir a través del sagaz y acometivo canciller de China Roja, Chou-En-Lai. A pesar del prooccidentalismo de Kotelawala, no cabe duda de que su discurso recogió entonces certeramente una de las directrices esenciales de la Asamblea.
Con motivo de la derrota electoral de Kotelawala, se insiste ahora en el hecho de que su partido, que duró veinticinco años en el poder, se había identificado con los intereses de las clases medias y superiores del país, “dejando a la oposición hablar en nombre del otro noventa por ciento de la población”. De ser ello cierto, el dato nos parece muy congruente con el espíritu que puede tener en un país oriental un partido que se pronuncia por la alianza con el Occidente del liberalismo, todavía a la fecha remiso y forcejeante frente a las justas exigencias de las clases populares. En términos peyorativos para el recién perdidoso partido, se habla también mucho de los altos precios alcanzados por las subsistencias, así como de corrupción en la gestión de los negocios públicos. Síntomas todos ellos, por cierto, que monótonamente suelen caracterizar a los occidentales, y cuya reiteración en ambientes orientales podría ilustrar una vez más las tesis de Toynbee acerca del influjo perturbador que en el mundo ha tenido el influjo del Occidente moderno: Descristianizado, democrático liberal y utilitarista.
Por otra parte, resulta aleccionador el espíritu que anima al partido ganancioso. Ante la pugna soviético-capitalista, tremola un decidido neutralismo, y al mismo tiempo que declara no ser antioccidental ni hostil a los Estados Unidos quiere establecer relaciones diplomáticas con el gran eje Moscú-Peipín. Interiormente, sus metas son decididamente nacionalistas: Constitución en república, desechando el actual estatus de Dominio dentro de la Commonwealth británica: nacionalización de los grandes intereses extranjeros en los dos básicos renglones del te y el caucho, y, por supuesto, la expulsión de los ingleses de las bases militares que aún retienen en la extensa isla.
¿Será este nacionalismo neutralista de buena ley, como el que campeó hace un año en Bandung, o el un tanto sospechoso y variopinto como el del vecino indostánico Nehrú? El tiempo habrá de decirlo. Pero en todo caso es triste comprobar una vez más la tremenda culpabilidad del occidente moderno, cuya poderosa técnica puso en sus manos la oportunidad –desaprovechada- de haber consumado la unidad no sólo geográfica del globo, sino, lo que realmente importaba más, la unidad de la especie en un común denominador de principios de convivencia y cooperación animados por el soplo de la cristiandad y por ello mismo respetuosos de las peculiares metas históricas legítimas de cada uno de los grupos humanos.
Desgraciadamente, esos frutos de inteligencia y generosidad a la vez, que el Occidente debía al mundo, no pudo darlos por el hecho elemental de que en el momento en que sus conquistas técnicas alcanzaban la suma eficacia, el espíritu occidental realizaba la traición suma a sus propias raíces cristianas y se entregaba con creciente desenfreno al egoísmo de clases y al de los nacionalismos de tipo liberal, fincados en la fría amoralidad de la “razón de Estado”. Muy lejos de sus propósitos estuvieron cosas semejantes a la obra de intención medularmente misionera y civilizadora realizada en América por España y Portugal. Por eso es que, a pesar de lo hecho en renglones como el de la salubridad y, en cierta medida, de la instrucción, el colonialismo moderno ha dejado como más perdurable un pésimo sabor a vasallaje político, a explotación económica y a discriminación racial en cuantos países lo han conocido.
De ahí que se justifique la reacción oriental contra el utilitarismo materialista de Occidente. Y que se expliquen cosas como el reciente y notable manifiesto de una comisión no oficial de fieles y clérigos budistas cingaleses al hablar de la siguiente manera: “Los líderes de nuestra nación se han abrazado a la superficialidad y a un materialismo inconsistente. En una sociedad cuya fuerza motriz es la adquisición de la riqueza, la incidencia de la violencia, del crimen, de la embriaguez y del juego no es motivo de sorpresa. El verdadero y último remedio –concluyen, lógicamente con su credo- es el desplazamiento del materialismo occidental y de los valores individuales, y el establecimiento de los genuinos valores fundados en el budismo”.
Este lenguaje plantea, entre otras, la interrogación de si el repudio de “los valores individuales”, desacreditados por el individualismo liberalista a ultranza, no podrá peligrosamente acercar al espiritualismo oriental hasta las fronteras mismas del deshumanizador colectivismo soviético. Véase aquí cómo, aun por sus últimas resonancias históricas, sigue siendo nefasto en cada una de sus facetas ideológicas el liberalismo laicista de Occidente.
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