La Irreligiosidad Contemporánea
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: religión, modernidad, humanismo, Occidente y fe.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Eso que tanto se ha complacido en llamarse a sí mismo “el mundo moderno” tiene como característica suma, que lo distingue esencialmente de otros “mundos” antiguos y contemporáneos, la despreocupación religiosa, la laicización individual y colectiva de la existencia. Esa herejía de las herejías es su pecado capital y la razón de su ya evidente debilidad como fuerza histórica.
Y es que, en efecto, el clima psicológico en que incluso la actitud francamente atea llega a antojarse una imperdonable salida de tono, propia de inadaptados al medio, viene a ser –desde muchos puntos de vista- lo peor. Cuando en una sociedad hasta el ateísmo resulta algo demasiado teológico, ello quiere decir que el hombre ha sufrido una deshumanización tal que desciende un peldaño en las clasificaciones científicas de los vivientes y se sitúa –por propia voluntad- entre las bestias, las cuales tampoco se plantean el problema de Dios, ni se les da un ardite por la significación que pueda tener o dejar de tener el cosmos, la vida y el propio existir.
Asume diversos grados y expresiones esta herejía de la “modernidad” –fruto malsano del liberalismo laicista-, condenada expresamente por la Iglesia; pero tiene su arquetipo en la tranquilidad animal de muchos, que se tienen por hombres, ante los enigmas del mundo y del ser, ante el problema de Dios.
Por fortuna, el mundo “moderno” no abarca, ni con mucho, la totalidad del género humano que en nuestros días puebla el planeta. En realidad, lo que en última instancia significa el referido “mundo” –que ya no resulta tan moderno ante los nuevos impulsos históricos- son los intereses materiales de una facción internacional y aquello de que ésta se ha servido para medrar y dominar: el espíritu irreligioso y materialista, forjador de esclavos que para colmo de irrisión se creen libres, y que constituye la gangrena de una gran parte de lo que se ha convenido en llamar el Occidente.
Ya alguna vez hemos recordado cómo Psichari, el nieto de Renán, cuenta cómo hubo de sentirse humillado hasta los tuétanos –y sin defensa posible contra esa humillación- cuando echó de ver el desprecio de que eran objeto él y el resto de los oficiales franceses de su puesto militar norteafricano, por parte de aquel valeroso soldado musulmán de los contingentes coloniales que cada mañana hundía su frente en el polvo adorando a Alá. Lo que hizo a Psichari penetrar la irrebatible justificación de ese desdén fue la circunstancia de que el musulmán los despreciaba no como a infieles que desconocen a Mahoma, sino por la precisa razón de que jamás los veía elevar una plegaria, prosternarse o efectuar cualquier sencillo acto de reverencia a la Divinidad. No por desconocer el Corán o la Sunna; despreciábalos como a infrahombres incapaces de tener siquiera esa manifestación elemental de humanidad mínima que es el acto de adoración a Dios.
¡Verdadera y profunda lección, ésta!
Realmente, la intensa perversidad de la herejía laicizante y su peligrosidad –tal vez sin paralelo histórico- estriban en la deshumanización de que ha hecho y sigue haciendo víctima al hombre occidental. En que le ha restado autenticidad a su civilización desvitalizándola de su savia original. En que la ha llevado a extremos gravísimos de decadencia y hace amenazar ruina a su edificio, después de socavarle los cimientos y cuartearle sus paredes maestras...
28 de septiembre de 1953
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