La Invencible Primavera

Identificador: DM-297.
Publicación original: Novedades, 19 de abril de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: primavera, amor, Dante, poesía, fe y resurrección.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Que con la primavera viene el amor, nadie lo ha declarado en términos de más hondura y más sencillo donaire, como Dante el florentino:

«Vi venir con dirección a mí a una gentil mujer, famosa por su hermosura… Era su nombre Juana; mas por su belleza, al decir de alguno, impusiéronle el de Primavera: y así era llamada. Mirando quién la acompañaba, vi que la seguía la admirable Beatriz. Ambas vinieron hacia mí una en pos de otra, y parecióme que Amor me hablaba al corazón y me decía: “Aquella primera es llamada Primavera sólo por esta venida de hoy, pues yo induje al que le dio el nombre a que la llamase “Primavera”, porque “primaverrá” (vendrá la primera) el día en que Beatriz se mostrará a su fiel amador…”. Y aun me dijo Amor, después estas palabras: “Quien quisiere pensar sutilmente, llamaría a Beatriz Amor por la mucha semejanza que conmigo tiene”». (Vita Nuova: XXIV).

He aquí, en las mismas alturas alegóricas e inefables del Alighieri, la misteriosa reiteración cósmica: Primavera y Amor; “maddona” Giovanna y “madona” Beatrice. Y que aquélla tenga de suyo ese rango de heraldo y pregonera del amor bien se advierte también en la fragancia antológica de la Serranilla del marqués de Santillana, quien, “si antes sopiera d’aquella vaquera de la Finojosa”, non creyera fuesen las rosas de la primavera “tan hermosas nin de tal manera”… Siempre el lugar sustantivo es el del amor: aquí la vaquera reidora y lozana de la Finojosa. Las rosas de la primavera son sólo su prefigura y cortejo.

No obstante las marejadas del prosaísmo de hogaño y el signo utilitario de los tiempos, gozamos la rara fortuna de que en estas latitudes no falten espíritus en los que esta florida estación mantenga intacta la magia poética de sus prestigios becquerianos y que escuchan con íntima reverencia su cíclica voz de resurrección. Y es que nuestro sentido de la vida lleva aparejada la convicción –expresa o tácita- de la bondad fundamental del mundo. Y aun las tremendas experiencias contemporáneas nos han dado el testimonio de que del cráter abierto por el obús del odio en la tierra y en las almas ha brotado una vez, en la inevitable primavera, el manto de la grama y de las flores: leves, piadosas, vencedoras del estrago; de que no ha sido tan fuerte para impedir que otra vez cuelgue, del mismo “muro que rompió la metralla, un enjambre de abejas rezumante de miel…”. Es que el satanismo más exacerbado no ha podido, en definitiva, ni podrá, contra la eterna primavera de Aquel a Quien el discípulo amado nombró –con hondísima experiencia directa- diciendo “Él es Amor”.

Porque bien habló el florentino: Beatriz, su símbolo del puro amor, es “un nueve”, es decir el número cuya raíz es tres. O lo que es lo mismo: “un milagro cuya raíz es solamente la admirable Trinidad”, como él se expresa. De la propia suerte, el amor de hermanos de que hoy padecen indigencia los hombres, no puede ser otra cosa que poderoso milagro vencedor de nuestras tendencias oscuras e inferiores, un milagro de Quien dio a los hombres el santo y seña supremo de la Historia: “En esto conocerán que sois mis discípulos; en que os amáis los unos a los otros”.

Y un nuncio presagioso de la victoria de ese amor es, hoy como ayer, para el que ve en toda terrena bondad la invencible Sonrisa de Dios, el estallar de los botones y el brotar de los renuevos, el verdor de los prados, el vivificador mensaje de nuestro viejo sol que recién ha traspuesto el equinoccio, la cerúlea alegría del firmamento…

Porque pensamos que aun con su nuevo, diabólico signo de estallido nucleario, a la postre sería también inútil la saña rencorosa de una técnica usufructuada por las fuerzas oscuras de la Historia, y estériles las maldiciones de sangre y radioactividad con que fulmina a la tierra:

“Maldigo la poesía
de las églogas,
y el humo gris y lento de las granjas
y el lloroso cantar de las carretas”.
“Maldigo los cercados
de espino en flor…
Maldigo los arados y las hoces,
novios de hierro de la amada
pacífica y morena,
y maldigo los bieldos que desatan
contra el viento su rubia cabellera…”

Porque, una y otra vez, así habló el Maligno… Pero también, una y otra vez,

“La tierra, silenciosa, le escuchaba…
¡y eran flores azules su respuesta!”

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