La Hora de las Definiciones
Publicación original: Novedades, 6 de septiembre de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: comunismo, liberalismo, Donoso Cortés, civilización cristiana y Occidente.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Ante el compás de espera que sufre en los Estados Unidos el conato legislativo de proscribir al partido comunista; ante el fracaso recién consumado, según todas las apariencias, de la comunidad defensiva europea después de cinco años de trabajosos prolegómenos vueltos cenizas por obra de un parlamentarismo irredento; ante lo que esto con todos sus largos y conocidos antecedentes supone como anuncio de próximos y gravísimos desastres para las conciencias verdaderamente libres, no se puede menos que evocar otra vez los expresos vaticinios que hace más de cien años hicieron espíritus tan alerta como De Maistre, en Francia, o Balmes y Donoso Cortés, en España, acerca de la inexorable trayectoria de dimensiones universales que habría de seguir el movimiento comunista.
Pero los profetas veraces suelen resultar molestos, y en este caso sus oportunas advertencias se perdieron en la algarabía discutidora y en la injusticia so capa de libertad de una supuesta civilización laicizada que puso una confianza pueril, extravagante, en la perfectibilidad individual y social del hombre atenido a sus solas posibilidades naturales, con prescindencia de todo aliento y de todo sentido religioso. Sin embargo, como tenía que ser, aquellas lúcidas previsiones no han dejado de cumplirse, y el comienzo de sus últimos pormenores está ya a la vista. Tampoco éstos dejarán de cumplirse, a menos de que, en el último minuto, se produzca en los países occidentales una rectificación salvadora.
Recordemos, por ejemplo, estos párrafos de Donoso Cortés. Viejos de una centuria, sería ocioso encarecer su estricta actualidad ante los hechos internacionales de las últimas semanas:
“De todas las escuelas, ésta (la liberal) es la más estéril… Impotente para el bien, porque carece de toda afirmación dogmática, y para el mal, porque le causa horror toda negación intrépida y absoluta, está condenada, sin saberlo, a ir a dar, con el bajel que lleva su fortuna al puerto católico o a los escollos socialistas. Esta escuela no domina sino cuando la sociedad desfallece: EL PERIODO DE SU DOMINACIÓN ES AQUEL TRANSITORIO Y FUGITIVO EN QUE EL MUNDO NO SABE SI IRSE CON BARRABÁS O CON JESÚS… EL SUPREMO INTERÉS DE ESTA ESCUELA ESTA EN QUE NO LLEGUE EL DÍA DE LAS NEGACIONES RADICALES O DE LAS AFIRMACIONES SOBERANAS; y para que no llegue, por medio de la discusión confunde todas las nociones y propaga el escepticismo, sabiendo, como sabe, que un pueblo que oye perpetuamente en boca de sus sofistas el pro y el contra de todo, acaba por no saber a qué atenerse… Este período angustioso, por mucho que dure, es siempre breve: el hombre ha nacido para obrar, y la discusión perpetua contradice a la naturaleza humana, siendo, como es, enemiga de las obras. APREMIADOS LOS PUEBLOS POR TODOS SUS INSTINTOS, LLEGA UN DÍA EN QUE SE DERRAMAN POR LAS CALLES Y PLAZAS PIDIENDO A BARRABÁS O PIDIENDO A JESÚS RESUELTAMENTE Y VOLCANDO EN EL POLVO LAS CÁTEDRAS DE LOS SOFISTAS”.
“La escuela liberal, enemiga a un tiempo de las tinieblas y de la luz, ha escogido para sí no sé qué crepúsculo incierto entre las regiones luminosas y las opacas, entre las sombras eternas y las divinas auroras. Puesta en esa región sin nombre, ha acometido la empresa de gobernar sin pueblo y sin Dios. Empresa extravagante e imposible: SUS DÍAS ESTÁN CONTADOS, porque por un punto del horizonte asoma Dios, y por otro asoma el pueblo. Nadie sabrá decir dónde estará en el tremendo día de la batalla, cuando el campo todo esté lleno con las falanges católicas y las falanges socialistas”.
La Historia se ha encargado de confirmar la objetividad de estos pensamientos cuya exactitud, por lo demás, sólo podrá asombrar a los superficiales. El virus interno de disolución, implícito en la ideología y sistemas liberales, ha seguido lógica y fatalmente su proceso hasta el punto de crisis que ahora vivimos. Verbi gratia, y desde cierto punto de vista, el fenómeno de la guerra de las potencias democrático-liberales en contra del fascismo significó precisamente el intento de evitar la hora de las definiciones, porque entre otras cosas el fascismo, con sus yerros y con sus aciertos, venía a ser la detonante expresión de esa tendencia universal hacia el neto deslinde de posiciones espirituales. Y esa tendencia, por otra parte, como lo ha venido demostrando toda la posguerra, es invencible, puesto que según subrayaba Donoso se enraiza en la inalterable naturaleza del hombre.
De ahí el porqué, si se considera ello desde uno de los aspectos contemporáneos de esa tendencia, de que cuantos se empecinaron –al través de lustros y decenios- en subestimar las posibilidades históricas del comunismo, pueden medir ahora, a la luz de estas ya remotas advertencias de Donoso, la imperdonable dimensión de su error, del cual el mundo entero puede hoy sufrir las malhadadas consecuencias. Su culpable equivocación nos ha puesto, y nos sigue poniendo a todos en bordes de abismo de los que no es fácil saber si podremos retroceder a tiempo.
Hay que precisar, por supuesto, como alguna vez lo hemos hecho ya, que ese punto de las predicciones de Donoso Cortés que se refiere al choque final de “las falanges católicas y las falanges socialistas”, no parece de inmediata proximidad. A pesar de ello, cumple también volver a insistir en lo que varias ocasiones hemos subrayado: la pasmosa aceleración que han sufrido los procesos históricos. “Las transformaciones del mundo –observamos hace algún tiempo- de la primera gran guerra acá, hubieran requerido en otras edades el transcurso de centenios. Así nos parece, al menos. Piénsese, tan sólo, en las increíbles alteraciones, en el surgimiento de nuevos poderes y en su desaparición, en el torbellino de cambios políticos, económicos, espirituales y de todo género que el mundo resintió desde la aparición del fenómeno fascista en lo que tuvo de universal, hasta su dramático hundimiento, y hay que convenir en que esos cuatro o cinco lustros condensan la intensidad de cuatro o cinco siglos de la Historia anterior”.
Ante este dato, que pensamos sobrado objetivo, ¿quién podrá barruntar, con probabilidades de acierto, la mayor o menor lejanía de los posibles acontecimientos por venir?
De una u otra manera, lo que urge sobre todo es hacer énfasis en que la defensa eficaz de nuestra civilización sólo la harán quienes se percaten de que este episodio decisivo nos compromete a todos –buenos y malos- a jugar a cartas descubiertas: pidiendo a Barrabás o pidiendo a Jesús.
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