La Hondura Navideña

Identificador: DM-471.
Publicación original: Novedades, 23 de diciembre de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Navidad, Encarnación, unión hipostática, caridad, misterio, Belén.
Ilustración de La Hondura Navideña

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

La Navidad tiene un ensalmo de sencillez y grandeza, perenne e invenciblemente comunicativo.

A su luz, las cosas asumen la inteligibilidad de lo incomplicado y la trascendente majestad de todo aquello en que palpita un designio de Dios o una tremenda permisión Suya.

Es, siempre, sobre la desnuda sencillez del portal, el asombro estremecido del cosmos.

Junto al humilde hecho cotidiano del nacimiento de uno más de los hijos de Adán fulguran aquí la concepción y el alumbramiento milagrosamente virginales. Pero, sobre todo, el misterio sin fondo y sin orillas de la unión hipostática, de Dios revestido de nuestra carne. Junto a la exquisita sencillez para resolver el problema del primer pecado, el abismal enigma metafísico del compuesto teándrico por Quien todos podemos ser salvos.

Minúsculo, el pesebre. Parva, la gruta. Villorrio apenas, Belén, rinconera perdida de la geografía, Palestina. Diminuta arenilla galáxica, la tierra. Pero en ese humilde comedero de las bestias mansas fueron magnificadas de trascendencia sobrenatural la oquedad establera, el aldeano caserío de los hijos de Roma, el oscuro meridiano palestinense y la mínima arenilla del cosmos visible. Y las fuerzas insondables del universo inmaterial, ante uno solo de cuyos ángeles es bien poca cosa el universo corpóreo y toda su reserva energética, inclinóse entonces ante ese granizuelo cósmico transfigurado por la suma grandeza ontológica del Ser por esencia.

Y es por la Navidad que la Historia, en vez de madeja inextricable de la que no se viesen ni los cabos ni el propósito, cobra sentido y asume argumento válido con la escueta sencillez y la suma dimensión dramática que alienta a la vez en el choque de las dos fuerzas elementales: el Bien y el Mal.

Es, también, por la dulce fuerza irradiante de esta fecha, que otra vez nos sale al paso, que todo el penoso, complejo afán fisiológico de nuestra corporeidad y todo el contradictorio torbellino cotidiano de nuestro espíritu, dijérase que quieren reducirse a la unidad de un solo impulso de solemne simplicidad vital: ser únicamente una incompleja y gigante llama de caridad. Como para expatriarse así de la pobreza ontológica que anida en lo compuesto y enraiza, en cambio, en la grandiosa plenitud existencial de la suma simplicidad metafísica de Dios. Que no en balde de Él se ha dicho, penetrante, conmovedoramente, por Pascal: “Es una verdad, simple y sencilla, me ama…”

Esa verdad que se expresa –exacta, exhaustiva- en el Verbo. En la palabra única y perfecta pronunciada de manera inefable en el presente –sin hoy y sin mañana- de la eternidad. Pero que quiso, porque ama, hacerse humilde, indigente sucesión entrecortada de llanto y vagido de ese punto decisivo del tiempo que fue la noche de la primera de las Navidades.

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