La Gran Cárcel

Identificador: DM-040.
Publicación original: Novedades, 5 de noviembre de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Unión Soviética, propaganda, libertad, totalitarismo, Feria del Libro.
Ilustración de La Gran Cárcel

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Transcurría la Feria del Libro del año pasado. Una noche, salíamos del pabellón ruso. Pocos minutos había durado nuestra visita a aquel ámbito poblado, más que de producciones bibliográficas, de cartelería literaria y gráfica de propaganda. Mi respetado y querido acompañante y yo, nos quedamos viendo el uno al otro: en ese breve tiempo se nos había teñido el alma de gris y transido de frío.

Respiramos. La brisa salutífera de esa noche mexicana nos purificó los pulmones y el espíritu. La multitud que discurría por los puestos asumió para nosotros un novedoso aire humano y cordial.

El comentario fue simultáneo, coincidente: teníamos la impresión de haber salido de una cárcel dura, gris, infrahumana. Su ambiente abrumaba al visitante, con un amago de asfixia. Aquel pabellón ocupaba sólo un minúsculo espacio de la metrópoli nuestra. Pero en él se había encerrado algo denso e irrespirable que olía a Kremlin y a Checa.

Este recuerdo nos ha venido a la memoria al enterarnos de las palabras que hace pocos días pronunció Louis Francis Budenz, prominentísimo militante del comunismo norteamericano, director que fue del órgano marxista “The Daily Worker”, al convertirse a la verdad católica, en el más espectacular retorno a la fe, en el país vecino, de los últimos años. Dijo con voz de excepcional autoridad y sinceridad: Me siento como si acabase de abandonar una prisión”. Cuando nos acordamos de nuestra visita al pabellón ruso de nuestra feria librera, le hemos comprendido amplia, hondamente.

La declaración de Budenz no hace más que expresar la sensación que se produce en cuantos conocen el comunismo y, al mismo tiempo, otras atmósferas sociales. Es probable que en quienes nacieron y han vivido siempre en la gran penitenciaría rusa, esa sensación no tenga lugar ni siquiera sentido: en el resto de los hombres, es irremediable y necesariamente brota.

En los primeros acaece, seguramente, el clásico fenómeno sobre el que, en la eterna alegoría de la caverna, disertó Platón. Encadenados desde el nacimiento, con la vista hacia el interior de la oquedad, toman por única realidad y bien apetecible el disfrutar de la visión de las sombras, que en el fondo de la cueva proyectan, desde fuera de ella, los objetos del mundo exterior. ¿Qué saben los pobres presos del color de la vida verdadera, de las aguas rumorosas y fertilizadoras, de la variedad de animales y plantas? ¿Qué de los hermosos panoramas, de las alegres ciudades desprovistas de miles de agentes secretos, de las risas francas de las tertulias sin espías? ¿Qué de las claras intimidades del hogar en que se come, no el guisote infame del presidio, sino el pan del trabajo libre y honrado? ¿Qué de las flores, del sol o de las estrellas limpias del cielo, ellos que no han conocido otra que la estrella rojiza de sangre e incendio de la sucia heráldica comunista?

Pero el que alguna vez gustó la vida verdadera o el que a ella se llega a asomar, es imposible que se avenga al negro horror encadenado de la existencia en la caverna. Pueden sus ojos enfermar, debilitarse y rehuir la luz y creerla dañina, y juzgar preferibles las sombras grotescas del antro. Pero si algún día su retina vuelve a poder soportar la claridad del día, no desdeñará su luz jamás. No concebiría posible la vida más que bañada dulcemente, por siempre, en esa luz.

Así Budenz, que alguna vez cayó en la trampa del frente-populismo y creyó que la verdad y la reivindicación de los derechos de las multitudes desamparadas residían en las sombras esclavizadoras de la caverna de Marx. Su pupila se ha abierto hoy al asombro alborozado de la vida verdadera. Ojalá la ejemplaridad de su caso se aproveche por quienes, conociendo ya la luz, comprometen su disfrute –para sí mismos, para su Patria, para el mundo- , aceptando con tal o cual pretexto la “mano tendida” que sale, arteramente, de las tinieblas.

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