La Gran Alternativa

Identificador: DM-437.
Publicación original: Novedades, 22 de abril de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: energía nuclear, tecnología, libertad, humanismo, paz, futuro del trabajo.
Ilustración en blanco y negro de La Gran Alternativa, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Ciertamente nunca antes había afrontado el hombre un dilema tan patético cuanto decisivo. En estos años se halla en el trance de elegir entre una hecatombe, que no sabe incluso si puede significar la total extinción de la especie y una paz en que el desarrollo portentoso de la tecnología brinde unas posibilidades de bienestar material de las que difícilmente podemos darnos una idea adecuada.

Las últimas amenazantes advertencias soviéticas a los países escandinavos y a la Gran Bretaña, el actual debate en el parlamento inglés sobre la proyectada explosión nuclearia en la isla que por una coincidencia sarcástica lleva el nombre de Navidad, el viaje de un enviado especial japonés para persuadir al gobierno británico de no llevar al cabo dicho experimento y la reiteración pontificia de oposición a esa clase de pruebas bélicas, son hechos recientes que se encargan de recordarnos lo que dicen los enterados: una sola bomba H puede destruir más civilización que todos los bombardeos aliados sobre Alemania en la guerra mundial II… ¿Cuántas estallarían en una guerra mundial III?

De lo que puede ser la otra cara de la moneda nos hablan elocuentemente ciertos datos de lo que ya hace o está a punto de hacer la técnica a base de electrónica y de fisión del átomo. Para no abrumarnos, baste también un solo ejemplo: según nuestras noticias, un personal tan corto que no llega a las dos docenas fábrica ya de hecho el noventa por ciento de los bulbos que se consumen en los Estados Unidos.

Lo que este solo dato nos permite avizorar es, desde luego, el acelerado acrecentamiento del fenómeno que está implícito en el proceso económico general, a saber, la reducción cada vez más notable del porcentaje humano dedicado a tareas específicamente productivas –puesto que las máquinas van inevitablemente substituyendo a la mano de obra directa- y el aumento correlativo de los porcentajes de población dedicados a las actividades llamadas de “servicio” –mercantiles, administrativas, profesiones liberales, de investigación, de enseñanza y de otros diversos géneros culturales-. A este propósito, las últimas estadísticas oficiales norteamericanas nos acaban de revelar que en el vecino país ya son en mayor número quienes desarrollan trabajos de “servicio” que quienes laboran en calidad de operarios agrícolas, mineros o industriales.

Lo que también se puede razonablemente conjeturar es la posibilidad de un futuro no muy lejano con jornadas de trabajo en términos generales extraordinariamente limitadas -¿veinte horas semanarias?, ¿quince?, ¿ocho?- por la profusión y baratura de los satisfactores económicos y por la simplificación de muchísimas tareas. ¿Qué haremos –o qué harán nuestros descendientes- con el tiempo sobrante? Plausiblemente podemos pensar para entonces en una más fácil realización del ideal griego humanista de equilibrio cultivo de facultades, de armónico desarrollo de los aspectos superiores del espíritu, de ponderación y sobriedad, y animado todo ello en los países cristianos por el soplo transfigurador de lo sobrenatural.

Lo malo es que tan hermosas perspectivas futuras dependen de nuestra sagacidad presente. Las voces más autorizadas, no sólo las de significación religiosa sino las que hablan desde un punto de vista estrictamente laico, insisten en que hay que obviar el tremendo desequilibrio que sufrimos por ahora entre lo escuetamente tecnológico –formidablemente desarrollado- y todo aquello que, mucho más a la zaga, es más específicamente humano, como los aspectos administrativos, sociales, económicos, culturales y morales. Salvar ese desnivel es la consigna presente; pero, por desgracia, son sobrado fuertes los egoísmos, las intolerantes discrepancias ideológicas, los intereses creados, las ambiciones; están demasiado extendidos el obtuso desinterés o el franco desprecio por lo verdaderamente superior en el hombre: la cultura, el sentido de solidaridad, el espíritu de servicio y el de justicia, y, sobre todo, el de amor recíproco.

Digámoslo otra vez, mientras la oportunidad no pase: si ese actual desequilibrio no se nivela a tiempo, incluso la paz exterior no sería, a pesar de todo, más que una sarcástica y colosal mentira si las cosas desembocan en que los Estados o un súper Estado Mundial, teniendo a su servicio el tremendo poderío, así de difusión como de control, que en un momento dado puede significar el servicio de lo tecnológico, nos confisquen no tanto la libertad corporal cuanto la del espíritu, al través de una pedagogía y de un propagandismo cotidiano de ahogar en nosotros cualquier movimiento de espontaneidad sicológica y de singularidad personal. Y todo ello, por supuesto, a cambio no precisamente de la justicia social sino del más menguado “pan y circo” erigido en sistema científico para saciar al más infortunado y grisáceo populacho masificado.

Contra esa posibilidad debe también estar alerta, desde ahora, la irreductible exigencia de libertad del espíritu humano.

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