La Fortaleza Latina
Publicación original: Novedades, 30 de agosto de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: familia latina, mujer, educación, sacrificio y civilización cristiana.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
A pesar de todo, aún está en pie. Con su recia, noble y castiza arquitectura. Con su cúpula de santuario y su almena de baluarte. Abatidas las fortificaciones legales que externamente la guarecieron por siglos, incluso pasada al enemigo una parte considerable de su guarnición, permanecen inconquistados sus reductos esenciales y lo mejor de su tropa, esa que ha sabido superar hasta ahora el amago de una asechanza múltiple, tenaz y despiadada. Para esperanza de la Historia, queda todavía en pie la familia católica y latina.
Un escritor norteuropeo, Gunnar D. Kumlien, subraya en reciente artículo ese su carácter de firme fortaleza y sus excelencias como formadora del hombre. Son interesantes sus observaciones, en las que hay una contenida, tácita, pero elocuente nostalgia al contrastarla con la de sus latitudes.
Nos dice, por ejemplo, que la familia latina no sólo está más unida que la del septentrión de Europa, sino que constituye una verdadera entidad cerrada y cabal. Encarece cómo sus miembros se aman unos a otros y cómo “no se recatan de mostrarlo con una expresiva ternura”, originando así una atmósfera cordial que –quizá no sin cierto dejo de envidia”, nos insiste- “puede parecer exagerada a un europeo del norte”.
Dentro de este orden de ideas anota cómo los niños latinos, aun cuando sus padres sean pobres, suelen crecer en medio de un cariño extremado. Es extraño, agrega –y para nosotros lo extraño es esta extrañeza-, cómo estos hijos tan hechos a los mimos llegan con el tiempo a ser adultos normales, educados y al mismo tiempo tan agradablemente espontáneos. “El cariño lo es todo en la familia latina, y parece esperarse que todo lo demás se dará por añadidura”.
Y he aquí otra observación iluminadora: por su estrecha, natural, cotidiana vinculación de trato y afecto con los hombres de su familia –padre, hermanos, hijos y esposo- la mujer latina es de ordinario “extrañamente” indiferente a la “emancipación” y al feminismo falso y desfeminizador que en otros países prospera con facilidad suma.
Concluye Kumlien: “Estos fuertes lazos familiares llevan a otros resultados que pueden parecer fantásticos al europeo del norte, con tanta frecuencia prisionero de su “incurable soledad”. Y así hace énfasis en esa recíproca adaptación de los esposos latinos “que va más allá de cualquier aspecto fisiológico del amor”, y hasta el mutuo sacrificio personal. “Sucede en Italia, por ejemplo, una y otra vez, que un anciano cónyuge muera en el término de horas, de un día o dos, por la muerte de su compañero, como en las novelas románticas del pasado”…
Por coincidencia, en el último número de una revista de allende el Bravo aparece significativo elogio que hace una escritora norteamericana. Es el elogio, delicado, perspicaz de su tía política; “mi tía Rosa de México”, la nombra ella. La exalta como tipo característico de la vida de ofrenda amorosamente fértil y eficaz a la familia que es frecuente entre nosotros y que suele ser cumplida por la tía soltera, esa que no llega a casarse, digamos, por no dejar de hacer compañía a la madre anciana o viuda. “Mis hermanas se casaron primero, ¿sabes? y yo me quedé, la última, con mamacita”, explica la tía Rosa.
Al morir su madre, la vida de la tía Rosa no se polarizó, por cierto, en el mimo del perro faldero, sino que la proyectó con cariño operante al cuidado e incluso al regalo de todo aquel de sus parientes urgido, por un motivo u otro, de alguna asistencia en ocasión de nacimientos, enfermedades, celebraciones memorables o cualquier familiar circunstancia de excepción. En cada una de estas coyunturas, el cariño alerta, consabido, “institucional”, de la tía Rosa, acudió una y otra vez, siempre, al reclamo de cualquier miembro de la vasta parentela necesitado de prácticos y a la vez afectuosos auxilios. Presto aparecía colmada de obsequios de la exquisita costura o la milagrosa repostería de sus manos piadosas y mágicas que jamás se preocuparon del “make up” de cremas o barnices para las uñas, con su aire maternal y protector para toda cuita, envuelta en sus sencillas, floreadas telas de algodón, y tal vez con algún chal de tonos obscuros. Para ella, en cambio, ni el minúsculo obsequio de un jabón perfumado aceptaba: “No, no, preciosa. Huele lindo: guárdalo para el bebé”…
“Cuando tía Rosa me conoció –subraya la escritora- me besó y me llamó “preciosa” y “linda” y “mi vida”. Nunca había conocido a nadie tan pródigo en piropos…” Y aquí, otra vez, la reveladora declaración: “Acostumbrada a las restricciones anglosajonas, en un principio la creí afectada. Pero sólo en un principio”. Después, aprendió la sobrina política que su tía Rosa era todo afecto y, además, incapaz de cualquier aspereza, en su latina espontaneidad. Hubo de aprender que en nuestro país “el sacrificio es considerado como algo hermoso, nunca como deformador del carácter”. Y que “el sacrificio por las personas queridas se hace con todo el corazón, y que un amor sincero y devoto por los padres y la familia es parte de toda la estructura social en México”.
Recíprocamente remotos en latitud geográfica, coincidentes en sus observaciones, estos dos testimonios foráneos dan fe de lo que para nosotros, por cotidiano, por “ambiental”, casi no advertimos. A pesar de todo, y haciendo nota de las grandes deserciones que de este modo de ser nos revelan las estadísticas, sigue en pie el baluarte latino. Nuestra familia compacta, de entrañables vínculos. Hecha de hondos amores eficaces y perdurables, y de lúcidas, humanísimas espontaneidades mediterráneas. Todo ello fundido dentro de ese crisol forjador y unitivo a la vez del corazón sabio en adivinaciones, insondable en su capacidad de ternura, de abnegación, de fortaleza, de posibilidades educadoras, de nuestra mujer. Esa que –tía, hermana, hija, esposa o madre- es nudo escondido pero verdadero de nuestra civilización, de nuestra persistencia, pese a nuestros defectos, como flor de humana convivencia y promesa de una Historia mejor. Esa que en los pueblos hispánicos, en nuestro México, sigue siendo castellana de su casa, amorosa y muy señora a la vez, y no sólo remanso de penas sino sagaz encauzadora y poderosa galvanizadora del músculo y de la hazaña del varón.
Esa familia, esa mujer que la forja y unifica, y es su reducto esencial, todavía está dispuesta a seguir dando –en el intenso y medular frente hogareño, sobre todo- las grandes y supremas batallas. He aquí esa fortaleza latina que justamente nos es envidiada. ¿Sabremos defenderla los hombres de México, los hombres de toda la Latinidad, con denuedo vigilante y tesonero, contra el brutal asalto con que obscuros satanismos deshumanizadores quieren sumir en sombras totales la Historia inminente?
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