La Espada de Breno

Identificador: DM-423.
Publicación original: Novedades, 18 de septiembre de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: crisis de Suez, justicia internacional, procesos de Núremberg, posguerra europea, Santa Sede, anticomunismo.
Ilustración en blanco y negro de La Espada de Breno, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

La disputa de Suez nos ha puesto una vez más frente al fantasma del terror atómico. Y esto nos hace pensar en los aspectos providenciales que como castigo histórico hay que reconocer en la guerra. Lo pensamos al evocar las “derrotas cartaginesas” con que los vencedores se cebaron en los vencidos de la última contienda mundial. Al considerar la pertinacia de aquéllos en determinadas actitudes que claman al cielo y que, además, las nuevas circunstancias tornan absurdas.

James Forrestal, colaborador inmediato de Roosevelt, anota en su diario: “Según los principios de Nuremberg, Roosevelt y el mismo Churchill hubieran tenido que ser ejecutados si los aliados hubieran perdido la guerra”. Entre otras cosas, quiere esto decir que las sanciones que siguen pesando sobre muchos del bando perdidoso son una violación del derecho de gentes. ¿Persistirá aún esta injusticia, es sagaz tal pertinacia en el error ahora que se trata de agrupar en un solo haz a todas las fuerzas anticomunistas?

La Santa Sede, con imparcialidad insospechable, se ha referido más de una vez a esta injusticia. En ocasión solemne ha exhortado “a los legisladores y jueces” –de uno y otro lado de la cortina de hierro- “a revisar y reparar las anomalías y ABERRACIONES QUE DESHONRAN A LA JUSTICIA, SOBRE TODO A LA JUSTICIA CRISTIANA (subrayamos nosotros), y violan las leyes divinas”.

Para abarcar mejor la latitud de la admonición pontificia, hay que considerar asimismo el caso de muchísimos que en una u otra forma fueron afectados por el cargo de colaboracionismo durante la supremacía alemana y, cosa muy digna de notarse, aun después de que la suerte de las armas fue adversa al III Reich, e incluso hasta su final desmoronamiento.

Baste para ello recordar que durante la guerra muchos europeos vieron lo que tardíamente –en forma expresa o tácita- hoy se reconoce: Alemania, con el nazismo o sin él, era el verdadero valladar oriental de Europa: vencida, el alud soviético se desbordaría sin remedio, tarde o temprano. Con ese espíritu, la División Azul española o la belga Legión Wallonie, por ejemplo, así como el resto de combatientes europeos que en el frente ruso lucharon al lado de los ejércitos germanos cumplieron precisamente la tarea defensiva del continente a que en los años de la posguerra se ha convocado y cuya capitanía militar ha estado en manos tales como las de Eisenhower entre otras.

A pesar de ellos, hubo muchísimos hechos particularmente vergonzosos. Los restos de la valerosa Legión Wallonie, por ejemplo –otra vez nos hemos referido al dato-, a quienes los aliados prometieron el trato de prisioneros de guerra, fueron entregados a la venganza de sus antagonistas políticos en Bélgica. Por razones obvias, la División Azul no corrió la misma suerte; pero sí, en cambio, en mayor o menor grado, los demás combatientes del frente ruso: además de los alemanes, los rumanos, griegos, húngaros, franceses, italianos…

Lo cierto es que todos éstos “eran ya soldados de Europa”. “Todos los que dejaron sus hogares amados de Jutlandia o de la Beauce, de las Ardenas o de Putza, de Limburg o de Andalucía, no para servir los intereses particulares de Alemania, sino para defender dos mil años de la más alta civilización, pensando en el Baptisterio de Florencia, en la catedral de Reims, en el Alcázar de Toledo o en el Beffroi de Brujas. Y murieron a millares, allá lejos, no por las Dienstellen de Berlín, sino por sus viejos países, dorados por los siglos, y por su patria común: Europa”.

Once años han pasado. ¿No es tiempo ya de reconocer y reparar en lo posible la injusticia que se fulminó –y aún se mantiene- contra todos éstos que lucharon, ya que defendieron lo que hoy se dice tratar de salvar?... ¿No es tiempo ya de quitar de la balanza la espada de Breno?

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