La ejemplaridad del Macabeo
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: fortaleza, esperanza, vida pública y fe.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Ante las dramáticas circunstancias de Méjico, tan acerbas en el orden de la materia como en el del espíritu, no es raro, en nuestro ambiente, dar en dos extremos psicológicos. O el del optimismo beato, generalmente inconsulto, porque suele provenir, ya de una deficiencia informativa, ya de una consideración a flor de piel o fragmentaria de los problemas nacionales; o bien, ante la índole y vastedad de éstos, el extremo contrario: el desalentado pesimismo que corta las alas de la acción a gente casi siempre mejor enterada o más perspicaz.
Puntualmente, uno de nuestros más graves apremios sería que quienes en ellas se ubican superasen tales extremas actitudes. No es tan asequible un enderezamiento de los caminos de Méjico si muchas individualidades que pueden asumir notoria, tal vez extraordinaria valía en el quehacer nacional, se inhiben de él o canalizan su acción por cauces de segunda importancia o declaradamente erróneos por partir de premisas falsas.
A unos habría que sustraerlos al influjo de interpretaciones pueriles o interesadas, que pintan de color de rosa todos los aspectos de la situación mejicana, y ofrecerles para ello un cuadro sincero e inobjetable y completo en sus líneas esenciales de nuestras verdaderas condiciones y de los desmesurados riesgos que a su luz pueden avizorarse. A los otros habría que reconocerles su lúcida visión de nuestras amargas realidades, pero poniéndoles a la vista –porque los hay- los datos de objetiva esperanza.
Estos últimos deben interesar sobre todo, porque, ya lo apuntábamos, suelen ser mejor dotados en inteligencia y, muchas veces, en impulso. Urgiría más que nada, tal vez, sacudir su espíritu con la consideración suprema de que mayor calidad humana y nobleza hay en oponer, al más desesperado de los cuadros históricos, la heroica terquedad militante de los Macabeos, que en sólo entonar elegías al infortunio de la Patria, por grandilocuentes que sean, o que en mantener irreductiblemente enhiesta la oriflama de principios salvadores, pero nada más en la almena del propio castillo interior, sin tremolante eficacia de proselitismo.
¿Y qué mejor, para ello, que la persuasiva ejemplaridad de las vidas de excepción que en su trayectoria han reiterado la fértil, la imperecedera verdad de la lección macabea?
Por eso invitamos vivamente a la lectura de dos publicaciones que estos días sirven a ese fecundo propósito de ejemplaridad. La primera, en breve espacio pero con grande aliento, es un opúsculo debido al celo sin desmayos de don Lauro López Beltrán. “Guadalupanísmo y Juandieguísmo de Manríquez y Zarate” es su rubro, y no es ni puede ser lectura de beatería porque en él esplende la vigorosa ejemplaridad del primer obispo de Huejutla, ciertamente uno de los más colosales perfiles de heroísmo cristiano y patriótico del mundo contemporáneo.
Atrayente y pulquérrimo el vaso editorial elaborado por JUS generoso y tónico el vino en él escanciado. Tal es la doble excelencia de estas páginas transverberadas por el centelleo de un espíritu de acerado temple que hasta el fin se mantuvo en tensión batalladora. Porque la palpitación guadalupana del ilustre prelado, y su concomitante juandieguismo, aparecen aquí, en última instancia, como una de las expresiones de su indomable actitud macabea, de su atlética porfía por robustecer y salvar la mejicanidad.
La otra publicación a que queremos referirnos omite el nombre del autor –una firma que nosotros sabemos benemérita, infatigable y aguerrida-. Es el volumen VII de la colección “El Caso Ejemplar Mejicano” que la Editorial Rex-Mar ha ido dando a la estampa, y forma el tomo primero de la biografía del mismo señero personaje con el rubro: “J. de Jesús Manríquez y Zárate, Gran Defensor de la Iglesia”.
Es en esta obra donde se nos comienza a entregar, en pormenor y con estudio documentadísimo, lo que fue en verdad esa vida con escasos paralelos, que honra la Historia contemporánea de México, y que es, en cierto modo, su cifra, porque está surcada por el signo atroz del flagelo persecutorio de las esencias patrias e inflamada por la gallardía apologética que estas esencias suscitaron en los que supieron serles fieles, con una lealtad infrangible.
En este libro está, en su integridad flamígera –casi inverosímil hoy, en este grisáceo paréntesis de conformidades-, la inconmovible constancia con que el ardoroso campeón de la libertad de Méjico sufrió sañudas persecuciones, cárceles, canallescas afrentas y lancinante destierro, y aún en veces la abismal incomprensión de lo suyos, mientras el ala membranosa del Maligno extendía y espesaba más y más sobre la Patria sombras de muerte. En todo trance, sus dolores de crucifixión no fueron bastantes no ya para desarraigarlo de la firme roca de sus convicciones, pero ni siquiera hacerle dar de mano la actitud guerrera contra las fuerzas del mal. Fue, hasta el fin, el Macabeo inconforme con la esclavitud del Bien y de la Patria. Cruzado que jamás rindió las armas y tremoló siempre sus banderas mucho más allá de su ciudadela íntima
Y es que sabía que no sólo los hombres y el Diablo intervienen en el drama de la Historia, sino que Dios también pone en él la acción de su Providencia: en ciertos momentos incomprensible, pero siempre decisivamente salvadora sí, aún en los riesgos sumos, concurre el libre albedrío militante de siquiera cien, o de al menos diez justos que a la postre logren impedir que sobre la ciudad llueva el fuego del cielo.
Por eso –y tal es la constante ejemplaridad de Manríquez y Zárate-, con batalladora fe de macabeo, ante los más terribles reveses históricos de Méjico supo esperar contra toda esperanza. Y no llegó a envainar jamás el acero que puso al servicio de esa su apasionada y suprema esperanza.
Junio 22, 1953
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