La Educación del Sentido Social
Publicación original: Novedades, 10 de mayo de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: educación, juventud, doctrina social católica, solidaridad y México.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El abstencionismo en materia social sigue siendo una de nuestras peores deficiencias y raíz de la frustración histórica de sucesivas generaciones juveniles de las que México tenía derecho a esperar muchas y muy grandes cosas. A pesar de los obvios signos de los tiempos, la preocupación entrañable y efectiva por los problemas nacionales es aún patrimonio de pocos. Y más escaso todavía es el número de quienes a la mera preocupación añaden alguna actitud positiva, algún esfuerzo práctico para resolver las múltiples, tremendas urgencias del país.
¿No es llegado el momento de superar este innegable lapso de apatía colectiva, que viene ya prolongándose peligrosamente a despecho de cierta fama de revolucionarios y vanguardistas que hemos tenido el prurito de fomentarnos?
Creemos que suscitar sin demagogias y educar en gran escala el sentido de solidaridad, es un apremio inmediato. Y apremio que singularmente encierra un verdadero ultimátum a las fuerzas cristianas para que ella se realice sobre todo en las juventudes escolares que están en la etapa en que el carácter asume sus perfiles definitivos y es capaz de orientar para siempre la vida en un sentido o en otro. Si esa tarea se acometiese desde luego, la fisonomía nacional, por el propio peso de las circunstancias, iría tomando, a no muy distante plazo, rasgos más en conformidad con los tiempos nuevos y con el signo religioso y cultural de que solemos ufanarnos.
Ahora bien, ese sentido social que hay que despertar, encauzar y fortalecer en las mocedades de las escuelas secundarias y preparatorias o en sus equivalentes, puede lograrse al través del único método que la experiencia ha demostrado ser eficaz: el método que armoniosamente combina lo teórico y lo práctico, que ilustra la inteligencia con la doctrina social del catolicismo y al propio tiempo forma integralmente la personalidad del cristiano y del ciudadano poniéndolo en trance de aplicar, al menos en algún renglón de los hechos diarios, los principios doctrinales regidos por el fecundo lema de “Justicia y Caridad”.
¿Cómo lograrlo? La respuesta podrá variar al tenor de los casos concretos. Pero desde luego puede pensarse en realizar ese vital aspecto de la educación escolar de veras moderna, coordinando el impulso que para ello prestasen las autoridades de cada plantel con las obras de determinadas instituciones católicas juveniles que expresamente persiguen metas sociales. O bien, donde las circunstancias lo aconsejaren, puédese fácilmente promover el que en alguna sección de la respectiva sociedad de alumnos, o en una autónoma agrupación específica para ello, los estudiantes canalicen su tiempo libre, su generosidad y su dinamismo en relación con diversos campos de acción social, primero poniéndose al tanto de los postulados católicosociales relativos y tratando luego de hacerlos vida y realidad en los ámbitos de actividad que se escojan.
El secreto estaría en acertar en cada caso con el “toque” psicológico que desde un principio hiciese atractiva la incorporación a tales grupos y a sus actividades. Y no se crea que el carácter necesariamente optativo de esa incorporación pudiese ser para los organizadores y promotores motivo de desaliento. Por el contrario, ello habría de tenerse por previo y excelente tamiz de selección de los mejores. Porque al llamado acudirían precisamente los jóvenes que, dignos de tal nombre, no se conformasen con la inescapable rutina de satisfacer sólo los deberes estrictamente escolares, esos que empiezan a entrever o quizá perciben ya con claras luces la infeliz mediocridad que supone el exclusivista ideal del “homo económicus”, y sienten la íntima necesidad de modelarse a sí mismos de acuerdo con un tipo humano integral capaz de rebasar el menguado señuelo –utilitarista y egocéntrico- del hombre del ciclo histórico del liberalismo; y que advierten al mismo tiempo, que pueden escalar esas cimas de perfección al través de realizaciones que tengan por término a los demás, a los que en Cristo y en la Patria les son hermanos.
Lo importante es poner manos a la obra. Decidirse a superar la pobre –por no decir miserable- educación de índole social que en los cursitos de civismo se imparte, así en los colegios oficiales –donde no es raro que se la suplante con el devaneo demagógico- como en los planteles privados que se suponen en su mayoría de signo católico.
Estos últimos tienen, a nuestro parecer, inmejorables coyunturas para realizar a conciencia ese urgentísimo aspecto de la educación; para obtener al menos en la “élite” espiritual de sus alumnos, una robusta armonía de la ciencia y de la vivencia del catolicismo en sus proyecciones sociales. En pocos años, México podría confiar más en sus destinos inmediatos al sobrevenir el inevitable y bienhechor influjo histórico de una generación orientada por grupos genuinamente selectos, totalmente ajenos a criterios liberalescos y vitalmente informados por un cristianismo integral, positivo y operante en su doble aspecto: religioso stricto sensu, y social. Uno y otro aspecto, bien miradas las cosas, identifícanse –o, al menos, deben identificarse- en la formidable y fecunda unidad que viene a ser el hombre cuando su espíritu se incendia de veras en la llama del amor a Dios y al semejante. Porque es ese amor, puntualmente, la más eficaz garantía contra la criminal indiferencia ante el dolor del hermano, la angustia de la Patria o los terribles riesgos que hoy día amagan a la especie entera.
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