La Constitución Plurisecular

Identificador: DM-452.
Publicación original: Novedades, 12 de agosto de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: tradición nacional, nación mexicana, constitución, soberanía, historia, voluntad popular.
Ilustración en blanco y negro de La Constitución Plurisecular, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

No es primera vez que lo decimos ni tal vez será la última, ya que las grandes verdades nunca pierden actualidad. Menos aún en este año de dobles remembranzas constitucionales.

La nación no se integra únicamente con nosotros, los que hoy habitamos el territorio mexicano. No nació con nosotros. No somos quienes le dieron origen. Antes que nosotros había ya mexicanos, y antes que nuestra generación fuese, México ya existía. Y también es claro que –salvo un desmesurado cataclismo- México seguirá siendo cuando esta generación haya desaparecido para dejar sitio a otras muchas subsecuentes.

Hay que desengañarse, pues. Somos parte de la Nación; pero no somos toda la Nación. Rebasa ésta las solas fronteras de cada generación de mexicanos, porque es algo superior a cualquiera de ellas.

Si se conviene en lo anterior, en que México no es un todo simultáneo que se agota en la fugacidad del presente, en la generación que ahora es, sino que trasciende el momento actual, extendiéndose a lo pretérito y a lo futuro, a las generaciones que fueron y a las que serán, hay que inferir que su voluntad nacional, en última instancia, no debe buscarse precisamente en la votación de un día de elecciones, pongamos por caso, sino más bien en sus tendencias históricas fundamentales, en los propósitos colectivos que con carácter permanente laten en el fondo de los sucesivos capítulos de su vida.

Esas tendencias fundamentales vienen a constituir, ni más ni menos, la Tradición Nacional, que por otro modo podríamos nombrar LA CONSTANTE HISTÓRICA DE LA PATRIA. La Tradición está hablando, en su misma etimología, de una entrega. Quiere decir, pues, “transmisión de un caudal de ideas, de creencias, de aspiraciones, de instituciones, etcétera, de una generación a otra, fundada en un derecho y en un deber: el derecho que tiene la generación que ha producido el patrimonio espiritual y material de un pueblo a que pase a las generaciones venideras; y el deber que tiene la generación presente de desarrollarlo, de no mermarlo y destruirlo y privar de él a los venideros”.

Ahora bien, ese caudal acumulado por sucesivas generaciones, siguiendo una idéntica trayectoria esencial, persiguiendo unos mismos señuelos históricos, tratando de realizar en cada episodio de la existencia colectiva unos mismos ideales, supone no otra cosa que LA REITERACIÓN CONSTANTE DE UN VOTO NACIONAL, substancialmente el mismo en cada generación y en cada centuria, en pro de lo que podríamos llamar en términos electorales una igual plataforma de principios.

Ello es de una evidencia absoluta. Porque equivale a que los hechos de cada generación de mexicanos –lo mismo las hazañas excelsas que los actos de la vida ordinaria-, al acordarse con determinados ideales, al tratar de realizar siempre el mismo desiderátum social, están votando en forma implícita, o, mejor dicho, con la explícita palabra de los hechos vivos, una positiva Carta Constitucional de la Nación. Hay en ese fenómeno de repetida y no traicionada adhesión a un cuerpo orgánico de valores, un tácito, pero claridoso plebiscito a favor de algo que vale más que cualquier documento constitucional meramente escrito, si es que hemos de creer a la sentencia que asegura que obras son amores y no buenas razones, y también por aquello de que las palabras son hembras y los hechos son varones.

A la luz de estas verdades, aparece deslumbrante de exactitud lo que declara el insigne Vázquez de Mella: “bien miradas las cosas, la Tradición viene a ser no otra cosa que el voto, EL SUFRAGIO UNIVERSAL DE LOS SIGLOS”.

Y aquí la pregunta a cuantos reniegan de la Tradición al propio tiempo que proclaman el sufragio universal como fuente suprema de autoridad y legalidad, puesto que al través de él se supone que la Nación expresa su voluntad: ¿Qué vale más: el hipotéticamente libre sufragio universal de un día o el espontáneo y ciertamente libérrimo sufragio universal de los siglos?... ¿En cuál de los dos hay más substancia democrática, en la única connotación noble que puede tener la democracia?... ¿En cuál de los dos está mejor y más expreso el querer popular?... Y si, según los supuestos del liberalismo, el mayor número –la mitad más uno- tiene siempre la razón, y es la expresión de la “voluntad general”; esa voluntad que según Rousseau determina en concreto a la soberanía del pueblo, ¿no es obvio que no hay votación que pueda, no ya superar, pero ni siquiera equipararse numéricamente al abrumador plebiscito de los millones de mexicanos que durante generaciones y generaciones han votado nada menos que con la realidad misma de su vida la vigencia de la tradición nacional?

Paradójico, pero cierto: un mínimo de congruencia con las teorías liberales del sufragio, llevaría por inesperados pero seguros caminos a acatar lo que puntualmente contradice el liberalismo: la verdadera Voluntad Nacional; su genuino voto; el sufragio universal de los siglos, contenido en la Tradición de México.

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