La Aventura Bíblica
Publicación original: Novedades, 11 de noviembre de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Biblia, revelación, exégesis, lectura católica, Iniciación Bíblica, JUS.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El cristiano ha estado siempre comprometido a la intimidad con la palabra, viviente y vivificadora, que en la Biblia se contiene. Y es torpe infundio la especie de que su lectura está vedada al fiel común. Por el contrario, la Iglesia, al través de la liturgia y de su habitual enseñanza, nos pone en comunicación expresa y reiterada con los textos bíblicos y con el espíritu que los inspira.
Pero la condición de cristiano pide aún más. Pide en lo individual, en lo familiar, un movimiento espontáneo que mayormente nos acerque a las fuentes escritas de la revelación. No hay nada más natural cuando la virtud de religión no es en nosotros su propia caricatura: un pietismo rutinero o la expresión lánguida de una realidad interior anémica y desmayada. Si la religiosidad, por el contrario, es genuina, si es una carga vital que inflama y pone en tensión nuestras potencias con efectivos dinamismos así naturales como sobrenaturales, nada más obvio que el afán cotidiano –o que quiere, al menos, serlo- que nos lleva a acentuar la escucha de esa voz inefable que quiso revestirse de formas humanas para hacérsenos accesible.
De esa escucha repetida, intensa, habrá de venir el diálogo cada vez más vivo y clarificador. Y directamente, por el entonces más afanosamente buscado magisterio de la Iglesia –y siempre bajo sus seguras luces- esa voz nos hablará de manera y en modos tales que con verdad podamos repetir lo del poeta:
“Y yo te voy preguntando, y Tú me lo dices todo…”
Todo, se entiende, lo que es substantivo y medular para el hombre.
A eso nos estimula y aun apremia la Iglesia. Es su invitación de todos los tiempos. Es la de los más recientes pontífices, que ha suscitado una prometedora reviviscencia del ordinario contacto con la Biblia en la órbita reglar.
Nos precave, sí, la Iglesia, del pecado de soberbia del libre examen, disparate insigne aun desde el solo punto de vista humano y que, según la triste experiencia protestante, adultera y desvitaliza las esencias cristianas. Pero nos sigue siempre impulsando a la humilde escucha al través del texto del Libro de los libros.
Nos advierte contra el riesgo patológico de la manía iluminista, de sus delirios desconcertados en los que toda racionalidad y seriedad naufragan. Pero nos promete, con todas veras, que un más íntimo comercio con la Luz de la Escritura transfigurará positivamente nuestro espíritu.
Nos recuerda que no toda la revelación está contenida en los libros sagrados, sino que otra parte importante radica en la tradición de la Iglesia. Y que ésta ha sido constituida por el Autor de la Revelación en su intérprete válido en ambas fuentes. Pero no nos quita la ocasión del hallazgo personal, antes nos mueve a ella, a la ahincada meditación íntima de las verdades veladas para obtener mayor fecundidad para nuestra vida de cristianos, más urgida de autenticidad en esta etapa en que el universo material empezará probablemente a ser surcado en sus rutas interastrales por el hombre, a menos que un cataclismo nucleario pare en seco el devenir de la Historia.
Para que esa personal aventura se nos haga hacedera, para que se vuelva ocasión de vida más vigorosa y no de muerte desastrada, nos es conveniente y aun necesario cierto mínimo equipo. Y eso es puntualmente lo que buscan darnos libros como el estupendo que, recién vertido al castellano, ha publicado JUS con el mismo texto del original francés: Iniciación Bíblica. Certero rubro, que preside el esfuerzo de sobresalientes especialistas de las diversas disciplinas escriturarias, cuyos respectivos estudios condensan lo medular que hay que conocer y tomar en cuenta para que el seglar disponga de una excelente carta de navegación, precisa, segura y puesta al día, para poder así salir con provecho al mar abierto de la inmensidad bíblica.
Aquí se exponen los principales aspectos, problemas y antecedentes para que esa aventura oceánica no pare en naufragio, sino en un victorioso surcar el oleaje escriturístico. Para realizar una pesca abundosa a la vez que óptima en el misterio abismal, pero salutífero, de sus profundidades. Para que la sana exégesis nos marque siempre los puntos de referencia de la ortodoxia, cuya dimensión en todos los sentidos y rumbos del espíritu, de sobrado vasta que es, de varia y fecunda y clara, no sólo aleje la posibilidad del interés psicológico de cualquier tentación de heterodoxia sino que haga patente su distorsionadora infecundidad y estrechez.
Véanse, pues, en este extraordinario volumen, temas como el de la inspiración bíblica en sus alcances y en sus expresiones; el de las varias versiones de la escritura; el de sus contextos históricos, culturales y geográficos; el de su proyección al arte y a la vida cristianos; el de sus distintos géneros literarios, cosa de peculiar importancia, porque, como anota Pemán, “¿qué disparates no deduciríamos si creyéramos que la Divina Comedia pertenece al género de “libros de viajes” y tomáramos al pie de la letra la geografía de su turismo de ultratumba?”...
El libro merece, por consiguiente, la difusión y atención a que nos impelen exigencias de cristiandad. Puede ser, para muchísimos, el adecuado trampolín hacia la lectura directa de la Biblia, Verbo escrito de Dios al que los primeros cristianos tuvieron en un reverencial respeto, si no igual, al menos un tanto análogo al manifestado para el Sacramento en que se quedó para nuestra salud el Verbo viviente. Lectura que el selecto espíritu de Balmes solía hacer abriendo la Escritura entre la llama de intención litúrgica de dos cirios, con una larga, fervorosa, humilde, filial unción que lo mantenían de hinojos mientras no cerraba el libro sagrado.
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