La Aparición de Cortés Equivale a una Verdadera Irrupción en la Historia

Identificador: DM-060.
Publicación original: Novedades, 2 de diciembre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Hernán Cortés, conquista de México, Veracruz, Tlaxcala, evangelización y origen nacional.
Ilustración de La Aparición de Cortés Equivale a una Verdadera Irrupción en la Historia

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

La aparición de Cortés en la Historia equivale a una verdadera irrupción, como en el caso de todos los grandes. Su presencia es la presencia del que toma por asalto los bastiones que guarnecen la Historia, y, después de ganados, se asienta en la torre del homenaje para recibir de las nuevas generaciones no una pleitesía cortesana y versallesca, sino el juramento de guerrera fidelidad de todos los que, a la vuelta de cada recodo del acaecer histórico, se inflaman en una alta y definitiva vocación que se cifra en aquella leyenda imperecedera que sigue flameando en las banderas del más grande de los conquistadores de todos los tiempos –una cruz roja, en campo blanco y azul-: “Amigos, sigamos la Cruz, y si tuviésemos fe, en esta señal venceremos.”

Cortés nace cuando la decimoquinta centuria se acercaba a un ocaso cronológico que coincide con el amanecer glorioso de la grandeza española en el genio restaurador y creador de los Reyes Católicos y el Cardenal Cisneros; en la caída del último baluarte morisco de Granada; en la obra del fijador del idioma, Nebrija, el de la sentencia de oro: “La lengua siempre fue compañera del Imperio”: en el magnánimo ímpetu militar de Gonzalo de Córdoba en las guerras de Italia, el Gran Capitán que sabía lo que no saben los hombres de hogaño: vencer y perdonar: “Dos cosas, Padre Santo, he de pediros: una, que perdonéis al vencido Menaldo a quien yo perdoné ya; la otra, que dispenséis a los de Osla, dañada por la batalla, de pagar tributos por diez años…” (“Ahora, al pueblo abismado en la derrota se le condena a muerte ¡para que ni se arrepienta ni pueda volver a pecar!”)

Nunca, pues, como entonces, fue dable aplicar a alguien la agorera exclamación del romance morisco:

“el día que tú naciste

grandes señales había:

estaba la mar en calma

la luna estaba crecida…”

Y así, Gómara nos dice de Cortés que “cuentan que le dijeron, siendo muchacho, cómo había de ganar muchas tierras y ser grandísimo señor.”

Nace, en tierras extremeñas, de familia hidalga. Y allí está ya el secreto de la tónica de su existencia. Cortés es un hidalgo, y el hidalgo sabe que “el nivel, el tono de una vida, no lo da su duración. Una vida mezquina no deja de serlo porque dure más. Lo que importa –al hidalgo, no al burgués-, es vivir dignamente. “Nadie pensaba cuánta edad viviría sino de qué manera”, proclamaba don Francisco de Quevedo, que se caracterizaba a sí mismo, pues que español, como amante del peligro, y a todos los españoles como “impacientes de mucha edad”.

Fueron sus padres don Martín Cortés de Monroy y doña Catalina Pizarro y Altamirano. Hidalguía por los cuatro costados recibió en la cuna aquel muchacho que fue en sus primeros años débil y propenso a enfermedades, y en su mocedad y madurez de grandes fuerzas y ánimo. A pesar de su notoria afición a las armas, que acompaña de un carácter altivo y de repetidos enredos por cuestiones de faldas, fue dedicado al estudio de las leyes, con lo que estudió obra de dos años en Salamanca, y aun hubo de estar en escritorios de escribanía en Valladolid, oficio en que mostró muy buena disposición y criterio para el ejercicio del Derecho.

Pero el íntimo llamado de su genio se impuso. Las oriflamas de Castilla, que acababan de coronar vencedoras el alcázar del Moro, se teñían de todos los soles de Geografía e Historia, empeñadas en la más excelsa y universal de todas las empresas: sellar todos los rumbos del orbe con el signo de la Cruz. Cortés fue cegado por el brillo de sus sedas imperiales y la opción se imponía: ¿a dónde ir, a las Indias con Nicolás de Ovando o a las tierras italianas con el Gran Capitán? Frustráronse sucesivamente, una y otra posibilidades. Por último a los veinte años, y apenas con algo más que la bendición de su padre –dice uno de sus biógrafos-, logra embarcarse para la Isla Española. Esto ocurría en 1504.

Transcurren entonces varios años de “esperas sombrías”. “Pero –recuerda Vasconcelos- ellas suelen ser inevitables para quien no ha nacido príncipe. Antes de dominar a los hombres tendría que dominar la vida”. Notario, agricultor, comerciante en la Española; fallido expedicionario en Haití, contador y encomendero en Cuba, probablemente nada pudo hacer en aquellos tiempos sospechar la lumbre interior que en él ardía. En Cuba casa con doña Catalina Suárez, la célebre “Marcaida”, y bajo la sombra del Gobernador Diego Velásquez prospera y llega a ganar cierta apreciable posición e influjo entre la población.

Ocurren entonces las sabidas incursiones de Hernández de Córdoba y Grijalva en las costas orientales de lo que habría de ser, andando el tiempo, México, la Nueva España. Las noticias de uno y otro impulsaron a Velásquez a solicitar del Emperador mercedes y autorización para nuevos descubrimientos. Las obtuvo. Esta fue la oportunidad que desde tanto tiempo atrás esperaba Cortés. Movióse con tal habilidad, que logró que fuesen preferidos los avezados veteranos de Hernández de Córdoba y Grijalva. El nombramiento de capitán de la nueva expedición recayó en él. En un principio, la envidiosa medianía de Velásquez no sospechó que con ello alzaba ante él una gigantesca figura que iba a dejarlo envuelto en penumbra, que no se trocaría sombra completa y cumplida gracias a que, por obra de sus interminables querellas con el héroe, habría de recibir el reflejo de su presencia colosal en la Historia, Cuando Velásquez quiso dar marcha atrás, y revocar el más impensadamente acertado de los nombramientos de capitanes que se haya hecho, era ya tarde. Cortés no se dejó ganar la mano, y sabiendo los crecientes recelos del gobernador, alzó velas por su cuenta y riesgo.

“Se sabe que Cortés puso en la empresa su voluntad entera y su hacienda; también el dinero de sus amigos. La quema de las naves que después le daría fama imperecedera, no fue en él un episodio singular; vivió quemándolas.” El 18 de febrero de 1519 partió con su armada del extremo poniente de Cuba, después de oír misa y dirigir a sus compañeros una arenga en que “propuso grandes premios envueltos en grandes trabajos”. Llevaba consigo once navíos –sólo cuatro de ellos de proporciones apreciables-, 518 peones, 32 ballesteros, 13 escopeteros, 16 de a caballo, 110 marineros –piloto mayor, el famoso Antón de Alaminos-, 10 cañones de bronce y 4 falconetes.

Adelántase Alvarado un tanto, y llega el primero a la isla de Cozumel. Se posesiona de ella, y saquea el pueblo, en tanto que los naturales lo desamparan. Llega don Hernando, amonesta el lugarteniente, llama a los naturales y les devuelve lo despojado. He aquí ya el primer apunte del verdadero espíritu cortesiano. No era su empeño el robo, sino el sujetar tierras a la corona de España y almas paganas al suave señorío de la Cruz…

Prosigue entonces la ruta de los anteriores exploradores, costeando por Yucatán y Tabasco, en medio de variadas incidencias y asombros, y enconados combates con los naturales. Muy de ponderar fue el que se libró en las cercanías de Centla, donde de muy brava manera chocaron castellanos con mayas y zoques pertenecientes al cacicazgo de Tabscoob, voz que dio origen al nombre con que hasta hoy es conocida la región. Bien hubieron de probar en esta ocasión los españoles la diferente índole de los aborígenes de estas tierras firmes, en relación con la de los indígenas antillanos. Su número, y el espíritu belicoso, que llegaba a la ferocidad, eran algo inesperado. Cerraban los escuadrones contra la reducida tropa expedicionaria, y ahí el triunfo de la resistencia de espadas, armaduras y arcabuces europeos. Finalmente, la atingente aparición del capitán español al frente de los caballos, dio lugar a una notable desbandada de los indios, empavorecidos por aquel temeroso, mitológico espectáculo de centauros que cargaban sobre ellos a toda carrera, con ímpetu no imaginado por ninguna de las viejas leyendas ancestrales.

Después de este triunfo, y habiéndose ofrecido de paz los principales caciques de la comarca, Cortés enfiló sus naves hacia Ulúa; pero aquí cabe subrayar que fue a raíz del vencimiento de los de Tabasco cuando empezó la substancial y benemérita labor de limpia que caracterizó desde un principio, en esta empresa de la conquista, al cruzado que anidaba dentro del alma de Cortés. Destrucción de ídolos, que dejaban el lugar al Signo de Redención que, desde entonces, empezó a hablar a los pobladores de la tierra un lenguaje de liberación. Eran las iniciales voces, primero confusamente entendidas, que les decían algo en que vagamente intuían mensajes dignificadores, adivinaciones de verdades no oídas antes, que presagiaban una como purificación de las almas, en la que nunca se había pensado, Y, era, también, en el juramento de vasallaje a la autoridad del emperador, el presentimiento del acceso a un orden humano más elevado y señoril: era, aunque a ellos todavía no era dable nombrarlo así, la promesa de la incorporación a la más excelsa cultura de los siglos, la occidental y cristiana, en su más sublimada expresión, que es la hispánica. Bien pronto hubo de empezar a entender todo esto, entre otros, la célebre doña Marina, que entró al servicio de los españoles como parte del obsequio de veinte mujeres que en aquella ocasión se hizo a los conquistadores; mujeres que desde luego fueron bautizadas. Sabido es el importante papel que a partir de ese momento habría de desempeñar esta mujer, por su inteligencia, fidelidad y conocimiento así de la lengua maya como de la nahoa.

En San Juan de Ulúa determinó Cortés instalarse en forma permanente. Tanto fue ello así, que dio lugar a uno de los más gloriosos entre los muchos fastos que iba a legar a la Historia. Y fue que en ese lugar hubo de fundar el primer municipio de la tierra firme: el de la Villa Rica de la Vera Cruz. Esta es una de las revelaciones de su genio. Porque de esta suerte daba a la empresa que entre manos traía, nada menos que la base inconmovible del Derecho. La única que puede otorgar la solidez y la justificación y al mismo tiempo la amplitud que las epopeyas requieren. Cortés, entonces, da de mano los títulos que pudiera apoya la discutible autoridad del gobernador de Cuba, y se somete con todo formalismo jurídico a la autoridad del Municipio recién creado, extendiéndose el testimonio por mano del escribano real. Y la auténtica democracia del concejo abierto –nobilísima y secular institución hispánica- le nombra Justicia Mayor y Capitán General, en tanto que Carlos V diese por bien hecho y confirmase lo acordado.

Empieza en este punto y lugar, propiamente, la trama principal de la epopeya cortesiana. Ya está el héroe en tierras señoreadas por el gran Moctezuma, el monarca que habría de significar, así el apogeo del imperio azteca como el principio de su rapidísima combinación. Sus enviados llegaron hasta el conquistador, el cual “les notificó que venía en nombre del primer señor que había en el mundo para hacer amistad con el rey de aquella tierra”. Hubo intercambio de presentes. Volviéronse a Moctezuma sus embajadores, y luego tornaron a Cortés con un deslumbrador cargamento de obsequios en el que ponía su brillo axiomático de riqueza, el oro. Pasóse algún tiempo en porfías de Cortés para ir a ver al señor de Tenochtitlán, y en negativas de éste, que es fama que estaba inquieto y desazonado con la presencia de los recién venidos, los cuales renovaban el recuerdo de la viejas profecías del gran taumaturgo Quetzalcóatl, quien había predicho que llegarían, andando los tiempos, hombres blancos y barbados a dominar esta tierra.

En esta espera, muy pronto tuvo ocasión Cortés de enterarse de un hecho, que su habilidad y su don de gentes convertiría en uno de los más poderosos factores que le ayudarían a dar cima a la obra de la conquista del Anáhuac: la monarquía azteca no era sino un despotismo –sólo equiparable al de los antiguos imperios mesopotámicos- que pesaba sobre multitud de pueblos, ya en la forma de una intolerable tributación, ya en aquella otra sanguinaria y subhumana de las guerras floridas de las expediciones que tenían por única meta apresar víctimas que sacrificar a sus deidades.

El primero de tales enemigos del azteca, lo halló en Cempoala. Trabó allí amistad con el famoso cacique gordo. Luego, una conspiración de los parciales de Velásquez –a tiempo mismo que unos procuradores del Municipio de la Vera Cruz navegaban hacia España con cartas y presentes para Carlos V- , conspiración descubierta y ahogada antes de que diese sus frutos, le obligó a la gran decisión: dio de través con los navíos, cerrando así el camino del retorno a Cuba. De esta suerte así sus amigos como los de Velásquez, no podían ya desandar el propósito de llegar hasta México, a la corte del gran Moctezuma. Iban todos juntos a correr, el capitán el primero de ellos, el más desmesurado riesgo, la más legendaria y quimérica de las aventuras que vivió conquistador alguno. Y a pesar de la negativa del señor azteca, no pararon hasta llevar a la sede y corazón mismo del mayor poderío que había en la América aborigen.

Antes, todos los recuerdan, fue el choque con los de Tlaxcala, gente por demás aguerrida y enemiga jurada de Tenochtitlán. Tres veces vencidos los tlaxcaltecas, acordaron, al fin, entenderse con Cortés, que a todo prometía su ayuda para lograr la liberación del insoportable yugo que, en mayor o menor grado, a todos oprimía. Desde aquel momento Tlaxcala se convirtió en el símbolo de la incorporación de aquellos pueblos a la civilización europea. Caída Tenochtitlán, seguirían siendo los tlaxcaltecas, en muchas ocasiones, los que acompañarían al español en el empeño de reducir a cristiana policía a las tribus del norte, del occidente y del sur.

Camino adelante, llega Cortés a Cholula. Y bien clara y manifiesta es para todo juicio la explicación de aquella dolorosa matanza que en ella hubo de hacer. La torpeza diplomática de los cholultecas, afortunadamente, no deja lugar a dudas sobre que estaban a punto de consumar las instrucciones de su señor Moctezuma, en orden a acabar con los españoles, a los que primero habían recibido, aparentemente, de paz.

Por fin, y después de recibir en el trayecto constantes quejas que alzaban los pueblos, sobre las depredaciones cometidas por los tenochcas, don Hernando, al frente de su hueste, entra en la ciudad del lago, donde Moctezuma le hace un solemne recibimiento, y le aloja en el palacio de Axayacatl con su gente. Los españoles iban de asombro en asombro al palpar, en su propia sede, el poderío y riqueza del rey azteca.

Los primeros días de su estancia en México, discurrieron con relativa tranquilidad. Pero, a poco, y en vista de la creciente animosidad en su contra, y de las noticias ciertas de la intención de darles muerte y sacrificarlos al Huichilobos. Cortés, por consejo de sus capitanes, dio el audaz golpe de mano de prender a Moctezuma en su propio palacio, reteniéndolo consigo como prenda y garantía de la seguridad de los españoles. Súpose entonces de la llegada Veracruz de una armada de 18 navíos con más de 1,300 españoles, al mando de Pánfilo de Narváez, enviados por Velásquez para desautorizar y prender a Cortés. Este, ni corto ni perezoso, bien pronto salió al encuentro de Narváez, que no queriendo oír las propuestas de paz que se le hacían, fue tomado por sorpresa una noche en su propio real, desbaratado y aprehendido. Cortés, volvió a México mucho más poderoso, reforzado con la gente del vencido.

Pero, mientras tanto, en Tenochtitlán, o por el riesgo inminente y cierto de que los aztecas cayesen de sorpresa sobre ellos, o por excesivos recelos del lugarteniente Pedro de Alvarado, los españoles que aquí habían quedado creyeron adelantarse a los acontecimientos y aprovechando una fiesta de los tenochcas dieron muerte a un gran número de señores y gente principal que con ese motivo se había reunido. Los aztecas bien pronto reaccionaron y obligaron a Alvarado a encerrarse en sus aposentos. Cuando llegó Cortés de vuelta de lo de Narváez, le dejan entrar a la ciudad, desierta y silenciosa, para mejor acabar con él.

No valió la intervención de Moctezuma. El pueblo, cansado del estado de cosas, lapidó a su soberano cuando éste salió, una vez más, a la azotea del recinto de los españoles. De la pedrada que recibió, o de la afrenta, Moctezuma murió a los pocos días. Todos los que siguieron, fueron de constantes y terribles combates. En uno de ellos, narra Bernal Díaz del Castillo, pudieron llegar los españoles hasta el gran teocali del Huichilobos y del Texcatlipoca, y lograron destruir aquellos “malditos ídolos”, a pesar de la encarnizada resistencia que es claro que les fue opuesta. Al fin, la noche del 30 de junio de ese año de 1520, los españoles intentaron romper el cerco y salir sigilosamente de la ciudad; pero su huída fue muy pronto notada, y puesta toda la ciudad en armas, cerró contra ellos. Fue aquella jornada –la célebre Noche Triste- una terrible catástrofe para Cortés. Más de 500 de sus hombres y muchos más de sus aliados indígenas perecieron en la salida, o en las aras de los templos de México. Con el resto de su gente prosiguió la retirada, no sin tener que librar en Otumba otra enconada contienda con los aztecas, que no terminó hasta que el general mexicano fue abatido por el propio Cortés; con lo que los enemigos se dispersaron.

Desbaratado, llegó a Tlaxcala. La buena amistad que con esta república había sabido establecer dio, otra vez, sus frutos. Se le recibió cordialmente, a pesar de su derrota, la que podía incitar a cualquiera para acabar con él y sus tropas. Los meses siguientes se le fueron en preparar su retorno definitivo a México. Para ello, siguió ahora un plan distinto, que fue el ir reduciendo y conquistando y asegurando todas las poblaciones y los territorios en torno de la ciudad señora del Anáhuac. La animosidad que contra ella existía, fue, otra vez, el gran aliado de Cortés.

Al fin, el sitio formal de México comenzó. Los bergantines que Cortés mandó construir fueron botados al lago. Los sitiadores –españoles y militares de indios aliados- se distribuyeron en reales o campamentos estratégicamente situados al extremo de las grandes calzadas que daban acceso a la ciudad. Fueron setenta y cinco prolongados días de espantosas batallas cotidianas, en que no se sabe qué admirar más, el ímpetu y la bravura de los atacantes o la valerosa, heroica resistencia de los sitiados. Fueron, estos días, de increíble epopeya por ambos lados. Finalmente, reducidos los aztecas a la última parte de su ciudad, y ante un nuevo e impetuoso ataque de los sitiadores: debilitados por el hambre y la peste, horriblemente diezmados, el resto de los defensores se dispersó como le fue dable en todas direcciones, por la laguna. En una canoa, Cuauhtémoc, último emperador azteca, alma de aquella bravísima resistencia, fue apresado en unión de su familia y de los principales señores. Era el 13 de agosto de 1521.

Viene ahora la segunda etapa de Cortés. La del organizador y del estadista. Se reedifica México, ahora convertida en una ciudad occidental, y viene a ser el centro de la acción cortesiana. Dicta éste ordenanzas para el buen gobierno. Manda traer semillas, animales y efectos varios de los que por acá hacían falta. Intenta el cultivo de la seda, la explotación de la vid y la del azúcar; envía exploraciones; manda buscar los lugares de explotación posible del oro. Funda nuevas poblaciones. La mayor parte de lo que en México fue en esos días germen de nuestra actual civilización, fue hecho o iniciado por él.

El gobierno de este nuevo Reino de la Nueva España le fue en un principio encomendado por Carlos V. Después fue asignado a las dos primeras audiencias, y al cabo a virreyes. De todas suertes, Cortés siguió conservando el título de Capitán General, y finalmente obtuvo de la Corona el Marquesado y tierras de Oaxaca como premio a sus servicios.

Sin embargo, Cortés era incansable. Siguió costeando expediciones de su propio peculio, a veces por mandato y otras con autorización del Emperador. Todas ellas fueron de escaso fruto, como no fuese geográfico, y le consumieron grandemente la hacienda que había ganado con su talento y la fuerza de su ánimo. Así las emprendidas a las Hibueras, para reducir al rebelde Cristóbal de Olid, y al Mar de Cortés o Golfo de California. Amargáronle sus últimos años las ingratitudes, traiciones e intrigas de que fue objeto: sus interminables querellas con la Corona; el poco caso que de él se hizo en la Metrópoli cuando para arreglarlas fue a ella; la ninguna cuenta que de él se hizo en la expedición de Argel, en que Carlos V fracasó por no haberlo escuchado. Y así, vino al cabo de sus días, muriendo cristianamente en Castilleja de la Cuesta, lugar vecino a Sevilla, el 2 de diciembre del año de 1547.

La obra de Cortés, al través de las centurias persiste. Lo medular de ella, que somos nosotros que es México, lo atestigua. Cortés, dice el norteamericano Prescott, no era un conquistador vulgar. Era, en realidad, el más grande de la Historia. Fue, en lo humano, el creador de la nacionalidad mexicana. Su ambición iba más allá de la simple materialidad del mando y de la riqueza.

Quiso ambas para dar cumplimiento a codicias de otro género. Él quería, y supo hacerlo, dar vida a una nueva nación en que se prolongara el providencial papel histórico de la cultura hispánica: defender y difundir, por todo el plantea, la civilización cristiana, que merece el dictado y civilización en toda la plenitud y alcances del vocablo. No fue su plan el exterminio de los indígenas, sino su cristianización e hispanización que era puntualmente el intento esencial de las empresas transoceánica de España. El fue quien mandó traer los primeros frailes que fuesen los realizadores de esa colosal empresa. El fue quien vió con buenos ojos, las uniones de españoles con indias, que empezaron el mestizaje que habría de ser núcleo étnico de México. El comenzó la costumbre de rebautizar a los lugares y poblaciones de estas tierras con una doble denominación que incluía lo mismo el nombre aborigen que una nueva y añadida voz española, que solía ser el nombre de algún santo. Benigno y amoroso fue con los naturales que en él veían a un amigo y protector. Cruzado de la Catolicidad, puso en riesgo supremo su propia vida por ella. Si esto no hubiese sido; si sólo móviles materiales le hubiesen impulsado, no habría nunca –aún contra el parecer expreso del fraile Bartolomé de Olmedo- arriesgado la empresa y la vida en ir derribando los ídolos que habían venerado o temido los aborígenes, sin excluir al más terrible y espantable de ellos, el sanguinario Huichilobos, al que tantos millones de víctimas –decenas de millares, por lo menos- se habían sacrificado. De ahí aquel su famoso y revelador dicho cuando fue contra el ídolo: “A algo nos hemos de poner por Dios”. Palabras inmortales, que dan la clave y la íntima explicación de la epopeya cortesiana…

Cuatro siglos después de su muerte, Don Hernando Cortés, el creador de México, nuestra Patria, aguarda la reivindicación y el desagravio de muchos de sus propios hijos. Pero ella no ha de tardar demasiado, porque México, a pesar de todo, esta volviendo a tomar colectiva conciencia de su verdadera Historia pasada, y en el destino marcado por el estandarte y la espada de Cortés que la Providencia ha deparado en la Historia por venir.

 


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