Jefes

Identificador: DM-021.
Publicación original: Novedades, 18 de diciembre de 1944.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: liderazgo, clases directoras, servicio, élites, organización social, México.
Ilustración de Jefes

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

A propósito de las previsiones para la posguerra, poco o nada se ha hablado acerca de uno de los más graves factores que integran la complejidad azarosa del problema mexicano: la ausencia de jefes, de clases directoras. Alguna vez se ha apuntado, y con harta razón, que no obstante la bondad substancial de las esencias de México, éste, de tiempo atrás, ha venido a ser, en cierto modo, un país de gelatina. Un organismo social, analógicamente equiparable al molusco del mundo de la biología. Entidad que para merecer el asidero de la supervivencia necesita, con apremio, vertebrarse para resistir, en forma adecuada, las presiones del ambiente. Porque de otro modo seguirá sufriendo su actual escasa capacidad de reacción en contra de esas presiones y una mortal predisposición a ser moldeado a capricho, con mínimo esfuerzo.

Profunda y dolorosa verdad, si se la considera no con un valor absoluto, pero sí como una acertada apreciación de conjunto, como una visión panorámica. En efecto, uno de los principales objetivos de la revolución liberal socialista en México, se ha alcanzado plenamente. Es un hecho el aniquilamiento de las clases directoras que—con no despreciables deficiencias, pero ciertamente con virtudes que a aquéllas se sobreponían—forjó en nuestros primeros siglos el genio creador de la hispanidad mexicana (clases que no deben asimilarse a ciertos grupos, v.g., al de los “científicos”). Y nada ha podido surgir para suplirlas en su vital función. Y si la Patria se ha visto alguna vez a dos pasos de un peligro de muerte, debe ello atribuirse, en buena parte, a la falta de conductores, a la ausencia de jefes idóneos en las distintas esferas de actividad.

¡Ay de los pueblos sin jefes!... En lo social, como en lo biológico, el ente invertebrado, el que carece de una sólida armazón interna que le sustente y dé forma definida y constante, es fácil presa de las fuerzas de destrucción.

Y de las más profundas raíces de nuestro ser colectivo, se eleva el clamor de una suprema urgencia nacional: la de los jefes. Urgencia que clava en el ánimo de los que—atentos a las pulsaciones de la Patria- nos duele México, un puñal de zozobra.

Esta masa excesivamente gelatinosa del México actual solicita—con apremio impuesto por graves peligros- la reconstitución de un esqueleto social, integrado por vastas “élites”, bien distribuidas en nuestro territorio y en lo que hace a la división del trabajo social. Su función ha de ser vertebrar a este pueblo que, por otra parte y a despecho de los pesimistas y de los renegados, es “generoso y de subida calidad”. Que sólo está esperando, para proyectar exteriormente sus ricas reservas operativas, como un preámbulo necesario, la vertebración que le imprima la requerida consistencia intrínseca, para que viva sin deficiencias de estructura y de fisiología su organismo.

Las condiciones de éste ya no permiten que se perpetúe el gran caciquismo nacional de los retóricos, de los líderes, de los audaces, de los improvisados, de los sindicalizados en el FUL, de los Arquímedes de palancas gubernamentales.

Debemos, pues, laborar, porfiadamente, para hacer que surja la nueva e imprescindible clase directora del país, esa aristocracia de la virtud y del talento que preconizó Iturbide, fundamentalmente hija de sus obras. Una aristocracia que justifique su nombre etimológicamente, que entienda la jefatura no como una utilitaria posibilidad de esquilmo, sino como una austera función de servicio. Ya lo dijo el Jefe de los jefes: “El mayor de entre vosotros, pórtese… como sirviente”… “Yo estoy en medio de vosotros como un servidor”. Y a su ejemplo el que ejerce en el mundo la suprema jefatura visible, el Papa, se llama a sí propio: “Siervo de los siervos de Dios”.

Con una generación que entienda así las jefaturas, podrá articularse el esqueleto ya no óseo, sino férreo que pide México para perdurar dignamente en la Historia.

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