Jardín, Flor y Elixir de la Urbe

Identificador: DM-469.
Publicación original: Novedades, 9 de diciembre de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: jardines, urbanismo, ciudades, tradición, naturaleza, vida comunitaria.
Ilustración de Jardín, Flor y Elixir de la Urbe

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

En las grandes extensiones urbanas que son las ciudades, tienen los jardines el encanto de la memoria presente del campo. Allí está el verdor de la grama, la bizarría de las plantas de ornato, la cromática alegría de las flores, el murmullo de las hojas que platican amorosamente con el beso del viento. En ellos se manifiesta el tono de las variaciones estacionales, y las voces de la tierra, que sabe tener clamorosos silencios de meditación. Y pájaros, y flores, y niños, que son las señales con las que la vida anuncia perennemente su inagotable y maravillosa fecundidad. En los jardines suele estar también el principio y el fin: retoños y niños; hojas secas y ancianos.

Es la función de los jardines la de ser solaz, ornato y terapéutica de las ciudades. Y entre nosotros, fueron siempre los jardines –junto con la plaza de armas, el templo y las casas municipales- algo tan imprescindible en nuestras poblaciones como el azul del cielo y los huacales de nuestros indígenas en el campo. Eran los tiempos de las serenatas; de los árboles que movían solemnemente su tronco de austeridad señorial; de las bancas en las que quedaba olvidado un poco de dulces y de fruta horneada. Los tranquilos tiempos del suave reposo cuando en los atardeceres se iban los novios de charla muy lenta hacia los jardines. Los tiempos pulcros en que las familias todavía sabían tener “el gusto” de saludarse y hacer cita en ellos.

Aquellos jardines de nuestros abuelos –oro en el corazón, polvo en las ramas- fueron en cierta medida expresión de la manera de existir de un pueblo que convivía en unidad común, porque no otra cosa quería decir –como una ecolalia humana, de la dulce tertulia pajarera del crepúsculo- el afecto renovado todos los días en la reunión colectiva del paseo del atardecer. En la reunión que alimentaba los goces de la intimidad comunal, que tenía la lentitud de las aguas mansas, la apacibilidad de un pensamiento alto, hermoso y sereno.

Hoy hemos dado en la flor de cambiar la fisonomía de nuestros jardines. Un urbanismo de mal entendida modernidad nos los ha con frecuencia alterado por el afán de imitar -¡hasta en esto!- foráneos estilos.

En efecto: los jardines de los países nórdicos, con árboles escasos, con la uniformidad predominante de prados, senderos y ramblas distribuidos con una geometría excesivamente simétrica, han sido y siguen siendo artificialmente implantados en nuestras urbes. Y ya los vemos por todas partes tendiendo bajo el cielo su manto verde en los sitios en que antaño los álamos despertaban todas las mañanas para oír las campanadas de la primera misa.

Y es que se pierde el sentido de la realidad junto con el de la autenticidad. Nosotros tenemos que cubrirnos con nuestros árboles del exceso de sol que en otras latitudes piden las ciudades con el clamor abierto de sus jardines desnudos de arbolado. Así los necesitan ellas. Nuestra exigencia, lo que reclama nuestra ubicación geográfica, es lo otro: jardines en los que sea dable, sí, retozar bajo las saludables caricias solares; pero en los que al propio tiempo se extienda, ancho y abundoso, el dosel amparador de las frondas. Dicho en términos del viejo romance: junto a “la chica yerba del prado”, la sapiente disonancia del “árbol muy granado”.

¿Por qué, pues, copiar lo que, si en otras partes está bien, dista empero de satisfacer nuestras verdaderas exigencias?

Devolvamos a nuestros jardines su genuino perfil. Hay en ello, inclusive, un reclamo del espíritu, que muchas veces requiere de la umbría para hacer una pausa y volver después a retomarle el gusto al prado y la vereda soleados.

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