Invitación al Humanismo

Identificador: DM-421.
Publicación original: Novedades, 27 de agosto de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Jaime Castiello, humanismo, Compañía de Jesús, universidad, juventud, Xavier Ortiz Monasterio, Héctor González Uribe.
Ilustración en blanco y negro de Invitación al Humanismo, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Ante el fenómeno actual de deshumanización del hombre y de la cultura, nada cobra tanta eficacia rectificadora como el ejemplo de quienes saben vivir dentro de la modernidad y dentro de los quehaceres de la inteligencia de un modo diáfano y medularmente humano.

Eso, ni más ni menos, puede decirse que fue una de las más extraordinarias facetas del fecundo apostolado que en vida realizó Jaime Castiello, que era al morir uno de los más brillantes hijos de la Provincia mexicana de la Compañía de Jesús, una verdadera y gigante promesa para la Patria y para la Iglesia, tronchada de súbito por un accidente que dejó sin maestro y capitán a los fogueados escuadrones universitarios que a la sazón daban la más recia pelea por la libertad de nuestro más alto instituto de cultura.

“Murió Jaime Castiello. Murió trágicamente, inexplicablemente, en la plenitud de su existencia. Pero quedan su espíritu y su mensaje, que hoy como ayer tienen validez y vigencia. Hoy también hay una juventud universitaria anhelosa de saber. Busca la verdad y el bien. Busca, sobre todo, hombres que por su ciencia, su desinterés, su devoción a la causa, puedan servir de guías y modelos”.

La verdad que encierran estas palabras prologales de Héctor González Uribe es la que da actualidad al estupendo libro biográfico que Xavier Ortiz Monasterio ha publicado encabezándolo con el propio nombre del inolvidable Maestro y Guía de la Juventud Universitaria, según reza el subtítulo; maestro y guía cuya presencia “en el ambiente de las luchas e inquietudes universitarias de hace algunos años fue como una viva llamarada que anunciara un grande y decisivo incendio”.

Este libro, concienzudo en la semblanza, objetivo en sus enfoques, meduloso, sin brizna de esa hojarasca intrascendente que suele colarse en la literatura biográfica, es en verdad la admirable estampa que a la altura del personaje estaban debiendo México y los universitarios mexicanos; estampa a la que se puede augurar el más rotundo de los éxitos si, a nuestro modo de ver, se le hace objeto de una publicidad adecuada y estratégicamente dirigida.

Porque lo cierto es que el imán de Castiello le supervive. Y ese imán, excepcionalmente revivido en estas páginas, sigue ejerciendo su poderoso, cálido magnetismo humanístico, Porque la sola figura de Jaime Castiello es una invitación persuasiva al intenso, cordial y armónico humanismo que él vivió. Lo mismo durante los juveniles días escolares en el “viejo Stonyhurst”, el ilustre instituto jesuítico de la vieja Inglaterra, que en los largos años de su formación dentro de las aulas de la Compañía y en su paso por claustros universitarios de la más brillante tradición europea y norteamericana. Y lo mismo en el postrer capítulo de su vida, durante el generoso apostolado batallador y andariego con que surcó el mapa de su México, tan entrañablemente amado por él en su dramática, azarosa y contradictoria complejidad. En todo esplende y gana el espíritu esa contagiosa simpatía humana siempre presente.

He aquí su gran postulado: “A fin de ser cristiano, primero hay que ser hombre”. Ello lo lleva, puntualmente, a aquella otra fórmula, realista y humanísima, en que concretó el gran objetivo con que buscaba coronar todo su prolongado, preparatorio atletismo cultural y espiritual de leal y valiente caballero de Cristo: levantar la Jerusalén celestial con adobes mexicanos.

Eso es lo que explica el admirable consorcio que en su espíritu obtuvieron la tradición y la modernidad; el rigor de lo filosófico y las exigencias de lo científico; las disciplinas del estudio y las realidades vitales; el aprecio y vivencia de los valores del orden natural y los del orden sobrenatural. Capaz de titánicas tensiones para los logros intelectuales, no perdía por ello su ingénita, despierta sensibilidad ante las cosas externas. Por ello se abrasaba tan fácilmente en la llama de la verdad como en la llama de la belleza. La consideración del gran principio teológico o filosófico sacudíale y embargábale otro tanto que la seducción del paisaje y que la gracia y frescura del folklore, o que el drama, conmovedor en su unicidad intransferible, de una conciencia.

Y es por ese vibrante humanismo auténtico que pudo ser otra cosa que parecería trivial y poco menos que indigna a los ojos del espíritu de suficiencia de la soberbia libresca: cantador y poeta. Cantador empedernido al compás de la mexicanísima guitarra. Poeta que cantó lo mismo a Nuestra Señora de la Metafísica que a Nuestra Señora de las Máquinas o al santo hermano en religión que México venera en el padre Pro y a quien fraternamente evocaba:

“Juglar te conocí… Juglar de Cristo.
Tu risa alborozada
resuena aún entre los verdes pámpanos
junto a las claras fuentes de Granada.
Juglar te conocí… Y eran tus coplas
nuestra franca alegría
cuando –guitarra en mano- El Tecolote
cantabas con bizarría.
Juglar te conocí… Juglar te quiero.
No te quiero solemne y enlutado,
presidiendo una tétrica asamblea
desde un trono de estuco embadurnado.
Fuiste nuestro juglar… Siempre así sea.
¡Dios nos libre de verte compungido,
en un santo de palo convertido!”

Caballero y juglar de Cristo en su ardiente apostolado de la inteligencia, hay que subrayar el voto por que “la proyección de Jaime Castiello se alargue indefinidamente en los campos que tanto amó y que surjan muchos seguidores de su ejemplo e intérpretes de su doctrina alentadora y fecunda”.

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