Introspección Católica
Publicación original: Novedades, 31 de enero de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: misa, liturgia, familia cristiana, gracia, formación religiosa, participación de los fieles.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
“La unidad de la sociedad cristiana es la familia –sigue diciendo el Cardenal Lercaro. Es como una familia que deberíamos participar en la misa: una familia con nuestro Señor como cabeza. “Orate Frates”, dice el sacerdote. Pero habla a una multitud de extraños, cada uno de los cuales está absorbido en su propia actitud y piedad, siguiendo “su” misa más bien que “la” misa, sinceramente convencido, con toda probabilidad, durante todo ese lapso, de que ha obrado bien si es que ha logrado disipar todo pensamiento respecto de aquellos que oran junto con él”.
Pero hay otras situaciones aun más lamentables. Existe un numeroso tipo de feligreses que pasan una “tediosa media hora en la iglesia mientras allá a lo lejos, en un altar, un hombre extrañamente revestido se mueve y murmura durante una ceremonia de la que ellos no entienden nada. ¿Por qué van a la iglesia, entonces? ¿Por qué piensan que es una obligación pasar media hora antes de la comida dominical en un estado de aburrida, pasiva e incomprensiva asistencia al templo? Si es así, lo sensato sería averiguar la significación de lo que está sucediendo en el altar, la razón impulsora por la cual están empleando esa media hora particular de sus vidas en la iglesia y el influjo que ese acontecimiento debería tener en el resto de su tiempo”.
Las anteriores palabras se prestan a consideraciones por demás graves y trascendentes. Lo hemos dicho alguna vez y lo repetimos ahora: la historia de los últimos siglos habría sido por cierto muy diferente si la multitud en general de los cristianos hubiese vivido un índice más alto de lo sobrenatural. Igualmente, la historia por escribirse depende, más que de cualquier otro factor –por importante que sea- del enanismo o de la altura de ese coeficiente de sobrenaturalismo efectivo en cristianos que abran constantemente y de par en par las ventanas del espíritu a su acción transformadora. Esto es obvio para cualquiera que –nombrándose católico- no ignore la decisiva dinamia de la Gracia para la transfiguración y ennoblecimiento y fortaleza y ordenación interior así del individuo como de las sociedades.
Claro que, de todas maneras, siempre maravilla el hecho de cuántas veces la Gracia supera misericordiosamente nuestra miseria. Porque para el observador atento, determinadas y nobilísimas expresiones de la vida cristiana –a pesar de las obvias deficiencias de los cristianos- no se explican racionalmente por meras casualidades psicológicas naturales. El dato, desde luego, está haciendo esplender el positivo carácter sobrenatural de la Iglesia y revela elocuentemente la acción de Dios en ella.
Pero ello, puntualmente, no debe ser razón que impida el tratar de poner condiciones las más favorables posibles al humano concurso a la Gracia, sin el cual ésta no puede transfigurar las almas y –al través de ellas- las civilizaciones y la Historia toda.
De esas condiciones hay algunas que merecen hoy día subrayado especial. Por un lado, lograr el abatimiento del laicismo de la vida pública y alcanzar la plena libertad de la Iglesia –tan menoscabada en tantas sociedades católicas contemporáneas- para que ésta pueda avocarse con toda eficacia al cumplimiento general de su misión. Por otro, es ahora forzoso un esfuerzo extraordinariamente intensivo de ilustración de grandes muchedumbres en los dogmas que profesan; en las normas que de esos dogmas se derivan para la diaria conducta en lo individual, en lo familiar y en todas las facetas de lo social; en lo que se refiere especialmente al contenido sobrenatural de los sacramentos y la liturgia para que sea posible su participación comprensiva y adecuada por muchos que, sin dejar en cierta medida de ser cristianos, lo son anémicamente, en parte por la viciada atmósfera laicista –que es un ateísmo hipócrita pero muy efectivo- y en parte por su tremenda ignorancia religiosa.
En este renglón, mucho y muy valioso y meritorio se ha hecho en los últimos años. Pero pensamos que es notoriamente insuficiente y que hay que evitar que se nos pueda aplicar con justicia aquella triste sentencia del “demasiado poco y demasiado tarde”. Y entre otras cosas, creemos que las circunstancias apremian de manera singularísima a lograr en muy grandes proporciones del pueblo cristiano una mayor y en muchos casos siquiera una mínima comprensión de eso que es lo cotidianamente más excelso que se cumple sobre la haz de la tierra: la Misa, centro de la liturgia y manantial verdadero de la vitalidad de la Iglesia.
Hasta qué punto, verbi gratia, un mayor empleo de las lenguas vernáculas y aun alguna modificación en las partes no esenciales de la Misa pudiese ayudar a hacerla más vívida por la multitud cristiana, materia es que nos parece importantísima y sobre la que Roma dirá su palabra de decisión en uno u otro sentido. Pero hay ciertas medidas que piden ser desde luego puestas en juego. Una de ellas podría ser quizá una práctica uniforme de dirección en alta voz del pueblo asistente a Misa, realizada por persona calificada para ello: obviamente, un eclesiástico. Aunada a la popularización efectiva del misal bilingüe, esa dirección autorizada, por sí misma cumpliría al mismo tiempo una misión general de enseñanza y una tarea de recuperación de ese sentido corporativo original de la Misa a que se refiere el Cardenal Lercaro, de su intención solidarista de hermandad sobrenatural de los fieles cristianos entre sí y con el sacerdote oficiante en la ofrenda de la Sagrada Víctima y en la participación más abundante de Sus méritos.
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