Interrogaciones del Año

Identificador: DM-334.
Publicación original: Novedades, 3 de enero de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: México, economía nacional, electoralismo, clases dirigentes, civismo, 1955.
Interrogaciones del Año

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

He aquí unas cuantas de las que 1955 trae repletas sus alforjas para México:

¿Hasta cuándo seguiremos siendo un país exageradamente exportador de materias primas, incluyendo la exportación de materia prima humana?

¿Llegará alguna vez el día en que tratemos en serio de alcanzar la autosuficiencia de nuestra economía que es asequible en las condiciones contemporáneas?

¿Por cuánto tiempo durará la plaga nacional del electoralismo?... ¿Por qué sus usufructuarios no prescinden al menos –para descanso suyo y del pueblo- de la costosa e inútil tragicomedia, designando sin tapujos a los que de todas suertes han de ser favorecidos con el cargo público?

El aislamiento, la desarticulación, los mezquinos pleitos entre la gente de orden, ¿no tendrán pronto remedio? ¿Contribuirá todavía su falta de organización y de sentido social a la falta de represas eficaces contra la inundación de las aguas negras de la antipatria que ha hecho del país un botín de mesnaderos?

¿Las personas responsables y constituidas en dignidad, darán a la nueva generación lo que le deben, a saber: un ideario claro, valiente, verídico y tradicional que encierre las esencias ideológicas de la Patria y muestre los caminos de su supervivencia y grandeza?

Lo que nos queda del naufragio de nuestras clases directoras: restos de las “buenas familias”; maestros honrados y competentes; intelectuales no contaminados por el oro, ni por la estrategia de café, ni por el prurito libresco; capitanes de empresa que saben trascender las estrechas miras del lucro, aunque éste sea legítimo, y tienen la visión del alcance nacional de sus responsabilidades; los dirigentes obreros de manos limpias, genuinos servidores del trabajo y –antes que de éste- de la Nación; el clero que se sienta continuador del impulso apostólico de los misioneros que a México forjaron, y de la defensa integralista de los principios católicos al modo egregio, digamos, de don Clemente de Jesús Munguía; los funcionarios públicos ajenos a compromisos y mordidas; todos, todos ellos, ¿darán de sí más clara noticia para la reciedumbre notoria y la congruencia ejemplar de la palabra y la conducta con aquello precisamente que cada uno significa o debe significar dentro del cuerpo social?

¿Seguirá habiendo gente que se estima de bien y hasta representativa de ello, especializada por una parte en exaltar los pequeños aciertos de los malos disimulándoles el nocivo desacierto de fondo que radica en sus actitudes y programas esenciales; y por otra en dar de puñadas y puntapiés a los del propio campo que aciertan en lo mucho y trascendental, pero que incurren en el delito de hacer o decir algo que no se acomoda con sus gustos, sus tácticas de colaboracionismo o sus intereses personales?... Ese oficio de verdadera “quinta columna” dentro de las filas del bien, ¿nunca acabará? ¿No tendrá fin rápido esa regalada complacencia e indulgente simpatía para los contrarios, en pasmoso contraste con el áspero rigor y la “excomunión” de hecho fulminada contra los más auténticos servidores de la Verdad, que quisiera convertir a éstos en algo así como “herejes vitandos”, parias y cenicientas dentro de su propio hogar?

Estas y otras que podríanse añadir por el mismo tenor, entrañan, realmente, la grande, la abrumadora interrogación nacional: ¿serán los signos de 1955 positivamente propicios y darán a México augurios objetivos de su triunfo final contra las fuerzas externas e internas que persisten en su obra de empobrecerlo materialmente y de desmoronar el alcázar que guarda sus todavía grandes tesoros morales?...

El que sepa responder esto en sentido afirmativo, no aguarde a que la Esfinge interrogadora se suicide como en el episodio mitológico: tome la espada y mátela. Sólo una gran decisión y un enérgico obrar serán capaces de despejar la ruta histórica de nuestro pueblo, digno por más de un concepto de aquella sentencia que el cantar de gesta aplicara al Cid: “¡Dios, qué buen vasallo si hubiera buen señor!”…

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