Independencia y Mundialismo
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: independencia, mundialismo, Estado, política internacional y soberanía.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
En estos días septembrinos nada hay más saludable y más actual que recordarnos a nosotros mismos los fueros, los legítimos atributos de nuestra independencia. Pero ello, si ha de tener interés vivo, ha de hacerse más en función del hoy que del ayer. En vista de los signos históricos de nuestro tiempo.
Y entre éstos, quizá el dato sobresaliente es que, de manera positiva y literal, se está disputando hoy el dominio del mundo. Y que, por eso mismo, nos asuela una doble turbonada de malsano internacionalismo, que puede dar en tierra con la autonomía de quienes no disponemos de fuerza física para hacerla respetar de los colosales poderes de esta hora. El internacionalismo soviético quiere arrollar las nacionalidades para, sobre sus ruinas, edificar el Estado mundial dizque proletario. El otro internacionalismo, liberal capitalista, verosímilmente nos llevaría al efectivo predominio de una nación con detrimento de la autarquía de las demás.
El “mundialismo” soviético es repudiado con violencia por cuantos tienen dos dedos de frente y en él ven el naufragio de toda libertad. Del otro “mundialismo”, con posibilidades poco menos que inmediatas de realización en la zona de influjo político en que estamos situados, no se advierten con la misma claridad las seguras consecuencias liberticidas.
Pero lo cierto es que esta segunda tendencia se va haciendo cada vez más explícita y nos habla de que la Historia se encamina, por fatal evolucionismo, por la fuerza inescapable del “progreso”, a la desaparición de las nacionalidades y, por consiguiente, de las correlativas independencias. Nos dice que oponerse a esta ley del progreso equivaldría a un verdadero reaccionarismo; y que es bueno y provechoso ir preparando el espíritu individual y el colectivo para esa inminente, próxima etapa del hombre. Insisten, sobre todo, en que es palmariamente falso y científicamente desacreditado el viejo concepto de la independencia absoluta de los Estados nacionales.
Necesario es despojar a todo esto de su vano ropaje pseudocientífico.
Cierto que se aludía a una falsedad notoria cuando se nos hablaba –en los discursos “fin de siglo”, en los antiguos tratados de Derecho Político, en las cartillas de instrucción cívica- de la independencia absoluta de la Nación. Ello no era más que la expresión hacia el exterior de aquella soberanía sin límites que el liberalismo le asignó al Estado. En cambio, la tesis verdadera hubo de declararla –hace cuatro siglos- un fraile dominico: Vitoria. Con breve sencillez, precisó: “Los hombres son de naturaleza eminentemente limitada... se necesitan unos a los otros para poder emprender las labores que les impone su naturaleza... Asimismo las naciones, cada una necesita de las otras”. De esto, lo que se infiere no es que las naciones y su legítima autonomía deben desaparecer; sino que se deben recíproca ayuda, y que la independencia de cada una se halla limitada por la interdependencia de todas, por el BIEN COMÚN del conjunto internacional.
Pero esta inferencia tan obvia es ignorada por el “mundialismo” de que venimos hablando. Y es que aquí entra una vez más en juego el virus de los principios totalitarios liberales, llevados a sus últimas y planetarias consecuencias. Esto requiere para muchos una explicación que trae a cuento una historia y unos principios infortunadamente olvidados:
Cuando el Estado absolutista liberal triunfó en todos los planos, con mayor o menor intensidad consumó en cada nación –por cierto que también en nombre del “progreso”- una nefasta labor centralizadora contraria a la naturaleza de las sociedades, a su espontáneo desarrollo vital. Ese Estado absolutista –en nombre de su ilimitada soberanía- acabó criminalmente con los diversos grupos infranacionales preexistentes, o, al menos, con su legítima autonomía. Se trataba de que nada pudiese hacer sombra al poder central despótico. Diéronse entonces golpes de muerte a la Familia y a su estatuto jurídico tradicional, a los Municipios y sus libertades; a las corporaciones que encauzaban orgánicamente las diversas actividades sociales, y, finalmente, a las regiones en su calidad de personas morales con fueros nativos o consagrados por un Derecho consuetudinario secular. Toda aquella antigua, espléndida floración natural de agrupaciones elaboradas por el hombre, y que se jerarquizaban armónicamente en la Constitución tradicional de los pueblos de Occidente, pereció o quedó desvitalizada y anémica ante la brutal tiranía centralizadora. De ello hay notorios ejemplos, así en Europa como en América.
Y aquí cabría preguntar: para la perfección y eficacia de cada Estado nacional, ¿era forzoso y legítimo debilitar la constitución de la familia; reducir al municipio a un simple término territorial gobernado por una delegación del poder del centro, desconociendo así su personalidad natural; hacer otro tanto con las regiones, y aniquilar la asociación profesional de los gremios...? Ni forzoso ni legítimo. Lo primero, porque no se necesitaba desconocer los derechos ya existentes sino coordinarlos en una unidad superior, la del Estado, que puntualmente sólo se justifica en cuanto –al través del Bien Común- defiende y promueve tales derechos. Lo segundo, porque el verdadero bien común, que es la gestión específica del Estado, no es opuesto a los bienes particulares, antes los supone y hace más fácilmente asequibles.
Del mismo modo, el gobierno supernacional es meta que, ciertamente, debe alcanzarse. Pero el mal camino para ello sería empezar por negar el perfil de cada grupo nacional, su personalidad indiscutible con los derechos a ella anexos. Estos derechos, en las relaciones con los demás grupos nacionales, se manifiestan, globalmente, en eso que hay que insistir con tenacidad en seguir llamando con la voz consagrada: INDEPENDENCIA.
14 de septiembre de 1953
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