Subjetivismo Patológico
Publicación original: Novedades, 20 de mayo de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: subjetivismo, psicologismo, arte, literatura, teatro, cine.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Hay que denunciarlo, una vez más. Estamos hoy, en arte, enfermos –entre otras cosas- de subjetivismo, de psicologismo. Se echa de menos un balance saludable, humano, natural, entre la objetividad y la subjetividad artística. Sobra gente que abre bocas como zaguanes cuando en los escaparates de librerías o en las carteleras de teatros y cines se le anuncian novelas o piezas o películas “psicológicas”. En esa actitud, hay casi siempre novelería indocta. Pero no es raro que se trate igualmente de enfermizos complejos que afloran al estímulo de tal género de argumentos.
Lo grave es que, como acaece en el organismo con el reiterado consumo de malas bebidas y malos manjares, también el “consumo” de ciertas producciones del arte, si es muy repetido, echa a perder el gusto y puede en ocasiones dañar –incluso en forma grave- las funciones anímicas.
Esta última posibilidad se torna singularmente peligrosa cuando se trata de ese agente tóxico del “psicologismo”, sobre todo a medida que el arte es de índole más difusiva y popular. La poesía, la música, la pintura, y, sobre todo, el teatro, la novela y su frecuente reflejo escénico que es el cinematógrafo, son los que por su propia condición alcanzan el fácil favor de las multitudes. Es en estas últimas artes en las que más trabaja el veneno, obrando sordamente, con traicionera marrullería, en la psiquis individual y colectiva tal y como acaba de ponerse en evidencia en México a propósito de la muerte de un célebre actor con la sabida demostración de histerismo multitudinario que ha sido un afrentoso bofetón para la seriedad y la virilidad que siempre se habían reconocido en el carácter mexicano.
En el tipo de producciones de que ahora nos ocupamos, no es lo peor, consideradas en sí mismas, que expresen una mera manía censurable y de éxito más o menos transitorio, sino el modo de enfocar lo psicológico al través de un trascendentalismo aberrante: en función de análisis e introspecciones morbosas de la vida anímica, que suelen llegar hasta la más absurda estupidez e irrealidad. Complejos y pasiones que en el mayor porcentaje se sitúan francamente dentro de la zona de lo patológico, brindan los temas favoritos. Y con un poder sugestivo tal, que los mismos protagonistas suelen tener que cederles el primer puesto en importancia dramática para quedar sólo en la inferior categoría de meros pretextos argumentales.
Hay así, en cierta literatura y cinematografía del momento, un latido de insania, e incluso ráfagas de perversidad que llegan a lo declaradamente demoníaco: fenómenos de subconsciencia, desdoblamiento de personalidad, delirios de la imaginación visual y auditiva, en un torbellino de aquelarre al que apuntalan, aquí y allá, breves, fugitivos islotes de realidad que sólo sirven para atrapar al lector o espectador en las mallas siniestras. Y ayudando en el innoble empeño, todos los sutiles, sublimados recursos contemporáneos de lo literario o de lo escenográfico.
Hasta eso hemos llegado por obra de una lenta conversión, de un paulatino repliegue del hombre sobre sí mismo, desde el Renacimiento y desde el Idealismo filosófico.
Quiso el hombre quitar a Dios del centro del universo físico y moral, y erigirse en medida y razón de todas las cosas. Ahora sufre el resultado de su soberbia: primero, desengañarse de un mundo que, sin la pulsación de lo divino, le resulta hostil; después, perderse y aniquilar su propio ser en los vericuetos satánicos de una locura psicologizante. Bien lo dice ese personaje –que por arquetípico otra vez citamos- de Aldous Huxley: “La Naturaleza y todo lo que me la recuerda, me conturba… Por eso viajo siempre en el Metro subterráneo y evito cuando puedo el autobús. Porque viajando en autobús no se puede evitar, ni en Londres, la presencia de alguna obra de Dios perdida por ahí: el cielo, algún árbol casual, las flores de las ventanas. Pero viaje usted en Metro y no verá sino obras del hombre: hierro forjado en formas geométricas, líneas rectas de cemento armado, extensos espacios cubiertos de ladrillos simétricos. Todo ello es humano… Y guárdenme de la Naturaleza como de todo lo que es inhumanamente grande, complicado y oscuro. NO TENGO VALOR, y sobre todo no tengo tiempo para andar errabundo por tal laberinto…”.
¡El antropocentrismo, el psicologismo decadente no sabe ver la inefable sonrisa de Dios en la pulcritud virgínea de un pétalo! ¡No sabe ver la fuerza, la invencible Bondad de Dios –última triunfadora del Diablo- en los heroísmos de la Virtud, flor verdadera y exquisita del mundo psicológico!
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