Iberoamérica, la Tercera Posición y los Estados Unidos

Publicación original: Novedades, 9 de noviembre de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Iberoamérica, política internacional, soberanía y tercera posición.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Ante ciertos comentarios en relación con sucesos recientes en el panorama internacional, impónese afirmar rotundamente la estricta vigencia de la Tercera Posición como actitud de contenido espiritual y social neto y diferenciado, y en cuanto actitud política definidamente autónoma.

La Tercera Posición ha sido propugnada oficialmente con este nombre –según nuestras noticias- sólo por el actual régimen argentino. Sin embargo, otros gobiernos, lo mismo de América que de Europa, y aun en un sentido amplio pero válido, de Asia, así como algunos del mundo árabe, han coincidido en la substancia de la Tercera Posición, que estriba en el repudio de ese falso dilema en que se ha querido encasillar a todo el planeta: el dilema entre el dizque Oriente –que pretende representar el Soviet- y el dizque Occidente –cuya representación se han arrogado unilateralmente los Estados Unidos.

En realidad, la Tercera Posición viene a ser una corriente en crescendo en la que convienen cuantos en todo el mundo no aceptan al colectivismo comunista ni al capitalismo liberal individualista como soluciones de la presente crisis del hombre. Por lo que en concreto a países occidentales se refiere hay que decir que ese estado de espíritu es el de millones de europeos, no obstante el signo capitalista o comunista de algunos de sus respectivos Estados. Y que, por otra parte, de este lado del Atlántico, ese también es el sentido de opinión general de los pueblos de Iberoamérica, a despecho de lo que ciertas publicidades –unas oficiales, otras de fuente capitalista- afirman de continuo.

Ahora bien, esta gran corriente de opinión ha hecho manifiesta su voluntad de paz y concordia internacionales superando el absurdo dilema aludido. Naturalmente que ello ha sido de acuerdo con el matiz peculiar que en cada caso imprimen por fuerza las diferentes circunstancias, entre otras las geográficas. Si en Europa, verbi gratia, por la previsión de ciertas innegables posibilidades bélicas pueden tener sentido pactos de índole militar como el recién firmado por España y los Estados Unidos, pongamos por caso, en Iberoamérica, en cambio, algo semejante resulta artificioso y sin sentido, y ofrece, por el contrario, un evidente e inmediato riesgo para la soberanía de nuestros países.

Pero en uno u otro caso, salta a la vista que por parte de quienes no comparten la tesis liberal capitalista norteamericana ha habido un sincero deseo de entendimiento –a trueque de que se les respete su peculiar signo ideológico- con los Estados Unidos. Y esta voluntad de pacífica convivencia y relación ha persistido a pesar de la injusticia y de la infortunada hostilidad con que la política exterior yanqui se ha manejado respecto de regímenes o fuerzas políticas que así en Europa como en Asia o América han querido mantener la autonomía de decisión de sus pueblos, tanto en lo interno cuanto en lo atañedero a los problemas de carácter mundial.

Ha llegado a ser sobrado patente ese sincero ánimo de entenderse con la principal potencia anglosajona –sobre bases de mutuo respeto, insistimos- en los integrantes del grupo iberoamericano. Ello explica, entre otros factores, el que, sobreponiéndose a todos los poderosos influjos adversos, Milton Eisenhower, hermano y enviado personal del presidente norteamericano, durante su reciente viaje por Sudamérica hubo de declarar, como nadie ignora, que veía como muy naturales y beneficiosos para el continente los pactos de unión y complementación económica que han comenzado a firmarse entre los pueblos de Iberoamérica.

Ello, ni más ni menos, significa reconocer que la gran revolución iberoamericana que empieza a realizarse para mejorar la condición de vida de nuestros pueblos, para afirmar su perfil espiritual y cultural, para afianzar su soberanía y dar peso y robustez a su acento en los debates mundiales, de ningún modo lleva consigo un siniestro designio antinorteamericano –como pregonan a tambor batiente los conocidos voceros del imperialismo- sino, sencillamente, el cumplimiento de un proceso orgánico espontáneo de reestructuración conjunta, en función de legítimos imperativos de sangre, de pasado, de valores e intereses –todos ellos comunes-, y ante las exigencias obvias e ineludibles de esta coyuntura histórica.

Precisamente el ambiente en que se desarrolló el viaje del hermano del primer magistrado estadounidense ha influido, por ejemplo, en la notoria mejoría del “clima” de las por largo rato difíciles relaciones yanquiargentinas. Sin embargo, y aquí vienen a cuento oportunas aclaraciones, ello, como en todo otro caso de pacífico y digno entendimiento de quien sea con la potencia norteamericana, de ningún modo quiere decir que se pretenda consumar el abandono de las propias y esenciales actitudes: en este caso, por parte de la nación platense, la de la Tercera Posición. Al revés: la confirma, ya que la jugada de acercamiento ha partido del otro lado del ajedrez político.

Y ya que aludimos al caso de Argentina, al comenzar una deseable cordialidad con Norteamérica, el país hermano del sur sigue ciertamente tremolando, como antes, la bandera de la Tercera Posición, y en lo continental, mantiene la supremacía de interés otorgada desde siempre al ideal iberoamericano como condición necesaria de una justa y equilibrada política general interamericana.

Porque hay que puntualizar, una y otra vez, que el entenderse o mejorar las relaciones con otra entidad de diverso signo cultural e ideológico, de ninguna suerte lleva implícito el cambio de bandera. En la última contienda, las potencias capitalistas se entendieron con Rusia en contra del Eje. Y piénsese como se quiera de esa alianza, a nadie se le ha ocurrido decir que por ello los aliados capitalistas o la Rusia soviética abandonaron su respectiva bandera y plataforma ideológica... ¿Cómo, en cambio, decirnos ahora que el pacto España-Estados Unidos y la mejoría de relaciones yanquiargentinas están revelando la imposibilidad de la Tercera Posición, a la que con un lamentable dejo materialista se tilda de ensoñación juvenil de una manera hipotética?

La actitud conciliatoria de Milton Eisenhower, en el caso argentino, y el plegarse a pactar con el régimen vitando y proscrito de Franco, ¿no están más bien hablando de la victoriosa objetividad, de la firmeza de una posición –precisamente la Tercera- mantenida con escueta dignidad a pesar de todos los pesares?

9 de noviembre de 1953
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