Humanismo Hispánico III: Nuestro Arquetipo Humano
Publicación original: Novedades, 29 de agosto de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: hidalguía, virtudes, fortaleza moral, humanismo, Hispanidad, cristianismo, liberalismo y comunismo.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
III. Nuestro Arquetipo Humano
¿Podríase tipificar en algo concreto y visible el ideal humanista de la hispanidad? Ciertamente que sí, y ello tiene importancia suma porque ilumina y precisa ese ideal, y porque asume rango de imán intelectual y emotivo que invita a realizarlo en la vida de cada uno. Esa concreción sería, por supuesto, un determinado arquetipo humano que, por poco que exploremos en nuestra realidad sociológica, echamos de ver que encarna y sublima lo mejor de los ideales caballerescos. Nos estamos refiriendo a esa condición humana, superior y excelente, que con vigor tan certero se designa en español con la voz “hidalguía”.
Esto pudo sonar desusado e inactual en la etapa que se está liquidando, durante la cual se nos endiosó y puso por modelo al “homo economicus”. Ahora, ante el estrepitoso fracaso del mundo levantado por ese hombre, muchas palabras suenan muy diversamente y recobran muchas de ellas su limpia vibración original, su primigenio mensaje humanista en el caso de las que acabamos de emplear. Ese contenido, en última instancia, es lo que importa de veras. Y si nuestro mundo está enfermo de falta de espiritualidad, nada más sensato que volver los ojos a un ejemplar humano que viva sobre todo de las cosas del espíritu, como ocurre con el hidalgo.
Este, en efecto, es una vivencia de valores del espíritu. Y primero que nada, de los más altos entre éstos: los valores morales, que tienen fecunda actuación en esas cosas que llamamos virtudes, cuya misma lingüística lleva implícita la idea de fuerza: vis vir, virtud. Y la fuerza es de ordinario –conviene no darlo nunca al olvido– manifestación de salud, que es lo que falta puntualmente a nuestro mundo. Fuerza. Fuerza moral. O sea, de la voluntad. Fuerza, pues, del espíritu. Eso es ante todo el hidalgo.
Este que juzgamos por arquetipo hispánico, el hidalgo, es un “hijo dalgo”, un “hijo de algo”. Y ahora se nos recuerda oportunamente que “algo”, según aclaran las Partidas de Alfonso el Sabio, “quiere tanto decir… Como bien; por eso los llamaron fijos dalgo, que muestra tanto como fijos de bien”. Hijos de bien. Hijos de buenos. De buenos padres, pero sobre todo –advirtámoslo– de buenos hechos. Porque el sentido nobiliario de la hidalguía –contrariamente a lo que dieron en decir los que nos proponían por dechado al “homo economicus”– antes se finca en las buenas acciones que en la buena cuna. La buena casta, lo bien nacido no engendra privilegios, sino deberes. Ya lo declaraba la sentencia de antaño: “Nobleza obliga”. O lo que igual cosa significa: el noble linaje atribuye obligaciones. El que no las cumple, se “deshidalga”, según decía el lenguaje común; el que las realiza, se mantiene y perfecciona en su auténtica hidalguía, en su nobleza, que identidad hay entre ésta y la virtud. Cervantes, cuando dice por boca de sus personajes que “cada quien es hijo de sus obras” confirma la concepción secular de la hidalguía y la nobleza. Y entre otros muchos, Fernando del Pulgar, el de las célebres loas a los claros varones de Castilla, díjolo asimismo con toda claridad: “E pues queréis saber cómo me habéis de llamar, sabed, señor, que me llaman Fernando e me llamaban Fernando e llamarán Fernando, e si me dan el maestrazgo de Santiago también Fernando: porque de aquel título e honra me quiero arrear que ninguno pueda quitar e también porque tengo creído que NINGÚN TÍTULO PONE VIRTUD A QUIEN NO LA TIENE DE SUYO”… De ahí que al que no hacía obras dignas de su estado y progenitores se le llamaba “hijo de ninguno”.
Esas buenas obras que hacen al hidalgo brotan, como de limpia fontana, del hombre interior. Del amor al Bien. De las virtudes que son necesarias para realizarlo en hechos concretos: antes que nada, del valor, que es hijo de la fortaleza, según nos precisa Alfonso García Valdecasas.
La fortaleza supone una postura decisiva y lúcida ante el problema de la vida y de la muerte. Porque el ánimo osado, en cualquier clase de batallas, sólo es tal cuando lo vivifica no el temor a la muerte sino la certeza de la muerte. Se quiere decir con esto que en toda lucha hay una posibilidad de derrota. Y en toda derrota hay una presencia, más o menos parcial, o bien total, de la muerte. Y la muerte, para el hombre que ha desechado a Dios como explicación del universo equivale —no hay que cavilar mucho— al aniquilamiento, a la destrucción del ser, a las tinieblas de la Nada. Es por eso que el mundo del liberalcapitalismo se consume en el horror a la ascética, la que es, en cierto modo, muerte. Pero muerte de lo que no vale la pena de que viva, de lo que no tiene derecho al ser. De aquello que la robusta personalidad, humanísima y señera, del apóstol del mundo no hebreo, San Pablo, llamó “el hombre viejo”, el hombre violador de la justicia y conculcador de la dignidad y derechos ajenos.
El valor, decíamos, es atributo sumo del hidalgo. Valor para domar y enjaezar las propias malas tendencias; valor para encararse a la malignidad ajena, a la adversa fortuna, a las demasías de los poderosos, a la seducción de la sensualidad, a los peligros de la guerra o a los aún tal vez más riesgosos peligros de la falsa paz como es la que ahora está viviendo el mundo. De ahí las características exterioridades del hidalgo: señorío, que supone el de sí mismo; presencia de ánimo y, contrariamente a la “angustia”, sosiego, de que sólo es capaz “una gran energía en potencia”, plenitud “armoniosa y lograda de dos virtudes: la fortaleza y la templanza”. Valor, finalmente, para dar a las cosas sus nombres verdaderos, a estas cosas que hoy trastornan al mundo y lo amagan de muerte: liberalismo y comunismo. Valor para superarlas tremolando el ideal superior y realmente cristiano de la hispanidad.
Y el toque de perfección y autenticidad: hacer todo ello no con espíritu de deporte, “con la actitud, por tanto, de quien no se juega nada esencial”. Sino con la íntima actitud del hidalgo: con ánimo alegre, sí, pero con gravedad de milicia que se juega la vida al triunfo de una causa. Con pundonor de “buenas obras”, pues es claro que para el combate de veras –tan distante de la futilidad deportiva– importa “más que la fuerza o ferocidad” lo que decía la antigua sentencia: “hombres que hayan naturalmente en sí vergüenza… que la vergüenza veda al caballero que huya de la batalla”… En nuestro caso, aquí y ahora, de la batalla de la Historia, en la que todos debemos poner mano.
Ved aquí la quintaesencia y dechado de un humanismo auténtico integral, que busca realizar al hombre sobre todo en los aspectos superiores de su espíritu: los que dicen relación con el Bien. Sobre el soporte instrumental de la técnica moderna, este arquetipo humano sería lo más valioso para rehacer la vida del planeta, para edificar una nueva Historia signada por el símbolo de milicia y redención de lucha y caridad de la hidalguía: la Cruz-Espada que cifra los valores del mundo hispánico.
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