Humanismo Hispánico II: Nuestro Mensaje Universalista
Publicación original: Novedades, 22 de agosto de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: humanismo hispánico, igualdad, mestizaje, universalismo, Iberoamérica, Filipinas, cristianismo.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
II. Nuestro Mensaje Universalista
Ya fue subrayado de una vez para siempre por Ramiro de Maeztu cómo palpita en la cosmovisión del hombre hispánico ese latido social, presente e implícito en las diversas expresiones de nuestra cultura y de nuestro vivir colectivo, que supone el convencimiento de la igualdad esencial de los hombres. Y esa es la subyacente explicación de que nuestra raza sea una singular raza en la que –como en ninguna otra– lo de menos es lo biológico y lo que más cuenta es lo espiritual.
De ahí que pueda decirse que nuestros pueblos están sellados por el signo de una heráldica del Espíritu, que es la que manifiesta propiamente su hermandad, su familiaridad. Tan hispánico es –si se mira la esencia psíquica de entrambos– el castellano como el filipino; de igual suerte que el catalán, el andaluz o el vascuence lo son tanto como el argentino, el mexicano o el peruano, sean estos últimos criollos, mestizos o aun indígenas netos, si –en cualquiera de las tres hipótesis– por obra de una misma cultura en ellos viven idénticos valores espirituales, hay un igual modo substancial de vida, una pareja visión de la existencia, sin que a ello obsten las marcadas, pero siempre secundarias peculiaridades regionales. Estas, variaciones de un mismo tema, no hacen sino exaltar y hermosear, con su variedad fecunda, el Uno de la Estirpe. Así, la hidalguía, por ejemplo –más de una vez hemos aludido a ello– no es atributo exclusivo peninsular. Ese arquetipo humano que es el hidalgo, en su insuperado perfil, se da asimismo en México, en Chile, en Colombia o en Filipinas. Hidalgos hay en todos los rumbos de la geografía hispánica.
Esto sólo basta para hacer manifiesto cuál sea el contenido básico de nuestro humanismo, que recoge, al través del legado de Roma, los dones mejores del ideal humanista griego, incluso –contra lo que reiteran insidiosos estribillos– el aprecio de lo corpóreo, cuyas excelencias, iluminadas por luces superiores, ha cantado nuestra poesía:
“¡Oh, Cuerpo, manso asnillo,
tan dulce junto a mí por la vereda!
Porque cantar tus alabanzas pueda,
el Señor me conceda
la rima clara y el decir sencillo.
Nunca te engañen, Alma,
en tu ambición de libertad y anchura,
tu insensata locura
y tus vagos anhelos
de ser aire en los cielos
y perfume en la nada del espacio.
No hay perfume sin flor. Nada hay que pueda
vivir en libertad y esencia pura…
Y tú has de andar despacio,
Alma, sobre tu asnillo, tu vereda.
No desdeñes al dulce compañero:
hazlo manso, sumiso y obediente;
témplalo en tus ardores;
brúñelo con dolores
hasta lograrlo puro y transparente
como el cristal.
Volvamos, pues, amigo y compañero,
a una dulce amistad. Basta de guerra
entre los dos hermanos peregrinos.
Llévame, Cuerpo, tú, sobre la tierra,
que yo te iré diciendo los caminos.”
Huelga decir que esa substancia fraternal de nuestro humanismo recibe su savia de la suma, purísima y original ortodoxia de nuestro sentido religioso. Y es lo que da razón de por qué somos nosotros quijotes a lo divino, que no sólo a lo humano. Quijotes colectivos de la Historia. Que no se resignan a que ésta no cumpla su desiderátum providencial de hermandad y salvación de miras universalistas.
Y es por eso, puntualmente, que ese sentido nuestro de la igualdad fundamental de los hombres, vívido en nuestra realidad de todos los días, más que registrado declamatoriamente en proclamas y documentos constitucionales, tiene una clara proyección de mensaje a lo internacional. Si el mestizaje físico y espiritual que caracteriza, en sus grandes líneas, al conglomerado hispánico, es una afirmación viviente de ese sentido igualitario, su lógica inferencia hacia el exterior es la de que los pueblos todos tienen también idénticos atributos esenciales de dignidad, por encima del mosaico de sus diferencias secundarias en nivel cultural, en adelantos técnicos, en potencialidad económica o en poderío militar. La autodeterminación política, el libre y justo disfrute de sus bienes económicos, el derecho a que sea respetado su propio perfil colectivo, sus tradiciones y su carácter nacional y sus metas históricas legítimas, no son privilegio de los pueblos ricos, tecnificados y poderosos, sino de todos y cada uno de los que viven en el planeta. He aquí una obvia trascendencia universal de nuestro humanismo.
Pero hay más aún. Este mismo sentido humanista que hizo posible la realidad mestiza iberoamericana y filipina, nos coloca en una posición singularmente favorable ante el dramático y artificial dilema planteado al mundo contemporáneo: ese falso dilema de Occidente u Oriente. Esa situación es la de poder fungir de puente y eslabón entre uno y otro. El substrato aborigen nos liga claramente a la sensibilidad asiática. El aporte de sangre y cultura iberolusitana, a Occidente. Y pese a ciertos desvíos, la superior vivencia —socialmente y en términos amplios— del fraterno mensaje del Cristianismo nos da autoridad moral para, sin jactancias pero fervorosa y convencidamente, pregonar un programa de convivencia internacional que supere las extremas e inaceptables posiciones del capitalismo y del comunismo, del dizque Occidente y del dizque Oriente. Ese, pensamos, es el papel providencial a que la Historia inmediata está llamando a los hispánicos, muy concretamente a Iberoamérica, lo mismo que a Filipinas, y que sólo podrá realizarse si antes atendemos a ese previo llamado —condición del cumplimiento de nuestros destinos—, que nos está urgiendo a una pronta y sagaz unificación ante las otras grandes fuerzas ecuménicas contemporáneas.
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