Humanismo Hispánico I: Humanismo e Hispanidad
Publicación original: Novedades, 15 de agosto de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: humanismo integral, felicidad, cuerpo y espíritu, cristianismo, Hispanidad, igualdad humana.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
I. Humanismo E Hispanidad
En unas cuartillas periodísticas frecuentemente se ha de eludir el problema de las definiciones rigurosas, y así hemos de hacerlo esta vez. Para el propósito de nuestro tema bastará concretar que, según alguien ha tenido el tino de subrayar, en el fondo de toda inquietud humanista, de cualquier signo que ella fuere, a poco que se analice se tiene que concluir que su meta última no es otra cosa sino eso que, sin rebuscamientos de lenguaje, hemos de designar con la escueta y llana palabra –tan antigua como el hombre, seguramente– de felicidad. Parecerá ello demasiado simple y pobre para el gusto de ciertas corrientes de pensamiento que dijérase no pueden referirse a una idea sin dar inmensos rodeos conceptuales saturados de pesados neologismos tecnológicos. Nosotros, preferimos atenernos a la áurea sentencia cervantina que ensalza la pulcra llaneza en el hablar.
Pues bien, ese señuelo de felicidad, que está implícito en el trasfondo de todo humanismo, es obvio que para tener sentido debe referirse a una felicidad –y perdónese la perogrullada– necesariamente humana. Ello significa que cualquier humanismo, para merecer ese dictado, debe tener en cuenta al hombre en su totalidad ontológica. Parece sobrado evidente que la felicidad del hombre supone el que éste se realice a sí mismo. Y no puede decirse que el hombre se realiza a sí mismo cuando lo logra solamente en uno de sus aspectos y deja inoperante, inactualizada, una categoría, cualquiera que ella sea de sus posibilidades. Hay que considerar, por consiguiente, al hombre en la pluralidad de sus anhelos y exigencias para poder referirse a un ideal humanista integral.
De aquí se sigue que un humanismo valedero no puede ceñirse a la satisfacción de las solas exigencias materiales del hombre. Sería el más mediocre y romo de los humanismos. Fragmentario y por lo tanto, falso. Pero no está de más recordar cómo, algunas veces se ha caído en el extremo contrario. Y si es cierto que no puede satisfacer un supuesto humanismo materialista que nos rebaja al nivel de las bestias, también ha de resultar disparatado el que nos pretenda considerar, verbi gratia, como espíritus puros. No es una felicidad angélica la que podemos perseguir, ni tampoco –si así puede hablarse– una felicidad zoológica. Tengamos bastante con nuestro problema, el que nos plantea nuestra naturaleza, y busquemos –nada más, pero nada menos– la realización de nuestro ser de hombres. Dentro de ese cauce hay delante de nosotros una alegre, una maravillosa e inmensa visión de perfectibilidad que puede hacernos posible una etapa histórica en que el signo no sea –como al presente– la angustia y la contradicción.
Por desgracia, tenemos la impresión de que el defecto mayor de las tendencias humanistas de la modernidad ha sido el situarse, cada una desde distinto ángulo, en una visión fragmentaria del hombre. Y es innegable que hay un riesgo en limitar la música de la vida a una sola cuerda, por más dulce que pueda ser la nota. Si el placer físico en todas sus gamas nos puede alcanzar una cierta dosis de felicidad; si aún es mayor la que puede obtenernos el conocimiento o aquella que nos brinda el disfrute de las creaciones del arte, pongamos por caso, es indudable que la experiencia de todos los siglos está diciendo a grandes voces que cualquiera de esas satisfacciones, por sí sola, no es capaz de otorgarnos la felicidad integral. Para ésta, no es suficiente ni el más grosero de los hedonismos ni el más refinado de los intelectualismos o esteticismos. Hay que proponer, entonces, un humanismo tal que concuerde las exigencias de la zona material del hombre con las de su espíritu, y en que estas últimas se apoyen unas a otras, jerarquizadamente, para realizar al hombre en su plenitud. Un programa vital que reconcilie la proyección de nuestro entendimiento, que busca la felicidad por la verdad, con la de la conciencia, que la busca a su vez por el bien moral, “por lo que es recto, justo, bueno”, y con la del gusto, que busca la felicidad al través de lo bello. Economía e higiene en su más amplio sentido, serían el peldaño inferior de la escala de un humanismo integral. Belleza, verdad y bien, sucesivamente, habrían de completarla.
En cierta medida, esa meta humanista integral estuvo presente en el armonioso ideal del equilibrio griego. Pero es obvio que la tremenda revolución histórica que significó el cristianismo vino a coronar y sublimarlo al penetrar las virtudes del paganismo con la transfiguración de lo sobrenatural. Además, al predicarnos a todos los hombres hermanos en Adán y en la Redención introdujo en la Historia un elemento, una dinamia decisiva y formidable en orden al reconocimiento de que todos los hombres tienen un idéntico derecho esencial a la felicidad.
Ahora bien, puede afirmarse que, pese a nuestros defectos que no podemos ni queremos negar, la familia de los pueblos hispánicos, así en su pensamiento como en los moldes de su vida social y cotidiana, ha defendido y actuado con mayor vigor que ninguna otra de Occidente esta idea de la igualdad esencial de los hombres. El racismo discriminatorio es lo más ajeno a nuestra idiosincrasia, y por encima del dato de nuestros testamentos o jerarquías sociales persiste, expresa o tácita, pero siempre operante, la convicción de que en origen, destino y esencia todos los seres humanos se nivelan y hermanan. Este rasgo tan característico de la hispanidad, como hemos de declarar más por extenso, asume una trascendencia inesperada y gigante en un momento en que el mundo está a punto de trasponer un decisivo recodo histórico por obra de la energía nuclearia.
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