Hondura del Folklore

Identificador: DM-389.
Publicación original: Novedades, 23 de enero de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: folklore mexicano, San Antonio Abad, bendición de animales, religiosidad popular, Iglesia, costumbres, pueblo mexicano.
Ilustración de Hondura del Folklore, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Hemos visto a un nutrido y variado grupo de animales domésticos de los que, a millares, fueron llevados frente a los templos mexicanos el día que preside el signo abacial de San Antonio, primer cenobita. Hemos oído y visto caer sobre el abigarrado conjunto de diversas especies, tamaños, plumajes y pelajes las palabras de la bendición y el rocío litúrgico de las aspersiones que la acompañan.

Y nos hemos puesto a pensar cómo suelen ponerse un poco en conflicto, o al menos a separarse en los caminos de sus consideraciones, el costumbrista que morosamente se deleita en los trazos descriptivos y el mero espectador que –sin diploma de costumbrista- más bien ama al pueblo en sus costumbres que a las costumbres del pueblo por sí mismas. Lo cual no deja de ser una ventaja, porque hay que reconocer que es lo primero más importante que lo segundo. Quedarse en el detalle colorista y en el rasgo pintoresco, vale tanto como regodearse en los accidentes de una cosa sin penetrar su substancia; como amar la eufonía de la palabra sin atender a su sentido.

Y aún hay más. Hemos de convenir en que la banalidad del mundo moderno ha inventado –entre otras- la manía del pintoresquismo, que es uno de los platillos predilectos del turista superficial. Nada hay tan insoportable como el visitante de un país o el mero observador de las costumbres de sus moradores que, aún ante las más trascendentes expresiones tradicionales de un espíritu colectivo, tiene como supremo epíteto y comentario un “¡Qué pintoresco es todo esto!...”. Dan ganas de ponerle mordaza para lo que le quede de vida.

Por ello es que, sin desdeñar precisamente lo colorista y lo pintoresco, debe atenderse sobre todo en las tradiciones populares a su sentido recóndito. Ir más allá del primor del recipiente y apurar el licor generoso que en él se contiene, que, aquí, no es otra cosa que eso un tanto indefinible, pero siempre altísimo y aleccionador: el alma del pueblo mexicano. Urge, además, como una saludable reacción en contra de la idiotez del pintoresquismo de la turistiquería superficial de salidas, rigurosamente hablando, por la tangente.

De ahí que no interese tanto en este caso atraer la atención sobre los detalles e incidencias del cuadro de la bendición de los animales. Un más levantado afán periodístico se verá más satisfecho si logra que el lector se detenga, siquiera un punto, sobre el bello y hondo sentido de esta usanza. Estamos seguros de que, a poco andar, se suscitarán en él, riquísimas e insospechadas sugerencias sobre la bondad fundamental de nuestra gente, y que sentirá orearse el ánima en una aromada brisa de salud espiritual.

Por nuestra parte, sólo hemos de confesar que pocas cosas podrán conmovernos tanto como el espectáculo de la niña que lleva en brazos, para ser bendecido por la Iglesia, al minino consentido luciéndolo con la simpática coquetería del listón en mariposa en el cuello: al arrapiezo que –con igual propósito- aplaca los ladridos del perro compañero de travesuras, pintarrajeada ahora la pelambre de un rojo o un verde detonantes; a la pobre mujer de barriada que espera en el atrio, pastoreando a dos o tres gallinas con su respectivo gallo que picotean las piedrecillas o el tosco nudo que les aprisiona las patas; a la viejecita de ojos nostálgicos que en jaula enflorada lleva a su “lorito rey”, porque ocasionalmente aprendió una mala palabra que ya no se le cae del pico –“¡al muy indino!”- y quiere, esperanzada e ingenua, que se lo exorcicen: o al recio hombre de campo que también acude con un enlistonado cerdo, con una vaca o una cabalgadura a las que previamente ha dorado los cuernos o los cascos.

Hay en todo ello una profunda y elemental sabiduría; una enternecedora lección en ese afán cariñoso por las bestezuelas de Dios, que quiere ponerlas a buen recaudo de todo mal, con la eficacia de las bendiciones sacerdotales. Y una sorprendente enseñanza en la actitud comprensiva, amparadora, de la Iglesia, que, al otorgar sus bendiciones al hombre, no se olvida de extenderlas a sus cosas: sus semillas, sus frutos, las piedras de su casa o sus animales, y reitera así, y prolonga, el ademán de Quien, después de crear al mundo, vio que todo era bueno y lo bendijo poniéndolo al servicio del hombre.

Hay que saber advertir en todo esto, lo que suele ignorar la sensiblería de las sociedades protectoras de animales: que las bestias también pueden ser, aún de manera expresa, objetos de las bendiciones de Dios. Nuestro pueblo desde hace mucho lo sabe, y por eso cada año viene en festejoso tropel con sus animales domésticos de toda especie, plumaje y pelaje a arremolinarse en los atrios de los templos, el día de San Antonio Abad, bajo un cielo y un sol de “florecilla” franciscana…

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