Hombre, Viento y Nueva Historia
Publicación original: Novedades, 11 de enero de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: viento, Ulises, historia, Espíritu, sabiduría y amor.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Hablar escuetamente “del viento”, asume la fragancia de los grandes temas elementales, esos que nutrían el fresco entusiasmo de nuestra “composición castellana” en la escuela primaria, y a los que no ya desdeña sino sencillamente ignora nuestra rutinaria, miope suficiencia de adultos.
Pero, no obstante ello, el viento –compañero cósmico del hombre y signo frecuente de sus peripecias históricas- sigue teniendo para el espíritu atento voces de perenne validez.
Dulce, amoroso y delgado, juguetea cariciosamente en el jardín mágico del idilio. Con ráfagas salutíferas, remueve, en las brisas playeras, por maravilloso sortilegio, dormidas e ingentes reservas vitales. En la cima de la cordillera o en alta mar, soltando las amarras de sus antros mitológicos, en la vorágine de la tromba y en las turbonadas del huracán nos recuerda la lección de nuestra física pequeñez, de nuestra dependencia esencial de los poderes superiores. Al hacer los vientos favorables o adversa la climatología, determinan la prosperidad o el atraso de las civilizaciones. Y, en consorcio con el agua, fecundan la tierra con la sabia dispersión de los gérmenes. Dicen voces de altos misterios fundamentales al susurrar mansamente entre las frondas, o al precipitarse, ululantes, en el ámbito de las cañadas...
¿Cómo no habría de proyectar el hombre su admiración hacia el extraordinario papel del viento en la economía –material y psíquica- de su vida? Si aun esta misma expresa su presencia en los vivientes superiores con el breve, reiterado viento del hálito respiratorio, viento mínimo si se le compara incluso con el más blando céfiro, pero que manifiesta la persistencia del trabajo formidable del alma, palabra que en su originaria acepción no otra cosa quiere decir sino “soplo”.
Un antiguo diría que, por ello, no es un azar que el espíritu sienta una peculiar seducción en los vientos. Lo mismo en “el aire suave, de pausados giros” de Rubén, que en la borrasca del aquilón que suele acompañarse del “horrísono rugir del ronco trueno”, según la onomatopeya del divino Herrera. Y aun añadiría que es sabio y bueno al hombre el tenerlos propicios y amigos, que no por antagonistas. Y nos recordaría a Ulises, el nauta errabundo de la epopeya, a punto de dar feliz término a su periplo sólo cuando se granjea la amistad de Eolo. Enciérrale éste a todos los vientos en una bolsa de cuero de buey menos al viento del oeste, que empuja derechamente la embarcación odiseica a la patria isleña. Puesto al timón, días y noches los ojos de Ulises advierten al fin las playas amadas. Pero la fatiga lo vence y deja el timón para un breve sueño. La codiciosa curiosidad de sus compañeros abre la bolsa misteriosa. Escápanse los vientos, trastruecan el rumbo del bajel, y el infortunado Ulises va otra vez a parar a la presencia de Eolo, a pedirle le dispense, nuevamente, su favor. Pero el ventarca se indigna: -¡Vete!... ¡Muy malo has de ser cuando esta desventura te ha acaecido! –le dice. Y es sólo hasta más tarde que la benignidad de Minerva marca el principio del fin de sus desgracias, al ordenar al viento del norte que sople fuertemente y encamine a Ulises, que nada solitario en mitad del mar, hasta la tierra de los Feacios, su última escala antes del retorno definitivo a Ítaca, sin que basten a impedirlo los furores de Neptuno, ganoso de vengar la ceguera de su hijo Polifemo. Al cabo, pudo más el amparo de la de los ojos grises, diosa de la sabiduría.
Y en verdad que hay en el relato odiseico una oscura, magnífica aunque balbuciente e incompleta adivinación. Para el occidente, sobre todo, asume un simbólico presentimiento de otra verdad más alta y total. Cuando las rutas del acaecer histórico se tuercen, fuerza nos es, si queremos sobrenadar, salvos, como el héroe heleno, tener propicio a ese Soplo o Espíritu de Dios –el mismo que en el relato del Génesis flota sobre las aguas, el mismo que en Pentecostés desciende impetuoso-, y que es en la vida abismal de la Trinidad, y en la adoptiva participación del hombre en esa Vida, soplo no sólo de Inteligencia y Sabiduría, sí que también de Amor. Sabiduría amorosa o amor sabio nos es preciso para los episodios decisivos de la Historia nueva que está ya, como quien dice, a la vuelta del recodo. Incluso ese amor sabio que, por propia naturaleza, odia lo que es enemigo del amor. Y que puede requerir la lanza y la espada de Ulises para dar muerte a los dilapidadores del tesoro de Itaca.
Estamos ciertos de que ese viento de Inteligencia y Amor empieza ya a soplar. “Aún no agita las copas de los árboles... pero quien ha vivido el destierro de los grandes ideales adivina su brisa y cree percibir su silbido”...

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