Historia de un Enamorado

Identificador: DM-480.
Publicación original: Novedades, 3 de marzo de 1958.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Heinrich Schliemann, Troya, Homero, infancia, vocación, arqueología.
Ilustración de Historia de un Enamorado

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

“Esta es la maravillosa historia de un enamorado…”.
Toda referencia a la vida de Heinrich Schliemann podría empezar con éstas o parecidas palabras. Porque su historia es eso, en efecto.
Claro que, aunque la historia de todo enamorado es siempre maravillosa para el propio enamorado, muy pocas veces suele parecerlo así a los demás. Y ése, puntualmente, es el mérito de Schliemann: su historia sigue siendo capaz de apasionar por lo insólita y por su alta dosis de ejemplaridad.
Porque su originalísima trayectoria es la de un hombre que guardó fidelidad –hasta el fin- a los “fantasmas dorados de la niñez”. Fantasmas que comenzaron a surgir al conjuro de lo que un simple pastor de la Alemania septentrional le contaba a su hijo, suscitando en él emocionados asombros: Las viejas leyendas comarcanas, envueltas en no sé qué halo neblinoso, como de temporal empujado hasta la tierra firme por los vientos del Báltico o del Mar del Norte.
Pero no eran todo. También le contaba las aún incomparablemente más antiguas narraciones de la epopeya por antonomasia, en que ha abrevado por siglos el Occidente. Y fue aquella claridad mediterránea de los episodios homéricos, claridad en que se mitigan incluso el terror de la muerte y la sombra siniestra de los hados adversos, la que ganó para siempre al pequeño Heinrich. Aquella azul luminosidad helénica que no es óbice para el vigor y la grandeza de la palabra, y de los caracteres, y de los temas del pasmoso friso literario que se desenvuelve en los exámetros de la Ilíada. Friso al que, invenciblemente, torna la efusión admirativa de cada generación occidental, una y otra vez, como quien –subyugado por el primor de su factura- da entre las manos vueltas sin fin al perfecto contorno de uno de esos vasos griegos que supieron de la ambrosía egea de los vinos de Rodas.
Desde entonces, a los seis o siete años, Heinrich Schliemann fue el enamorado de Troya. Por cierto, con un amor nada “nórdico”. Porque no fue el consabido amor desesperado de un brumoso sueño, que se sabe imposible. Fue el amor fincado en certezas alumbradas por el relámpago de una intuición, de una de esas “razones del corazón” de que habló Pascal. Su entusiasmo fue el arrebato “mediterráneo” por un ideal que podrá requerir jornadas muy largas y penosas, pero que se sabe que está ciertamente al cabo de ellas. Y que está ahí no como los ojos, de engañoso embrujo, que fosforescen en los lagos umbríos de las leyendas septentrionales para ahogar al incauto en sus frías aguas, en su fría nada; sino como la alegre y la clara verdad con que el vellocino de oro se dejó alcanzar de la perseverante audacia y de la confiada certidumbre de los argonautas.
Fue así que, desde sus primeros años, estuvo su espíritu signado por una fascinación que, explicable en un niño, se hubiese antojado –al correr del tiempo-, más que extraña, verdaderamente extravagante en un adulto: localizar la ciudad de Príamo y de Eneas, perdida para los rayos del sol y para los ojos de los hombres, hasta los días de Schliemann, por obra del polvo de milenios.
El joven Schliemann pasó de pastoriles ejercicios al humilde aprendizaje de tendero en una pequeña ciudad. Pero si el pobre oficio hubiese empezado a adormecer sus ensueños, se encargó de despertarlos un parroquiano pasado de copas que recitaba largos fragmentos de la Ilíada. Eso determinó de inmediato un sesgo aventurero y odiseico para Schliemann. Pero, a poco, el naufragio de una embarcación en que se había enlistado en calidad de grumete lo vuelve a los menesteres modestos y sedentarios.
Lo encontramos entonces en el gris oficio de escribiente. Providencialmente, ello es en Ámsterdam. Su vieja tradición naviera y mercantil fue la coyuntura para que un oscuro chupatintas comenzase una larga y venturosa parábola de negociante perspicaz y arriesgado, la que habría de terminar con el más desconcertante epílogo cuando, inesperadamente para todo el mundo menos para Schliemann, éste convirtióse de pronto en el más brillante y novelesco descubridor de los secretos de un pasado tenido hasta entonces por rigurosamente extrahistórico y punto menos que mitológico.
Pero de esto hablaremos por separado, porque lo extraordinario del caso pide, ciertamente, algún pormenor en la conclusión de esta verdadera historia.

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